Un jinete boer, que viajaba de Comodoro Rivadavia hacia El Trébol, lo trajo por delante en la montura de su caballo y, cuando entró en el boliche lo dejó en medio del salón, donde quedó erguido ante la curiosidad de los restantes parroquianos. Lo había hallado en la playa cuando salía de Comodoro, en manos de varios chicos que se entretenían en tirarle piedras y empujarlo con palos, martirizándolo.
Una tabla con unos piolines atados se le había enredado en una pata y le impedía nadar y zambullirse, por lo cual había salido a la playa. El boer les pagó unos centavos a los muchachos para que se lo dejen, porque a lo mejor se adaptaba en los valles de su campo.
El pingüino estaba irritado, y lanzaba picotazos a quienes se le acercaban para acariciarlo. En cada atropellada que intentaba caía tendido sobre el pecho, motivando la risa de los presentes. Alguien tuvo la ocurrencia de abrirle el pico y arrojarle unas gotas de ginebra en la boca. Se contorsionó enojado haciendo arcadas y sacudiendo la cabeza. Después se retiró a un rincón. Minutos más tarde, cuando el boer siguió viaje llevándolo consigo, todos decían -¡Pobre animalito! ¡Va a morir, porque esos sólo viven en el mar y en climas fríos!
Una semana después, en día caluroso, el pingüino apareció tranco y tranco, siguiendo el curso del arroyo La Mata, que desemboca en la playa en Punta Piedras, a más de dos leguas de distancia. Rumbiaba hacia el este, sin duda guiado por un pronunciado viento del mar que le servía de orientación; iba acosado por la sed, porque el arroyo seco solo tenía algunas aisladas lagunitas de agua cada dos o tres kilómetros. Tenía las patas llenas de espinas, con señales de haber caminado mucho. Su olfato o instinto del agua debía ser muy agudo, porque en el momento en que lo vimos se había desviado del curso del arroyo y se dirigía a un lugar donde a unos mil metros de distancia había un pozo con bebedero que servía para abrevar los caballos.
Corrimos hacia él para atraparlo. Quiso huir con el ridículo trotecito de sus cortas patas, pero enseguida cayó tendido de panza. Lo levante sin hacer caso de sus picotazos, y lo llevamos al pozo.
A la vista del agua comenzó a agitar las aletas con desesperación, abriendo el pico y estirando el pescuezo hacia el líquido. Lo arrojamos al bebedero y se zambulló en el agua, llevando la boca abierta mientras nadaba. Después de un rato, lo llevamos a la casa. Ya no nos amenazaba. Le ofrecimos pequeños trozos de carne cruda. Los tomaba con el pico y luego los tiraba. Solo si tenían más o menos el tamaño de un huevo de gallina, que parecían imposible de pasar por su tragadera, los aceptaba, los engullía sacudiendo el pescuezo, y luego quedaba a la espera de otro. No agarraba el trozo si se lo arrojaban al piso. Pensamos que sería muy delicado, pero luego notamos que por su conformación física no podía tomarlos, porque se caía al suelo.
En su medio natural comen peces a la vez que nadan en posición horizontal. ¿Cómo pudo regresar? No es posible que lo hiciera desde El Trébol, distante más de 9 leguas, que son muchas para sus cortas patitas y, además, falto de agua y por supuesto también de comida. Posiblemente, el boer que lo salvó en la playa de la pandilla que lo maltrataba, se aburrió de la incomodidad de llevarlo en su caballo y al pasar por un lugar llamado El Salitral, donde había un tajamar con agua formado por el arroyo La Mata, lo largo en dicha laguna de agua bastante salobre. Allí el animalito descansó algún par de días y hasta, posiblemente, mientras nadaba en ella, atrapó algunos renacuajos. Luego vinieron algunos días de viento procedente del mar, tan frecuentes en Comodoro Rivadava en el verano, y el pingüino, guiado por ese viento que procedía de su medio natural de vida, comenzó a marchar hacia el este siguiendo el curso del arroyo La Mata. Su instinto le haría saber que ese arroyo tenía que desembocar en el mar, cuyo olor típico le llegaba junto con el viento. Aunque el arroyo no corría, cada seiscientos u ochocientos metros tenía algunos pequeños charcos que le han servido para no morir de sed.
En pocas horas se aquerencio en la casa. Seguía a las personas todo el día. Si la persona a la que él seguía caminaba muy rápido y lo dejaba retrasado, emitía su gutural graznido, pidiendo que lo esperaran. Formaba en la rueda en torno al asador o la olla de puchero puesta en la cocina en medio del piso, pero nunca aceptaba carne cocida, sino cruda y en buenos pedazos. En cuanto tacho con agua hallaba a su paso, trataba de meterse adentro, hasta que lo derramaba, y entonces de inmediato se arrojaba de pecho sobre el agua que corría, tratando de alcanzarla con el pico. Mientras alguien efectuaba algún trabajo manual, como armar un cigarrillo o coser alguna soga, lo observaba con atención un momento desde cerca y luego de improvisto se lo sacaba de las manos con el pico.
Una tarde calurosa, un piche se acercó a la casa lentamente, deteniéndose a cada momento, escarbando la tierra y clavando el hocico en ella en procura de raíces o insectos para su alimento. El pingüino se acercó receloso a observarlo. El piche ni se dio cuenta. Medio de costado, el pingüino dio una vuelta en torno de él. Entonces el piche lo vio. Lo miró unos cinco segundos y luego siguió buscando su comida sin hacerle más caso. El pingüino extendía su pescuezo hasta encima del piche, torciendo la cabeza hacia un lado y otro para mirarlo un poco con cada ojo. Seguía sus movimientos como con ganas de picotearlo, pero luego desistía, como sorprendido de ese extraño animal. al que tanto parecía gustarle la arena seca. Después, sin duda ya lleno su estómago, el piche emprendió un lento trotecito, seguramente hacia su cueva, mientras el pingüino quedó parado mirándolo hasta que se perdió entre los yuyos.
Otro día, mientras juntaba leña no lejos de la casa, vi que un zorro se había acercado al pingüino. Este al comienzo demostró mucho recelo; se le fue acercando más, agitó las aletas y, con el pico abierto y el cuello estirado hacia el zorro, emitió su graznido, fingiendo como que iba a atropellar. El zorro retrocedió tranquilo. Luego, muy despacio, comenzó a dar vueltas en torno a ese extraño pájaro, que le era desconocido como artículo de alimento. El pingüino parecía adivinar sus intenciones, y giraba también, siempre dando el frente al zorro y con sus fanfarrones amagos de atropellar.
Después el zorro se echó y, con la cabeza extendida sobre sus patas delanteras, miraba al pingüino de abajo hacia arriba, con gran atención. Parecía que le estudiaba el posible poder del pico y las uñas como armas de defensa. El pingüino estaba alerta, medio inclinado hacia adelante, abriendo el pico a cada instante, como para hacerle creer al zorro que esa era un arma terrible. Por fin el astuto zorro pareció darse cuenta de que ese animal tan extraño, cuyo valor como manjar no conocía, como tampoco conocía la eficacia de sus armas, con las que se hallaba tan dispuesto a defenderse, no justificaba una batalla de resultado problemático, y entonces se alejó al trotecito, en busca de algo más conocido y seguro.
En otra oportunidad, a la hora de la siesta, varias calandrias cantaban en coro entre las ramas tupidas de la gran mata de molle. De pronto vimos con mi hermano que el pingüino se había acercado a la mata y, desde abajo, trataba de localizar entre el ramaje a las calandrias. La posición de sus ojos se lo dificultaba, al parecer. Entonces por momentos se quedaba inmóvil, en una posición como de arrobamiento. No nos cupo la menor duda de que percibía y le agradaba el melodioso canto. Volvía a moverse, tratando de ubicar los motivos del concierto, y de nuevo se quedaba muy quieto, con los ojos cerrados, como si ese canto le produjese éxtasis. Así estuvo casi una hora hasta que la presencia de un carancho ahuyentó a las calandrias.
Finalmente, cuando más encariñados estábamos con el sociable pájaro bobo, este desapareció de la casa. Pensamos buscarlo siguiendo el curso del arroyo, con la presunción de que se habría alejado en busca del mar, de cuyo lado venía el viento, pero unos trabajos de urgencia imprevistos nos detuvieron y, por tres días, nos olvidamos de él.
Cinco días más tarde, enterados de que las olas habían arrojado en Punta Piedras el cadáver de una ballena de 23 metros de largo, ensillamos los caballos y junto con mi hermano galopamos las dos leguas hasta la playa para ver al imponente monstruo. El tamaño de este parecía mayor aún, debido a la hinchazón provocada por la descomposición que ya comenzaba. Expandía un olor nauseabundo. Solamente un andaluz, el viejo Rafael Flores, pescador, chanchero, propietario del boliche Los Pozos, con veleidades de torero y peleador de policías, que siempre se jactaba de haberle ganado un largo y comentado pleito a Pietro- belli por la suma de 61 pesos, estaba cortando tiras de grasa a la ballena para convertirla en aceite con fines industriales.
Tanto él como el peón que le ayudaba llevaban un pañuelo atado a la cara para preservarse en lo posible del mal olor.
Luego de mirar un rato, dirigimos la vista hacia la marea que venía subiendo y vimos a dos pingüinos en la orilla del agua. Nos acercamos a ellos, y mientras uno se alejó internándose en el agua, el otro se quedó tranquilamente en su lugar y hasta se volvió hacia nosotros. Por la cicatriz que tenía en una de las aletas, hecha por los niños que lo habían atrapado en la playa, nos dimos cuenta de que se trataba de nuestro pingüino. Sorprendentemente, con los diminutos tranquitos de sus patas cortas había logrado cubrir las dos leguas de distancia que lo separaban del mar, aprovechando los alternados charcos de agua distantes unos de otros que aún conservaba el arroyo La Mata. Lo alzamos y lo alejamos unos metros del agua, donde volvimos a dejarlo en tierra para ver si nos seguía, pero como él comenzó a caminar hacia el mar nos dimos cuenta de que prefería éste y no la vida en tierra firme.
Quedamos observándolo mientras se alejaba. De tanto en tanto se detenía y se daba vuelta hacia nosotros, como invitándonos a que lo siguiéramos para mostrarnos las maravillas de su elemento en retribución a la hospitalidad que le habíamos dado en casa. Por supuesto, no le aceptamos la invitación.
Once años más tarde, aproximadamente en 1923, arribó a Comodoro Rivadavia en un viaje de turismo el gran transatlántico alemán Cap Polonio, buque lujoso, y en esa época el más grande del mundo. Fue un acontecimiento para el pueblo.
Centenares de turistas europeos y de todas partes del mundo coparon los vehículos de alquiler, los particulares y hasta los camiones, recorriendo los yacimientos de petróleo, los cerros y las playas, haciendo sus asados y churrascos a su manera, al reparo o sombra de los matorrales y barrancas.
Los huesos de la enorme ballena estaban ya blanqueados por el sol y las aguas del mar, y parte de ellos, en especial las costillas y vértebras, estaban oficiando de palenques o postes de alambrados en boliches o estancias y de asientos en campamentos o galpones. Un grupo de científicos que viajaban los advirtió y de inmediato trataron un camión para transportarlos y embarcarlos en el Cap Polonio. Manifestaron que con ellos reconstruirían la imagen del gran cetáceo en Hamburgo, y en cuanto a los huesos que faltaban, los reconstruirían en proporción a los existentes. Un naturalista, que al parecer era el jefe del grupo, nos abrumaba a preguntas, en un castellano defectuoso. Preguntaba si al salir la ballena a tierra no habíamos observado algún arpón con iniciales, clavado en su cuerpo. Cuando le relatamos la aventura del pingüino, demostró un interés que a nosotros nos pareció casi ridículo.
Anotó la distancia recorrida, la clase de terreno y de aguas, el estado de salud del pingüino y otros detalles, por espacio de más de media hora. También preguntó si habíamos hecho algún testimonio oficial sobre esas cosas, y cuando le contestamos que sí hubiésemos solicitado testimonio sobre las aptitudes de un pingüino nos habrían tomado por locos, en lugar de ofenderse se rio con muchas ganas y, mientras seguía anotando, repetía su risa.
Al parecer, creía que le habíamos dicho una indirecta. Al irnos, nos saludó muy atentamente y nos agradeció los datos.
Esa noche, cuando en rueda del fogón, en un matadero, comentamos el asunto, todos se rieron diciendo: ¡Estos gringos! ¡La guerra los volvió locos del todo! ¡Cuando no pelean, se entretienen en juntar huesos inútiles y averiguar las aventuras de pingüinos atorrantes!
Sin embargo, yo lamento no haber tenido oportunidad de leer el informe, o tal vez el libro que, sobre el pingüino, habrá escrito el gringo que se llevó los huesos de la ballena.
Texto de “El Guanaco Vencido” – Asencio Abeijón

