
En el año 1910 se funda en Madryn la Sociedad Española de Socorros Mutuos y en 1917 se inaugura el Cine Teatro y Bar Español, en la intersección de las calles 28 de Julio y Bartolomé Mitre.
Y vamos a revivir una época. La gran actividad comenzaba después de mediodía, cuando empezaban a llegar los primeros de esa gran muchachada, que día a día nos juntábamos ahí.
El salón era grande, con un billar donde alguna vez hiciera exhibiciones el gran Pedro Leopoldo Carreras “Carrerita”, campeón Argentino de billar a tres bandas.
El bar estaba rodeado de varias mesas redondas donde se jugaba a los naipes, y había otras a los costados que eran cuadradas. La clientela era la misma todos los días y todos éramos amigos. En un estante, contra la pared que daba al cine, había una radio del tamaño de una mesita de luz, en la que escuchábamos las transmisiones en onda corta de Sojit y Corner, de los grandes premios internacionales en los que intervenía Juan Manuel Fangio, o los partidos de fútbol donde la delantera “infernal” con Checonato, Lacacia, Grillo, Micheli y Cruz deleitaba a la hinchada de In- dependiente y de la Selección Argentina.
El “petiso Rodríguez” hacia los cafés exprés y llegó a la cumbre de la popularidad aquella memorable no- che en la que en la Sociedad Italiana y representando al Bar, peleó con Candelario, derrotándolo por abandono. No- che fatídica para Candelario, que había comido y el uppercut que lo puso fuera de combate fue a parar al estómago.
Fue la única vez que lo vimos de pantalones cortos. Era de baja estatura y usaba siempre una boina negra y un saco marrón oscuro. Fumaba en forma continua todo el día cigarrillos negros. Con una bocina, como la de las viejas vitrolas, se paraba en las esquinas e imitando el ulular de una sirena anunciaba la película del fin de semana. Cuando lo hacía en la esquina de casa el “Boby” le ladraba.

A la tarde recorría las confiterías céntricas lustrando zapatos y deleitaba a los clientes con imitaciones de John Wayne. Según un turista americano, al que le lustró los zapatos en la confitería del hotel Playa, si bien no se entendía nada porque las palabras eran inventadas por él, su acento y tono de voz eran iguales. Había vis- to tantas películas que se mimetizó con el viejo actor.
Un Sargento de la policía hacia la recorrida de vez en cuando y si había algún menor lo sacaba. Yo siempre era su candidato. Cuando lo veía venir me iba. Hasta que un día 30 de septiembre cumplí mis ansiados 18 años. Esa mañana fui al juzgado de paz y al rato tenía mi libreta de enrolamiento.
Fui al bar y me puse a jugar al billar; al rato apareció el Sargento Ojeda y entró raudo y con cara de “ite agarré in fraganti!”. Ahí saqué mi libreta y cual as de es- pada en una final de truco, la puse sobre la mesa de billar golpeando con los nudillos. La miró, dio media vuelta y se fue. ¡Ya podía estar en el bar!.
En ocasiones venia el mago Terraza y nos deleitaba a todos con espectaculares pruebas y trucos con naipes. A veces había desafíos de carreras consistentes en correr un auto marcha atrás contra una camioneta que corría hacia delante, el trayecto era de una cuadra y se largaba desde 25 de Mayo y 28 de Julio en pleno centro hasta la es- quina del bar. Una vez corrió un gaucho a caballo contra un auto y le ganó.
Ya en 1957 se inicia en el país la era de los grandes premios internacionales de automovilismo por rutas del norte de la república. Nosotros teníamos a nuestro representante, Perico Sancha, que en sucesivas etapas de varios días ganó de punta a punta. Y precisamente en esa “reliquia de radio” escuchábamos las alternativas de todas las etapas.
Frente al bar estaba lo de Manolo, que era agente de la lotería nacional. Enrique hacia la polla de fútbol, algo parecido al Prode, y el que ganaba se llevaba el pozo. Los domingos a la tarde la radio del bar emitía la sentencia.
Y así pasaron los años y el bar fue cambiando de dueños. Pero siempre éramos los mismos parroquianos. Ahí se pergeñaban travesuras y aventuras de caza o de pesca y los tan mentados robos de gallinas, donde la víctima era invitada sin saber la procedencia de las apetitosas aves.
Era también el mentidero oficial del pueblo, donde se narraban hechos que nunca habían ocurrido. El bar era cuna de leyendas.
En una oportunidad llegaron dos curas misioneros al pueblo y fueron al bar a pescar fieles. Para entrar en confianza se pusieron a jugar al billar con excelente do- minio. Llamaba la atención de todos verlos en el bar con sotana, y poco a poco fuimos acercándonos a ver el juego. Al rato ya entramos en confianza y nos invitaron a todos a ir en la noche a una charla en la iglesia, diciendo que el que no iba era porque tenía otra mujer o era cornudo.
Esa noche no faltó nadie y dejaron como recuerdo de esa misión una cruz alta de madera que tenía la inscripción SALVA TU ALMA, que por mucho tiempo estuvo en la intersección de Pedro Derbes y la bajada hacia el cementerio.
A mi me tocó apadrinar a “Felcho” en su bautismo.
En la época de Víctor Roca se incorporó un metegol y fue Omar Gómez su mejor jugador.
Una puerta del bar daba al hall del cine, por donde ingresaba la gente, en el intervalo de la película, a tomar algo. En la matineé de los domingos se armaban ver- daderos revuelos, porque entrábamos empujando para obtener buena ubicación y las butacas, que estaban montadas sobre dos tablas paralelas en hilera de diez, no estaban atornilladas al piso. Así que al empujar la última fila hacia adelante se caía sobre la siguiente produciendo el efecto dominó con un ruido a metralla espectacular. Y en medio de esa batahola teníamos que levantar todas las filas de butacas para que empezara la película.
En una función nocturna y al mejor estilo de las grandes salas porteñas, sonó una voz: pastillas, caramelos, bombones… Era el Tano José que con una caja de madera sostenida por un cordel alrededor de su cuello, debutaba como caramelero.
Los hermanos Estevan eran los operadores y se turnaban en la proyección de las llamadas cintas.
El recordado Negro Pérez era el encargado del cine y Pepe Sanz tenía a cargo la boletería.
Completaban el staff el gordo Aguilera y Durante como acomodadores.
En las películas de Alan Ladd, cuando el héroe perseguía al villano cabalgando con su caballo blanco por las doradas praderas, se producía un ensordecedor zapateo. Afuera, recostado sobre la puerta del cine, estaba el churrero ofreciendo sus churros.
Y empezaba la vuelta del perro, donde asomaban los primeros novios tomados del “bracete” y caminando alrededor de la cercada plaza.
Texto de “Puerto Madryn… Vuelo hacia el recuerdo” – Hugo Antonio Albaini
