Con el fin de hilvanar algunas líneas de este relato con referencia a la personalidad de don José Carril, debo adelantarme momentáneamente en algunos años sobre el momento. Decía tener 103 años de edad y, por referencias de personas antiguas que lo habían conocido en la zona norte de Río Negro, y por los hechos que relataba en oportunidades aisladas, había motivos para considerar su edad como cierta. Era de mediana estatura, muy delgado y bastante encorvado por el peso de tantos años y luchas. El color de su piel era el de un aborigen puro, pero los rasgos de su rostro reflejaban una lejana mezcla europea. Además, contrariando la modalidad del indio puro, siempre taciturno y que nunca ríe, don José, cuando conversaba, comúnmente sobre temas de su trabajo, lo hacía reflejando en su rostro una sonrisa amplia y amistosa, pero nunca lo oí reírse a carcajadas. No se quedaba mucho tiempo en el mostrador de un boliche si había varias personas. Compraba lo que le era necesario, tomaba casi siempre una ginebra; sin sentarse, de pie en medio de la sala, intervenía superficialmente en la conversación si le daban calce, y se iba al campamento donde tenía sus carros. Evitaba las tertulias numerosas, aun cuando fueran personas conocidas. No recuerdo haber oído conversaciones firmes sobre el lugar exacto de su origen. Los hechos que mencionaba en su conversación, siempre sobria y cautelosa, tenían por escenario la amplia región desde Neuquén hasta Carmen de Patagones, abarcando toda la zona de Río Negro y La Pampa, hasta el norte del Río Colorado. Sin establecer nunca lugares ni fechas exactas, en los relatos con personas de su confianza, hacía mención, sin entrar en detalles, sobre hechos coincidentes con páginas de la historia, pero en forma distinta. Manifestaba como fecha de su nacimiento aproximadamente entre los años 1809 y 1812. Fue errante y combativo, nunca tuvo pretensiones de cacique ni de capitanejo. Había sentido el empuje de las tropas de Rosas cuando, en la campaña del desierto, los hizo retroceder hasta Río Colorado a lo largo del mismo y hasta la cordillera. Peleaban, según él, por defender sus pampas, sus guanacos, sus avestruces y, más adelante, por sus vacas y sus yeguas. Pues no pedían otra cosa los indios. Nunca llegó a ver a Rosas, aunque recordaba sus campañas por haberlas vivido en su juventud. No tenía mal concepto de él, ni lo consideraba más sanguinario que cualquier otro militar blanco. Decía que prefería atraerse a los indios antes de pelear con ellos.
Pero manifestaba que Rosas era muy mañero, y casi siempre sus aliados indios iban al frente en los combates. Cada vez que un emisario de Rosas iba a parlamentar con los caciques, llevaba por delante una buena cantidad de yeguas y vacas como presente, más o menos grande, según el interés que tuviera en el nuevo aliado. Él nunca había sido indio manso ni aliado de los huincas. Los últimos años antes de la caída de Rosas lo pasaban relativamente tranquilos. Después supieron que Rosas había sido derrotado por los propios blancos. Comenzaron a incursionar más tranquilos hacia el norte. Pero cada cacique procedía según su capricho.
Nunca aceptó reconocer que había intervenido en malones. Pasaron los años, después vino un nuevo empuje de los blancos, el de Roca. Este fue más importante que el de Rosas. En la región casi límite de Neuquén con Río Negro, se produjo un combate de importancia en el que, según Carril, tuvieron la seguridad de que vencerían a los blancos. Cuando luego, en una asamblea guerrera, en que se ha resuelto atacar al blanco en una guerra a muerte, uno de los caciques pregunta:
-¿Y hay que matarlos a todos, o traer las mujeres y los niños? La respuesta atronadora fue:
Hay que matar a todos.
Pero las cosas salieron al revés y en el combate fueron totalmente derrotados y dispersados, tocándose a degüello. En esa oportunidad no hubo cuartel para los indios. Esto ocurre ya en la década de 1880 aproximadamente. Ya don José pasaba los 65 años.
Después de este combate perdido, todas las actuaciones de don José son aisladas, personales, y sus relatos confusos y borrosos, siempre dichos como al desgano. Ya en total derrota, los últimos núcleos de aborígenes retroceden ante las tropas de línea. Unos se entregan cautivos y otros se desbandan empujados hacia los territorios del sur. Así, en los comienzos de siglo, se encuentra don José en el lugar donde actualmente vive pacíficamente libre, y masticando la amargura de muchos años anteriores, y la región toma su nombre. Desgraciadamente en esas épocas, tal vez por tratarse de hechos muy recientes que no despertaban interés, nada se documentó ni hilvanó de los muchos hechos que esporádicamente relataba don José. Don Camilo Cayelli, que fue amigo suyo, los tuvo en su memoria y se perdieron con él. Muy raramente, y ante escaso y muy seleccionado auditorio de fogón, mencionaba acontecimientos tales como los hechos de Villegas y el drama del Cerrito de Apeleg. Nunca mencionó participación suya en ellos, aunque quienes lo conocían de antes, aseguraban que los conoció desde el mismo terreno de los hechos.
Ahora, siempre que viajaba a Comodoro Rivadavia con sus carros, hacía campamento en casa, tanto a la ida como al regreso. Nunca viajaba sobre el carro, sino a caballo, y yendo de un carro a otro, como lo hacen los capataces de tropa.
Conducían los carros siempre algún yerno o hijo suyo, pero él conservaba el mando, y jamás dejaba de viajar con la tropa. Una de las últimas veces que lo ví llegaba de Río Mayo con los carros cargados de lana, cueros, plumas y cerda.
Siempre lo acompañaban 4 ó 5 galgos para cazar avestruces y guanacos en el camino. En cuanto señaló el lugar en que debían parar los carros, se acercó a caballo a la casa, parando en el palenque. Papá, que siempre salía a recibirlo, lo saludó y le preguntó qué tal le iba. Él respondió:
-¡Indio está muy desgraciao! ¡La cayó del caballo y doliendo patas!
Era inútil tratar de convencerlo de que 105 ó 110 años de vida no eran como para llevarlos a caballo en los caminos patagónicos; que debía quedarse en la casa o viajar en la comodidad de la chata, dejando el trabajo para sus descendientes jóvenes, algunos de los cuales ya pasaban el medio siglo. El no quería entregarse y quería seguir dirigiendo la tropa. Ya montaba a caballo con cierta dificultad.
Creo que fue el último viaje que hizo hasta Comodoro Rivadavia: cuando salía de regreso y mientras aún marchaban por el suave camino de la playa, orillando las mareas, uno de los carreros, que viajaba de pie sobre el pescante, al efectuar un movimiento con el látigo, resbaló cayendo entre los caballos.
Una de las ruedas le pasó sobre el cuerpo a la altura de la ingle hiriéndolo de gravedad. Un carrero que a la vez tenía hornos de ladrillos, Manuel Arburúa, que pasaba en ese momento con un carro liviano para cargar ladrillo, alzó al herido, que clamaba su dolor y desesperación porque no lo dejaran morir en Comodoro sinó en su campo, y lo llevó al único médico. Disimuladamente, en cuanto lo revise, el Dr. Lavocat hizo un leve meneo de cabeza en señal de desesperanza. Don José había ordenado a los carreros que siguieran hasta La Mata, donde debían esperarlo, y el regreso al pueblo a caballo, a la par del carro que hacía de ambulancia. Estuvo de vuelta al día siguiente ya oscurecido. Vino a la casa a comprar algo y cuando ya se alejaba hacia el campamento, papá le preguntó por el herido. Oí que los pasos cansados de don José se detenían en la oscuridad y noté que se daba vuelta y decía en voz muy baja, tal vez ahogada:
-¡Ya muriendo…! -y siguió luego el ruido de sus pasos hacia donde brillaba el fuego del campamento.
A la salida del sol del día siguiente partían los carros rumbo a la región de Río Mayo. A su paso para Comodoro, el carrero que luego falleciera, dejó encargado en mi casa un lazo y un recado completo, por temor de que en el pueblo pudieran robárselos. Ahora don José los reclamó para llevárselos a la familia del muerto, para lo cual dijo que tenía el permiso verbal del Juez, señor Barros. Papá nos había dicho que se los entregáramos y así lo hicimos. Don Carril los recibió, sosteniéndolos a duras penas. Uno de sus yernos se los tomó y los puso sobre el carro. Yo y mi hermano mayor estábamos observando desde el palenque cuando los carros arrancaron la marcha.
Don José se arrimó a su caballo y, medio oculto detrás del mismo, nos pareció verlo reprimir un sollozo y lagrimear. Nos quedamos asombrados. Nunca habíamos visto llorar a un hombre. De inmediato montó a caballo con cierta dificultad y, en ese momento, nuestra vista joven vio sus lágrimas. Ya a caballo, torció la cabeza hacia el lado contrario, como para ocultarse, y vimos el movimiento de limpiarse los ojos con la punta del pañuelo que llevaba al cuello. Entramos en la casa, pero mi curiosidad me indujo a asomarme nuevamente hacia afuera. Rumbo al oeste, los carros marchaban a distancia de unos 50 metros; detrás del último carro, casi pegado a la culata del mismo, como nunca lo hacía, iba don Carril al tranco de su caballo, y noté que aún se iba limpiando los ojos.
Cuando contábamos en la cocina, delante de varios carreros, lo que terminábamos de ver, no nos creyeron y hubo risas casi generales. No podía ser, decían, que el viejo y aguerrido en peleas entre tribus, que ha peleado tantísimos años, incluso contra Rosas y contra Roca, haya llorado.
-¡Si hasta capaz que ha comido cristianos- nos dijeron algunos, riéndose. Sin embargo, nosotros estábamos seguros, porque lo vimos de muy cerca, que ese día lloraba muy apenado por ese compañero de camino, que dejó enterrado en Comodoro. No volví a verlo más. Por razones de escuela, estuve ausente casi tres años de la casa. Al regreso pregunté por él; me contaron el final de su historia. No hizo más viajes junto con sus carros. Mandó con ellos a familiares suyos, hijos o yernos. Pero estaba tan habituado a marchar al frente de los mismos, que siempre estaba inquieto cuando le parecía que se habían retrasado. Todos los días montaba en su caballo y, seguido por sus perros, se iba hasta la cima de las Sierras de Carril desde donde, debido a una amplia pampa, se distinguía hasta gran distancia hacia el este, el camino que venía de Comodoro. Desde ese mangrullo, a caballo, sentado sobre un coirón, o echado de bruces sobre el pasto, observaba hasta la noche, tratando de avistar a la distancia, con sus ojos cansados, la lejana polvareda y la silueta de sus carros que regresaban. Si no aparecían, repetía el viaje al día siguiente… Dos días antes de aparecer sus carros ansiados, don Carril no regresó esa noche a su casa. Pensaron sus familiares que había avistado a la tropa y se allegó hasta ellos con el caballo. Fueron a cerciorarse al día siguiente y lo hallaron tendido de bruces, con los brazos cruzados sobre la barbilla, como oteando aún el horizonte, en espera de la aparición de sus tropas; pero estaba muerto. Cerca de él estaban echados los perros, que al oír acercarse personas, trotaron hacia ellas con el mirar triste de los galgos o los perros ovejeros en esas circunstancias, y como dándoles la noticia. Así finalizó la vida accidentada de tal vez 110 años de ese viejo aborigen, que había vivido batallas bravas y sin cuartel, había enfrentado a Juan Manuel de Rosas, pero había llorado por el compañero de viaje, que dejó muerto en el camino… El caballo, atado a un coirón, parecía esperarlo…
Texto de “El Guanaco Vencido”, de Asencio Abeijón

