lunes, 23 de marzo de 2026

Martínez de Hoz y el “Programa de recuperación, saneamiento, y expansión de la economía”

Martínez de Hoz y Videla en la jura de Guillermo Walter Klein como secretario de Programación y Coordinación Económica, el 30 marzo de 1976

Comencemos por algunos elementos que definieron la trayectoria inicial de nuestra historia. Primero que nada la “memoria corta” de lo que estaba fresco al comenzar el sombrío otoño de 1976. El gobierno militar se asomaba al poder en medio del desbarajuste final de la gestión de Isabel de Perón, nueve meses después del Rodrigazo de junio de 1975, que no solo gatilló ese desbarajuste sino que condicionó la mentalidad de los jefes militares, asustados por la aventura de la que habían sido testigos, pero también asustados por la respuesta de los poderosos sindicatos nacionales. Y ese gobierno militar llegó al poder veintidós meses después de la muerte de Perón, cuya doctrina y cuyo movimiento político los uniformados, para bien o para mal, creían vivos. En ese contexto la guerrilla era un tema central: había que destruirla en el plano militar como lo había querido el propio Perón, y para eso no había que darle sobrevida con decisiones económicas y sociales equivocadas. Así concibieron esos hombres lo que, en un exceso del lenguaje, llamaron “gradualismo”.

El segundo elemento fue la peculiar organización del poder que el gobierno militar se dio. Me refiero a ese triunvirato intrínsecamente deliberativo conformado por los comandantes de las tres fuerzas, un cuarto hombre que estaría a cargo de la presidencia y un cuasi poder legislativo. ¿Era eso un saludable antídoto contra el caudillismo argentino? Nada más lejos. Era, más bien, un síntoma de desconfianza mutua. Hasta su retiro del arma, en julio de 1978, Videla fue comandante del Ejército y presidente con uniforme. Después comenzó a vestirse de civil y fue, efectivamente, cuarto hombre: esto es, había una Junta Militar y un cuarto hombre, cada uno con sus propias ideas, muy distinto a una dictadura unipersonal, por ejemplo la de Pinochet al otro lado de los Andes. La Junta Militar elegía al presidente, podía removerlo, tomaba las decisiones críticas, pedía informes a los ministros, avivaba sus intrigas en cada tema. Es fácil imaginar que el estado deliberativo y conflictivo se transmitió al ámbito de las decisiones cotidianas.

El estado deliberativo y conflictivo de los comandantes funcionó, también, para seleccionar un ministro de Economía. Fue un largo período de barajar nombres, algunos que ni siquiera fueron entrevistados, otros que no pasaron la primera ronda, finalmente los candidatos más relevantes y alrededor de los cuales emergieron las diferencias entre los uniformados. Se dice, pero no me consta, que la Fuerza Aérea, de tradición nacionalista y católica, propuso a Aldo Ferrer, a quien habían conocido como ministro del presidente Levingston. En todo caso, eso no podía ser. Estaba en el aire un inevitable giro hacia la ortodoxia.

¿Por qué Martínez de Hoz fue el elegido? Si dejamos de lado a Horacio García Belsunce, un hombre cercano al catolicismo conservador que fue descartado por SFI (Situación Familiar Irregular), la respuesta es: porque Martínez de Hoz era un hombre moderado y cauteloso, miembro del ala más conservadora de la Democracia Cristiana en otros tiempos, nieto por parte de madre del conservador reformista agrario Ramón Cárcano, sobrino de Miguel Ángel Cárcano, el último canciller de Arturo Frondizi. Su temperamento le permitía hacerse cargo de la única consigna que unificaba a la Junta Militar: “Doctor, haga lo que tenga que hacer pero que no haya desempleo. Todo desocupado es un potencial guerrillero”, frase esclarecedora que se le adjudica al general Antonio Domingo Bussi. Si prestamos atención a los rasgos comunes de García Belsunce y de Martínez de Hoz, se confirma hasta qué punto los militares querían dejar en claro que el nuevo gobierno no compartiría un aire de familia con el Rodrigazo. La dictadura, que rápidamente se revelaría sanguinaria, quería ser prudente en la gestión social y económica, combinar liberalismo económico con una pequeña dosis de humanismo cristiano. Así estuvo planeado, y así se lo intentó, en parte por la gran influencia que fue ganando Martínez de Hoz sobre Videla y –no una cuestión menor– sobre su esposa.

El 12 de marzo un oficial del Ejército se comunicó con Martínez de Hoz para pedirle que interrumpiera su safari en Kenia –al que había sido invitado por Arturo Acevedo (hijo), presidente de la empresa familiar Acindar– y regrese urgentemente al país. El 29, cinco días después del derrocamiento de Isabel de Perón, se anunció que Martínez de Hoz sería el ministro de Economía del gobierno militar. Más allá de los detalles pintorescos que nos hablan de los hábitos de una burguesía más que acomodada, las fechas y las circunstancias son indicios: por un lado, el hombre elegido condicionó su aceptación a que fuera liberado su antiguo compañero de la militancia política, Guido Di Tella, encarcelado por formar parte del gobierno anterior; por otro lado, los tiempos indican prisa e improvisación por parte de los mandos, y un margen estrecho para prepararse por parte de Martínez de Hoz. De hecho, no parecen ser los rasgos de un proyecto cuidadosamente preparado para dar vuelta a la Argentina como a una media. Si le prestamos atención al infinito discurso inaugural del 2 de abril del ministro, efectivamente no emerge de ese texto una idea revolucionaria neo–liberal al estilo de lo que serían más tarde Margaret Thatcher o Ronald Reagan, sino el menos ambicioso objetivo de sanear, ordenar, disciplinar, estabilizar, “acabar con una economía de especulación y pasar a una economía de producción”, como fueron sus palabras. ¿Menos ambicioso?, puede ser, pero, aun así, enormemente difícil.

El discurso decía que “la economía argentina no tiene ningún mal básico ni irreparable”, su título era “Programa de recuperación, saneamiento, y expansión de la economía”, esto quiere decir que no aparecía centralmente la palabra “reforma”, ni en su acepción de “reforma del Estado” ni en su acepción de apertura rápida e integral de la economía. Cuando Martínez de Hoz se refirió al gasto público apuntó al equilibrio fiscal, no a un cambio de raíz en las funciones del sector público; cuando se refirió a la reducción de aranceles protectivos explicó que se trataba de un plan gradual de cinco años, no muy distinto en este aspecto al fraseo y al ritmo político que podrían haber adoptado en otros contextos Raúl Prebisch, Roque Carranza, Krieger Vasena. Surge entonces la pregunta: ¿no era el Martínez de Hoz inicial un hombre del “momento desarrollista” de la historia argentina, como lo había sido en 1962 durante su pasaje por el ministerio como colaborador de José María Guido?; ¿no se parecía más al pasado que al futuro? Que esa silueta se haya disuelto en medio de la tormenta es otro cantar. El experimento económico de la dictadura es el fracaso de ese plan de saneamiento y estabilización, y en ese fracaso se convirtió, hacia el final, en una mueca reformista desesperada que ni siquiera tuvo conciencia de sí.

Un equipo heterogéneo

Si Martínez de Hoz no tuvo tiempo para prepararse, eso se manifestó en el hecho de que no le fue fácil armar un equipo de colaboradores. Llamó a amigos y a amigos de amigos, no pocos de ellos funcionarios de Krieger Vasena una década antes, como lo fue, entre otros, su secretario de Programación y Coordinación Económica, Guillermo Walter Klein, un hombre de silencios largos, y sin embargo capaz de imponer un orden interno en el ministerio. El equipo de Martínez de Hoz no se caracterizó, entonces, por la homogeneidad, no era un destacamento que tuviera una visión construida en común de los problemas económicos argentinos. Eran abogados y economistas de distinta formación y de distintos énfasis en las convicciones que más o menos los amalgamaban, aunque hay que subrayar que eran todos profesionales reconocidos y respetados, en algunos casos más allá del arco ideológico de la derecha, y en todos los casos en el mundo empresarial. Se concluyen, entonces, dos cuestiones importantes: no había afecto societatis entre los mandos militares y había heterogeneidad dentro del gabinete del ministro.

 

Por Pablo Gerchunoff para La Nación

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