Dos años antes de la llegada de los galeses, el chileno Cox había realizado un viaje desde Valdivia al sur de Neuquén, publicado en 1863 como Viaje en las regiones septentrionales de la Patagonia…, en el que efectúa una rica descripción de los grupos indígenas del “País de las Manzanas” y de los que trasponían el río Limay desde el sur para negociar económica y políticamente con aquéllos. Su descripción del circuito de desplazamiento de los tehuelches ilustra bien el relato que venimos realizando:
“Estos tehuelches viven sin fe ni ley, son unos verdaderos judíos errantes de la Patagonia. En donde algún desgraciado buque es arrojado a la costa por alguna tempestad, es seguro que se verán llegar los tehuelches que saquean toda la carga para ir a vender por aguardiente el producto de sus latrocinios. Son los abastecedores jurados de los pehuenches. Hemos visto en las tolderías de Caleufu, cacerolas y bayetas traídas por los tehuelches; muchos de ellos tienen los toldos hechos de tripe inglés […] son excelentes cazadores […] no tienen mucho trabajo para abastecerse de pieles, que enseguida van a cambalachear por aguardiente a la colonia de Magallanes o a Puerto Carmen. Les importa poco la distancia, vienen desde 150 leguas hasta el Limay para emborracharse, y cuando no tiene más con qué comprar aguardiente, se van cazando y orillando el Limay hasta Puerto Carmen, haciendo 200 leguas sin más preparativos de viaje que los que hace un buen paisano de Santiago que toma el ferrocarril […] sus únicos vestidos son unas huaracas […] y llegan a Patagónica con buena provisión de cueros y plumas. Allí otra borrachera y cuando no les quedará nada más que cambalachear, van a dar un paseo de placer por las costas orientales de la Patagonia para ver si no hay algún buque varado”. (Cox 1999: 229-230)
Resulta interesante ver como percibió Cox la importancia de mantener un comercio regular con los indígenas patagónicos, en este caso con los pampas, por las razones y argumentos que reproducimos in extenso dada su claridad y elocuencia:
“… es preciso tener presente que los indios pampas no están en las mismas circunstancias que los araucanos de Chile, ni tienen tampoco los mismos intereses. Los araucanos tienen siembras y animales, y al rigor pueden pasarlo bien sin los [criollos] chilenos que constantemente los hostilizan; los de las pampas no cultivan el campo, ni tienen nada con que llenar las primeras necesidades, generalmente comen sólo carne de caballo; y como son muy aficionados al aguardiente necesitan de los chilenos que les lleven esos artículos. Siempre cada año cuentan con disgusto el poco tiempo que falta para que se cierre el boquete que sólo es transitable durante cuatro meses del año y entonces se ven precisados a emprender el largo viaje de un mes para ir hasta el Carmen, con el objeto de vender sus cueros de huanaco y sus plumas de avestruz. Seguramente si tuviesen a su alcance un mercado más cercano o comerciantes como podrían serlo los colonos de Nahuel Huapi, renunciarían al viaje a las orillas del Atlántico de donde sólo pueden traer cosas muy livianas y de ninguna manera aguardiente, su principal ambición y los tehuelches que vienen desde Magallanes hasta las orillas del Limay con el solo objeto de cambiar a los Pehuenches cuero y plumas por aguardiente. Esos tehuelches ¿no preferirían un mercado fácil y más ventajoso sin tener necesidad de pasar el Limay como sería la colonia de Nahuel Huapi? Los tehuelches por si solos abastecerían de cueros y plumas a la colonia, artículos que en cuatro días podrían llegar a Puerto Montt. ¿Cómo es que, en Chile, en donde la industria desde algunos años a esta parte ha tomado tanto vuelo, no se ha pensado en utilizar este ramo que reporta tanto dinero a los mercados del Atlántico? ¿Cómo es que en el otro lado de la cordillera hay indios que hacen 120 leguas (600 Km) caminando un mes entero para llevar más de 30000 libras de plumas a los mercados de la otra mar, y hasta ahora no se ha hecho nada para atraer todos esos productos a los mercados de Chile?” (Cox 1999:286-87)
Pocos años después (1869-70) el viajero Musters también daría cuenta de las relaciones comerciales y políticas entre estos pueblos del área neuquina -a los que Cox denominara como pehuenches y él denomina araucanos o manzaneros- con pampas y tehuelches. Dichas relaciones no estuvieron exentas de fricciones y enfrentamientos, de los que se registraban varios antecedentes. A fines del siglo XVIII y durante las primeras décadas del siglo XIX se habían enfrentado en varias oportunidades; entre ellas en Geylun (al este del lago Nahuel Huapí), Languiñeo (al sudeste de Esquel), Barrancas Blancas (en las costas del río Senguerr); y Shótel káike (paraje Piedra Shotel). En Geylun habían triunfado los tehuelches sobre los manzaneros, pero éstos se habían impuesto en los restantes combates. El enfrentamiento decisivo parece ser que tuvo lugar después de una incursión efectuada al sur del Limay por el cacique pehuenche Paillacán. Este jefe, con el auxilio de indígenas huiliches que habían venido desde Chile provistos con armas de fuego, les infringió una dura derrota a los tehuelches en Piedra Shotel, causándole varias muertes, y tomando prisioneros a varios hombres, mujeres y niños. Algunos hombres se transformaron en esclavos; en tanto que las mujeres fueron tomadas como esposas, dando lugar al mestizaje. Fruto de esas uniones habría sido Foyel, hijo del cacique Paillacán y madre chehuache-kenk, es decir una indígena pampa del área cordillerana rionegrina y norchubutense. De similar origen era Inacayal, hijo del cacique pehuenche Huincahual y de una mujer pampa, probablemente una de los limaiche (“gente del Limay”) que vivían en Teke Malal, cerca de la misión de los cristianos.
Algunos años después Paillacán decidió liberar a varios de los cautivos, entre ellos al cacique Guetchanoche, dotándolos de mujeres pehuenches lo que acrecentaría el mestizaje. Pero las huellas de las viejas disputas territoriales todavía operaban en 1865. Al referirse a un intento de Paillacán de vender las tierras al sur del Limay (Teke Malal) para fundar una colonia con pobladores chilenos, el cacique pampa Antonio protestaba ante Claraz que “… aquellas tierras eran de ellos y no de Paillacán que era araucano y no tenía, pues, derecho de disponer de esas tierras. Pero lo ha hecho porque hoy en día ya quedaban pocos pampas allí” (1988:40).
Fragmento libro “Chupat-Camwy, Patagonia”, de Marcelo Gavirati

