Cuando la vapuleada máquina, luego de distintas maniobras estuvo en posición vertical sobre la pista, acentuando su pérdida de altura para aterrizar, soldados, policías y algunos civiles dificultados por la polvareda y las violentas ráfagas del viento, corrieron para ubicarse a ambos costados de la misma. Tenían improvisadas instrucciones de la forma en que debían aferrarse velozmente a los fuselajes del avión, apenas éste tocara tierra, a fin de evitar que la fuerza de las ráfagas que se sucedían como no queriendo perder la presa, lo elevaran nuevamente para estrellarlo luego contra la tierra. En medio de angustiosa expectativa y siempre enfrentando el temporal, el pequeño Late, comenzó su descenso. Por momentos las ráfagas casi lo detenían como si pretendieran elevarlo nuevamente y arrastrarlo hacia el mar; entonces los bramidos del motor aumentaban en su lucha por evitarlo.
Al fin tocó la pista, carreteó unos metros y antes de que los nuevos golpes de viento que llegaban lo arrastraran o dieran vuelta, soldados y policías corrieron a aferrarse a los fuselajes.
La máquina hizo un movimiento como por elevarse a impulsos del viento, pero el esfuerzo simultáneo de casi treinta personas, lo sujetó de improviso, entre nubes de tierra, y se inclinó violentamente hacia delante, quedando con la hélice torcida, clavada en tierra, y la cola y los timones elevados. Confusión y gritos de alarma.
Con rapidez el piloto Domingo Irigoyen, se desprendió el cinturón de seguridad y saltó de su asiento, envuelto en su buzo de abrigo.
Hubo gritos, voces de mando, revuelo de personas en torno al avión. Varias personas rodeaban a un soldado, caído en tierra, que se debatía con expresiones de dolor y gran pérdida de sangre. Y cerca suyo, otros atendían a un oficial de policía (Horacio Sánchez) también herido en una pierna. “¡Un médico por favor! ¡Arrimen un coche, pronto!… La última vuelta de la hélice antes de clavarse en tierra, prácticamente había seccionado una pierna más arriba de la mitad del muslo, y se iba en sangre con gestos de dolor y espanto. Otras personas ayudaban al oficial de policía, (a la vez destacado periodista local) herido de menos gravedad que el desventurado soldado.
Fue obra de la fatalidad. El avance que los grupos de personas realizaron al aferrarse al avión, fue entorpecido por las ráfagas de viento y nubes de polvo y ello, unido al movimiento que hizo el avión ante las fuerzas opuestas que lo tironeaban, provocó el drama.
Abierta la puerta de la cabina, los cuatro pasajeros que dificultosamente salieron de la misma a causa de la incómoda posición de la máquina, se mostraron asustados, desorientados y sorprendidos de hallarse aún en Comodoro Rivadavia. En esa larga lucha contra el viento, ellos creían que viajaban a Puerto Deseado, donde pensaban hallarse al aterrizar la máquina. Recién se enteraron del drama ante los rostros preocupados de los presentes y las frases alteradas que se cruzaban comentando lo ocurrido, mientras el piloto Irigoyen, que tanta seguridad y coraje demostró en el avión, ahora, ya a salvo, lagrimeaba afligido mientras ayudaba a colocar en un coche el cuerpo del soldado moribundo, que no alcanzó a llegar con vida al hospital.
El destino había cobrado su primer mártir en la región, con la sangre de un joven soldado cuyo nombre no tengo presente, pero sin duda figura en el Registro Civil. Más tarde dos nuevas víctimas, Próspero Palazo y César Brugo, fueron abatidos, esta vez por una tormenta de nieve en la región de Pampa de Salamanca y Malaespina.
El temporal cesó tres horas más tarde, dando lugar a una calma tensa, de cielo nublado.
Los vehículos de la población desfilaban por la pista de aterrizaje contemplando, casi incrédulos, el teatro del drama. El avión Late 26 clavado de nariz, fuertemente amarrado a improvisadas estacas, en previsión de un probable resurgimiento del vendaval. Desde el mismo hasta el punto donde estacionaban los vehículos, estaba bien marcado el sendero de sangre que señalaba el trayecto seguido por las personas que, apresuradamente, habían trasladado a pulso al desventurado conscripto que se iba en sangre
Texto de “Caminos y rastrilladas borrosas” – Asencio Abeijon

