domingo, 22 de marzo de 2026

Cinco días más tarde, enterados de que las olas habían arrojado en Punta Piedras el cadáver de una ballena de 23 metros de largo, ensillamos los caballos y junto con mi hermano galopamos las dos leguas hasta la playa para ver al imponente monstruo. El tamaño de este parecía mayor aún, debido a la hinchazón provocada por la descomposición que ya comenzaba. Expandía un olor nauseabundo. Solamente un andaluz, el viejo Rafael Flores, pescador, chanchero, propietario del boliche Los Pozos, con veleidades de torero y peleador de policías, que siempre se jactaba de haberle ganado un largo y comentado pleito a Pietrobelli por la suma de 61 pesos, estaba cortando tiras de grasa a la ballena para convertirla en aceite con fines industriales.

Tanto él como el peón que le ayudaba llevaban un pañuelo atado a la cara para preservarse en lo posible del mal olor.

Luego de mirar un rato, dirigimos la vista hacia la marea que venía subiendo y vimos a dos pingüinos en la orilla del agua. Nos acercamos a ellos, y mientras uno se alejó internándose en el agua, el otro se quedó tranquilamente en su lugar y hasta se volvió hacia nosotros. Por la cicatriz que tenía en una de las aletas, hecha por los niños que lo habían atrapado en la playa, nos dimos cuenta de que se trataba de nuestro pingüino. Sorprendentemente, con los diminutos tranquitos de sus patas cortas había logrado cubrir las dos leguas de distancia que lo separaban del mar, aprovechando los alternados charcos de agua distantes unos de otros que aún conservaba el arroyo La Mata. Lo alzamos y lo alejamos unos metros del agua, donde volvimos a dejarlo en tierra para ver si nos seguía, pero como él comenzó a caminar hacia el mar nos dimos cuenta de que prefería éste y no la vida en tierra firme.

Quedamos observándolo mientras se alejaba. De tanto en tanto se detenía y se daba vuelta hacia nosotros, como invitándonos a que lo siguiéramos para mostrarnos las maravillas de su elemento en retribución a la hospitalidad que le habíamos dado en casa. Por supuesto, no le aceptamos la invitación.

Once años más tarde, aproximadamente en 1923, arribó a Comodoro Rivadavia en un viaje de turismo el gran transatlántico alemán Cap Polonio, buque lujoso, y en esa época el más grande del mundo. Fue un acontecimiento para el pueblo.

Centenares de turistas europeos y de todas partes del mundo coparon los vehículos de alquiler, los particulares y hasta los camiones, recorriendo los yacimientos de petróleo, los cerros y las playas, haciendo sus asados y churrascos a su manera, al reparo o sombra de los matorrales y barrancas.

Los huesos de la enorme ballena estaban ya blanqueados por el sol y las aguas del mar, y parte de ellos, en especial las costillas y vértebras, estaban oficiando de palenques o postes de alambrados en boliches o estancias y de asientos en campamentos o galpones. Un grupo de científicos que viajaban los advirtió y de inmediato contrataron un camión para transportarlos y embarcarlos en el Cap Polonio. Manifestaron que con ellos reconstruirían la imagen del gran cetáceo en Hamburgo, y en cuanto a los huesos que faltaban, los reconstruirían en proporción a los existentes. Un naturalista, que al parecer era el jefe del grupo, nos abrumaba a preguntas, en un castellano defectuoso. Preguntaba si al salir la ballena a tierra no habíamos observado algún arpón con iniciales, clavado en su cuerpo. Cuando le relatamos la aventura del pingüino, demostró un interés que a nosotros nos pareció casi ridículo.

Anotó la distancia recorrida, la clase de terreno y de aguas, el estado de salud del pingüino y otros detalles, por espacio de más de media hora. También preguntó si habíamos hecho algún testimonio oficial sobre esas cosas, y cuando le contestamos que sí hubiésemos solicitado testimonio sobre las aptitudes de un pingüino nos habrían tomado por locos, en lugar de ofenderse se rio con muchas ganas y, mientras seguía anotando, repetía su risa.

Al parecer, creía que le habíamos dicho una indirecta. Al irnos, nos saludó muy atentamente y nos agradeció los datos.

Esa noche, cuando en rueda del fogón, en un matadero, comentamos el asunto, todos se rieron diciendo: ¡Estos gringos! ¡La guerra los volvió locos del todo! ¡Cuando no pelean, se entretienen en juntar huesos inútiles y averiguar las aventuras de pingüinos atorrantes!

Sin embargo, yo lamento no haber tenido oportunidad de leer el informe, o tal vez el libro que, sobre el pingüino, habrá escrito el gringo que se llevó los huesos de la ballena.

 

 

Texto de “El Guanaco Vencido” – Asencio Abeijón

Material proporcionado por la Biblioteca Municipal Domingo Sarmiento de Puerto Madryn

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