
El jefe indígena más importante de toda la Patagonia Norte era entonces Valentín Sayhueque, cacique del País de las Manzanas, sur de Neuquén. Su influencia se extendía desde los ríos Neuquén y Negro hasta el Chubut. Él había firmado un tratado el 20 de mayo de 1863 “para establecer una paz sólida y duradera con el Gobierno de la República Argentina, y deseando ésta prestar a dicho cacique todo el apoyo y protección que le sea posible, de manera que todo redunde a favor de la seguridad y del bien del país en general”. Por el artículo 1º se establece una recíproca libertad de tránsito y comercio entre los territorios bajo el dominio de uno y otro. “Si el Gobierno de la República Argentina determinase explorar el río Negro, y ocupar algún punto militar en todo el curso de él, el cacique Sayhueque le prestará todos los auxilios que le sean posibles, los que serán dadamente remunerados y pagados por el Gobierno” (art. 2º). El artículo 3º obligaba al cacique a “proteger y apoyar la defensa de Patagones, obrando según las órdenes del comandante de este punto y las instrucciones que de él recibiese” y transmitir al mencionado comandante “los intentos o movimientos enemigos” (art. 4°). El artículo 9º fijaba las raciones que el Gobierno pasaría a la tribu de Sayhueque. En páginas anteriores se ha hecho referencia al parlamento celebrado con Casimiro y Orkeke sobre la defensa de Patagones.
Para cumplir lo dispuesto por la ley del 9 defensa de Patagones de octubre de 1878 se creó una comisión que, bajo la conducción de Francisco P. Moreno, debía “estudiar el estado de la colonia del Chubut y la región comprendida entre el río Negro y Deseado, en busca de puntos aparentes para la colonización”. Emprendió su cometido “en la primavera de 1879. En las particulares circunstancias que se estaban viviendo, no resultaba fácil reunir los elementos adecuados, tanto humanos como materiales. En los últimos días del año llega a los valles cordilleranos donde ahora se encuentran Esquel y Trevelin. Quedó gratamente impresionado por la belleza y fertilidad de esos valles, pero mucho mayor fue la emoción que experimentó cuando al acercarse a las tolderías de Inacayal vio que frente al toldo del cacique flameaba la bandera argentina, y Utrac, el hijo de Inacayal, llevaba en su lanza la enseña patria, “alentadora para los que llegábamos empeñados en hacer efectiva la incorporación a nuestra soberanía de las tierras que Chile pretendía para sí… Mi plan de acción se iba realizando”, escribe con inocultable satisfacción.
La colonia galesa establecida en el valle del río Chubut desde el año 1865, a 500 kilómetros de Patagones que no podía prestarle ningún auxilio, sin medios adecuados de defensa, puede ser considerado como paradigma de lo que pudo haberse hecho, confirmado por la acción cumplida por Piedrabuena, Moyano, los misioneros… No habían ocurrido prácticamente problemas y continuaron sin variantes sus relaciones comerciales y de buena vecindad con los indígenas patagones. Pero cuando se iba a iniciar la ofensiva final contra las tribus pampeanas, cundió la inquietud, tanto en las autoridades como en los colonos, por cuanto los indígenas perseguidos podrían lanzarse sobre la indefensa colonia del Chubut para saquearla.
Como medida precautoria el Gobierno Nacional quiso enviar un batallón de línea a la colonia. Conocida esta decisión Lewis Jones, presidente del Consejo, se dirige al general Roca -ministro de Guerra y Marina- el 12 de setiembre de 1879 para demostrarle con fundados argumentos que no era necesario. El Comisario General de Inmigración apoyó la actitud de Jones y el envío del batallón fue suspendido.
Por su parte los dirigentes de la colonia tampoco descuidaron la vigilancia y trataron que las buenas relaciones con los aborígenes no se deterioraran, como lo demuestra el contenido de esta carta del cacique Valentín Sayhueque. Está datada en “Río Limay, 3 de abril de 1881”, escrita en nombre del “Gobierno Aborigen Argentino” y dirigida “al Gobernante de la Colonia Chubut”. De ella se desprende que es respuesta a una enviada por L. Jones el 3 de marzo, coincidente con la expedición al Nahuel Huapi del general Conrado Villegas. En primer lugar acepta “con placer los consejos e informaciones que dais a mi tribu, de mantenernos pacíficos hacia el gobierno y hacia ustedes”; afirma enseguida en forma categórica que él jamás violó la paz y que siempre cumplió los compromisos contraídos con “el gobierno desde hace ya más de veinte años”; sin embargo ha debido soportar toda clase de sufrimientos por parte de las autoridades y que jamás se atendieron sus reclamos. Le cuenta el “ataque espantoso que me hicieron el 19 de marzo, cuando tres ejércitos cayeron sobre mis tribus y mataron sin aviso, a un número muy grande de mi gente. Llegaron furtivamente y armados a mis tolderías cual si yo fuera un enemigo y asesino. Yo tengo compromisos serios con el Gobierno desde hace mucho tiempo, y por lo tanto no puedo luchar ni disputar con los ejércitos. Me alejé, pues, con mi gente y mis toldos, para tratar de evitar sacrificios Y desgracias… No es, amigo, que yo sea cobarde, sino que respeto mis compromisos con el gobierno, y al mismo tiempo, cultivo fielmente las enseñanzas y consejos de mi famoso padre, el gran cacique Chocorí, de no dañar ni injuriar nunca a los débiles, sino amarlos y respetarlos humanamente. A pesar de todo, me encuentro hoy arruinado y sacrificado”. “Las tierras que mis antepasados y Dios me dieron, me han sido arrebatadas, lo mismo que todos mis animales, hasta 50.000 cabezas entre vacunos, yeguas y ovejas… A causa de esto, amigo, le pido que eleve al Gobierno todas mis protestas y las aflicciones que he sufrido. No soy culpable de nada, soy un criollo noble y, por derecho, dueño de todas estas cosas. No soy un extraño de otro país, sino nacido y criado en esta tierra, y un argentino leal al Gobierno.”. Después de algunas otras consideraciones concluye: “Espero conversar algún día con usted, y hacer un arreglo amistoso entre nuestros pueblos”. No se conocen posteriores contactos entre este cacique y la colonia galesa.
“Los indígenas de la Patagonia”, de Clemente Dumrauf
