domingo, 8 de marzo de 2026
Puesto del indígena Silverio Moreno. Foto perteneciente a la Dirección de Tierras del Ministerio de Agricultura de la Provincia del Chubut.

Ocupaba la parte Sur del lote 25, Fracción A, Sección C111 con una superficie de 4500 Has.

Fue poblado en el año 1897.

Según me contara Doña Mercedes Ostua de Hernando, que en su niñez conoció a Silverio Moreno.

Me dijo que Silverio, en su juventud, había sido auxiliar o caballerizo de FRANCISCO PASCASIO MORENO, explorador, geógrafo, y antropólogo argentino quien recorrió los Andes, y explorando ríos llegó hasta sus fuentes. Hacia 1900, Francisco P. Moreno, fue encomendado por el Gobierno en lo relativo a los límites con Chile.

En las primeras campañas del doctor Moreno, el indígena Silverio estuvo a su lado y recibió instrucción y aprendió los modales cívicos del famoso Perito Moreno. En 1874, se embarcó en el bergantín Rosales que iba a Santa Cruz encomendado por el gobierno. Por esos años, el Perito Moreno, al visitar esta zona, recuperó fósiles de la Loma del Castillo. Lugar que todavía es un tesoro de riqueza prehistórica.

Silverio era una persona cultivada, educada y respetuosa: cuando se retiró de ese trabajo tenía 40 años aproximadamente y no quiso que el gobierno le pagara sus servicios en dinero, sino con unas leguas de campo, por él elegidas, que daban a la costa, cerca de la cantera ATLAS.

El boleto de marca de sus haciendas, le fue expedido en Gaiman en abril de 1899, después registrada en Cabo Raso en 1910.

De la primitiva casa de pirca, pared hecha en arcilla mezcladas con piedras moldeadas, o sea muros de piedra en seco, al modo de los quichuas, aún se conservan las ruinas; no tenía ventana, pues seguramente había pasado muchos fríos en las campañas en el sur del país. Las ruinas están a la derecha del camino, ruta 1, sobre un faldeo, donde corrían arroyitos, después de la entrada a la cantera ATLAS, hoy llamada Namuncurá. En agradecimiento a su mentor, adoptó el apellido MORENO. Sería un apellido “alcanzado” al decir de los paisanos.

Construyó su casa en una lomita al abrigo de los vientos, una vez concedido el arrendamiento efectivo de 4500 Hectáreas, y la marca con la “M”, en el mes de mayo de 1906. Esta segunda población fue mensurada en 1912.

Recordaba Mercedes Ostúa que, siendo niña, Silverio preguntaba a su padre, si los vidrios dejaban pasar el frío.

Don Tomás le explicaba que no, y que además podía proteger la ventana con postigos. Solía visitar La Aurora, en un sulky con caballo. Siempre ávido de conocimientos, pedía con todo respeto, se le explicara en forma detallada, los sabios consejos de Don Tomás.

Ruinas de una vivienda o reparo en el campo de La Cantera, zona de Cabo Raso. Fotografía V. G. Heinken.

Cuando Silverio vendió las mejoras e instalaciones de su propiedad existentes en la fracción de campo de 4500 hectáreas, parte sud-oeste, lote 25, fracción A, Sección C111, tenía una casa de 2 piezas y una cocina de piedra y adobe, un galpón de adobe y chapas, un baño de portland y piedra y 10 000 metros de alambre, 1000 lanares al corte con su señal. La tasación de los semovientes fue hecha por la firma Pedro y Antonio Lanusse.

Esta venta fue efectuada el 10 de marzo de 1933 a Don Esteban Lacoste. Los testigos por Silverio fueron los Señores Tomás Nizetich y Demetrio Genovesio. Testigos de la venta por don Esteban Lacoste, fueron los señores Juan S. Jones y Joaquín González Marzo. Todos mayores de edad. Selló el escribano Raúl Vilgre Lamadrid.

Me contó también Mercedes Ostúa que la llegada de los buques a Cabo Raso era anunciada por el saludo amistoso de 3 sirenas. Una vez llegados los buques cerca de la costa, se procedía de inmediato a la descarga de materiales traídos y a la carga de lana. Siempre eran 2 turnos, ya que se trabajaba las 24 horas y les era bajada la comida del barco en grandes cestos de mimbre, con platos de loza con las iniciales de la Compañía naviera. Cuando cambiaban las condiciones del mar, la sirena era estruendosa y precipitada, debían dejar todo para hacerse a la mar pues las aguas embravecidas eran muy peligrosas en ese lugar, proseguían a Camarones o alguna otra playa.

 

 

Texto de “Pioneros de la Costa del Chubut” – Isabel Caminoa de Heinken

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