martes, 17 de febrero de 2026
Cartel informativo sobre la réplica de la Capilla del Fuerte San José, Península Valdés

 

El fuerte de San José de la Candelaria fue erigido en 1779 en la Península Valdés sobre el golfo San José, en el marco de la misión comandada por Juan de la Piedra y Francisco de Biedma, cuyo objetivo era fundar establecimientos para resguardar la costa patagónica de eventuales usurpaciones por parte de potencias extranjeras, particularmente de Inglaterra. Si bien las fundaciones realizadas contaron con la aquiescencia y hasta con el apoyo logístico de los indígenas patagónicos, el único establecimiento que se mantendría por largo tiempo sería El Carmen de Patagones. Los de Puerto Deseado y San Julián tuvieron una efímera duración, mientras que la pequeña colonia militar de Península Valdés, conocida generalmente como Fuerte San José, sólo se mantuvo, y con diversa suerte, hasta 1810. Ese año un malón indígena acabó con la vida de la mayoría de sus pobladores, en tanto que los sobrevivientes fueron tomados prisioneros. Cinco de ellos lograron luego escapar y alcanzar a El Carmen de Patagones, donde narraron lo ocurrido.

Según la versión tradicional -recogida por Dumrauf- los indígenas habían atacado por sorpresa a los desprevenidos pobladores, los que se encontraban celebrando misa en la capilla. Según este autor, el hecho podría interpretarse como una represalia de los indígenas hacia los españoles, por una ofensa que les habría inferido el comandante de Patagones, pero tomada contra los “inocentes pobladores del fuerte”. Desde otra perspectiva, el ataque puede ser interpretado como una clara advertencia por parte de los indígenas de lo que podría llegar a sucederle al establecimiento del río Negro si no se respetaban los acuerdos o si se pretendía avanzar más sobre territorio indígena. Según otra versión, recibida por Musters de boca de los indígenas que lo acompañaron en su viaje de 1869- 70, habrían sido los propios habitantes del Fuerte San José los que provocaron la ira de los indígenas, los que luego realizaron un rápido ataque que indujo a los colonos a refugiarse en la capilla, en la que serían ultimados. Finalmente, uno de los colonos galeses, apodado Talhairn, ha transmitido otra versión oral, proveniente también de los indígenas, la que explicaría más circunstanciadamente las causas del conflicto. Según ésta, los colonos, abandonados a su suerte por parte del Gobierno español, se habían tenido que resignar “… a vivir precariamente del producto de la caza y del trueque ocasional de cargamentos de sal a cambio de artículos de primera necesidad. La persecución de la caza fuera de la península los puso en contacto hostil con los indios, contra quienes mantenían los prejuicios inherentes al carácter español. Estos conflictos parciales generalmente terminaban con la victoria de los españoles, ya que su civilización superior, o sus armas de fuego, les daba decidida ventaja. Pero estos triunfos, según los informes de los indígenas, eran seguidos de tales injustificables actos de barbarie que demandaron venganza, por lo que se formó una confederación de tribus con el propósito declarado de extirpar la colonia. El mando de la expedición fue confiado al abuelo de nuestro amigo Chiquichan quien avanzando cautelosamente cortó la retirada de las pequeñas partidas de caza que fueron sorprendidas y luego atacó inmediatamente la población.

[…] Los indios aún hablan con exultación de esta masacre y acarician su memoria”.

En realidad, la relación con los indígenas había resultado conflictiva prácticamente desde el comienzo del establecimiento. Ante las demandas no satisfechas, los ataques se volvieron cada vez más frecuentes con el consiguiente arreo de ganado y toma de cautivos por parte de los indígenas, mientras que los españoles apresaron al cacique Camelo y le dieron muerte cuando éste trataba de huir. La violencia alcanzada hizo que en 1788 se propusiera cortar el istmo que separa la península del continente para impedir los malones, medida que finalmente no se llevó a cabo. Los malones sobre San José continuaron, registrándose al menos tres ataques en los dos años anteriores a su destrucción definitiva. El 2 de diciembre de 1808 un malón arreó toda la caballada y 600 cabezas de ganado. Al año siguiente el fuerte sería sacudido por otros dos malones. Entre los integrantes del primero, producido el 28 de julio de 1809, figuraban: Agolco, Colchecan, Cossuna, Coquiel, Cucajal, Cutater, Faloco, Gagula, Someca, y Tanama. En tanto que entre los que dieron el segundo golpe, el 13 de agosto de ese mismo año, se encontraban: Aucanel, Bajenaman, Biejey, Cochecal, Conceama, Cuteleon, Gil, Quetequeterpes, Siloguisa, Solu, Tocornel, Zameyama y Zauque. En esta lista se pueden distinguir tanto nombres de indígenas patagónicos septentrionales (pampas) como de los meridionales (tehuelches). Esta conformación mixta apoya lo sostenido por Talhairn acerca de la formación de una confederación de tribus para atacar al establecimiento.

Existen otros factores que deben ser tenidos en cuenta para comprender las causas de la destrucción del Fuerte. Desde el punto de vista militar, puede decirse que Patagones era una plaza mejor protegida que San José. Desde la perspectiva de la territorialidad, San José estaba inmerso en territorio pampa también visitado por los tehuelches cuando utilizaban la ruta de la costa, con los que tenían buenos lazos. En cambio, Patagones se encontraba en una zona fronteriza entre distintos grupos étnicos, por lo que concertar un acuerdo para dar un ataque les resultaba mucho más dificultoso. Desde el punto de vista económico, San José poseía una exigua población, generalmente mal abastecida, por lo que no resultaba tan buen mercado para los indígenas como Patagones, donde además recibían las raciones del Gobierno. En cuanto a los recursos, existía una relación de competencia, tanto por la caza de animales silvestres como por las miles de cabezas de ganado que pacían en las tierras de la Península, de mucha mejor calidad para la cría de animales que las de sus alrededores, ganado que luego de la destrucción del Fuerte pasaría a manos indígenas. Algunas versiones indican que los indígenas no habrían vuelto a entrar al territorio peninsular durante varias décadas, por haber contraído la viruela durante los episodios de la destrucción del Fuerte y la posterior toma de cautivos, hecho que habría posibilitado que el ganado allí existente se multiplicase notablemente. Sin embargo, en 1821 el cacique Ojo Lindo proveía a Patagones de vacunos provenientes de los campos de Valdés. Ese año el cacique vendió en el establecimiento del río Negro unas ochocientas cabezas, mientras que una estimación del comandante de Patagones elevaba a 60.000 el número de vacunos existentes en San José, como también se denominaba a la Península.

 

Texto de “Chupat-Camwy Patagonia” – Marcelo Gavirati

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