viernes, 20 de febrero de 2026

El sable corvo de San Martín, pese al inmenso tiempo transcurrido, aún sigue siendo objeto de usos políticos motivados por el faccionalismo siempre presente y omnipresente en la política argentina.

Sable Corvo de San Martín

El sable corvo de San Martín ha vuelto a suscitar polémicas ante la decisión del gobierno nacional de trasladar la reliquia del Museo Histórico Nacional a la sede del Regimiento de Granaderos a Caballo con el fin de soldar la herencia sanmartiniana al sector castrense. Así lo manifestó Milei en el discurso que dirigió a la multitud congregada en San Lorenzo donde reivindicó a las Fuerzas Armadas y arremetió contra el peronismo y el kirchnerismo a raíz del decreto firmado por CFK en 2015 que dispuso el regreso del sable al Museo que permanecía en el regimiento desde 1967. Ninguna voz disidente torció la voluntad presidencial: la mayoría subrayó la importancia del Museo Histórico como institución cultural adecuada de custodia y exhibición pública en función de criterios museísticos y por su potente simbología en las colecciones de la historia nacional.

San Martín lo había comprado en Londres en 1811 cuando juró lealtad a la causa de la independencia de las colonias españolas. Lo traía en su equipaje junto a la foja de servicios, libros e impresos. Con esas credenciales, el gobierno le encargó la creación del regimiento de granaderos a caballo que tuvo ejemplar desempeño en las riberas del río Paraná en 1813. En aquella ocasión, San Martín no usó el sable corvo, aunque habría de acompañarlo en las campañas libertadoras en Chile y Perú. En 1822 el héroe de Chacabuco y Maipú resolvió abandonar el teatro de la guerra y regresar al Viejo Mundo después de haber conversado con Bolívar en Guayaquil. De vuelta cargó el sable corvo, pero quedó en Mendoza bajo custodia de Josefa Riglos. Recién en 1835 volvería a sus manos cuando ya residía en Francia y alternaba sus días entre la casa de París y la finca campestre de Evry, frecuentaba balnearios termales y asistía a la ópera en compañía de su amigo y mecenas, Alejandro Aguado. Allí recibió la visita de viajeros y de los románticos argentinos inquietos por crear la cultura e identidad nacional. Con ellos compartió recuerdos sobre sus campañas militares y los desafíos que enfrentaban los Estados de América. En ese clima, labró su testamento en 1844 y decidió legar el sable corvo a Juan Manuel de Rosas, el Jefe de la Confederación Argentina, por haber defendido el “orgullo nacional” ante la agresión europea, y porque valoraba el estilo autocrático de su gobierno. Así lo manifestó en el intercambio epistolar que mantuvieron y cuando le agradeció haber ayudado a su yerno Mariano Balcarce en la legación argentina en París. Al parecer, fue Balcarce quien le hizo llegar el sable a Southampton. Rosas valoró el obsequio y en su testamento manifestó que debía ser entregado a su fiel administrador de bienes, Juan Nepomuceno Terrero quien lo legó a su hijo Máximo, el esposo de Manuelita Rosas. Fue ella quien recibió una carta del director del Museo Histórico en 1897 donde la instaba a donar el sable del Libertador para engalanar las vitrinas del templo cívico de la nación. La familia accedió al pedido con dos advertencias principales: que fuera recibido por el presidente de la república, y que fuera expuesto en el Museo Histórico con la inscripción del linaje de Rosas, en clara alusión a las resistencias que aún despertaba el accionar del “tirano” o “dictador” en los ambientes políticos e intelectuales.

A esa altura, San Martín había sido consagrado como Padre de la Patria y héroe republicano. Mientras banderas, útiles de guerra y retratos ocuparon un sitial de relieve en el Museo, la nieta de San Martín donó los muebles y objetos del dormitorio para vivificar la última morada del célebre difunto. La febril labor de Adolfo Carranza fue seguida de cerca por Ernesto Quesada quien inventarió el ramillete de objetos entre los que sobresalía el austero sable para cuando Adolfo Saldías y el mismo Quesada habían iniciado la revisión de la época de Rosas. No se trataba de un asunto menor si se tiene en cuenta el influjo de la historia narrada por Mitre y por Joaquín V. González para quien San Martín era el “tipo acabado del héroe nacional” porque había servido a tres repúblicas vertebradas por los Andes, la historia y la unidad de razas.

Con el golpe de estado de 1930, pero sobre todo después de 1943, las representaciones del Libertador quedaron radicadas en el nacionalismo militar. El mismo se hizo patente en el centenario de su fallecimiento cuando el presidente Perón ensalzó su heroísmo y sus dotes de conductor con el propósito de enlazar su legado con la segunda independencia nacional, entretanto el sable corvo seguía siendo exhibido según la tradición cultural del siglo XIX. En los años sesenta la figura de San Martín se convirtió en punto fijo de la mitología nacional al que apelaron las izquierdas y derechas por igual. El sable, entonces, se convirtió en objeto y símbolo de combate: mientras la Juventud Peronista lo sustrajo del museo en 1963 y 1965, el general Onganía decidió intervenir en la memoria sanmartiniana mediante el traslado de los restos de Guido al Altar de la Patria, y la guarda y custodia del sable en el regimiento de granaderos hoy erigido en depositario e intérprete del Gran Capitán. Un derrotero parecido tuvo el sable de Bolivar en Colombia cuando en 1974 fue secuestrado por el M19 y fue devuelto en las negociaciones de paz. El uso político por parte del presidente Petro se verificó el día que asumió cuando ordenó que el sable debía estar en la jura.

Uno y otro ponen de relieve la manipulación de bienes patrimoniales y la dificultad de sujetar su gestión a políticas culturales capaces de domesticar faccionalismos y controlar tentaciones demagógicas insufladas por el patriotismo popular. De no primar criterios que preserven los objetos y garanticen lecturas plurales del pasado, será difícil salir del toque de magia que suele componer los liderazgos políticos.

 

Por Beatriz Bragoni, historiadora, para Los Andes

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