sábado, 4 de abril de 2026
Las esposas de Inakayal y Foyel, junto a otras mujeres y niños, durante la detención en el Museo de La Plata

En septiembre de 1884, Inakayal, Foyel, y sus principales capitanejos se presentaron ante las autoridades del fortín Villegas, al este de la provincia de Chubut. Allí permanecieron durante casi un mes en una suerte de libertad vigilada, hasta que finalmente fueron detenidos.

Posteriormente se les permitió ir hasta sus tolderías a buscar a sus familias, siempre controlados de cerca por los soldados. Cuando regresaron al fortín Villegas, se decidió su traslado hacia el centro de detención de Chinchinales, a orillas del río Negro. Recorrieron más de seiscientos kilómetros en apenas quince días, una travesía en la que sufrieron el agobiante calor del verano, la falta de agua y de comida y los malos tratos de sus captores.

Permanecieron un mes en Chichinales, siempre en calidad de detenidos, y luego fueron nuevamente trasladados a Carmen de Patagones. Allí los esperaba el vapor Villarino, que los llevó hasta su destino final, en la ciudad de Buenos Aires.

Apenas llegaron, les prometieron que en el futuro recuperarían la libertad y volverían a sus tierras. La realidad fue muy distinta: Inakayal y Foyel fueron recluidos en prisión junto a sus familias. Primero en unos cuarteles ubicados en Palermo, luego fueron reubicados en los talleres que funcionaban como cárcel en la localidad de Tigre.

Estuvieron allí más de un año. En 1886, Francisco Moreno solicitó al gobierno de Julio A. Roca una autorización especial para trasladar a Inakayal, Foyel y sus familias a las instalaciones del Museo de Ciencias Naturales que se estaba construyendo en La Plata, y del que iba a ser su primer director.

El 2 de octubre de ese año, Moreno le envió una carta con los detalles al responsable de la prisión de Tigre, Antonio Muratorio.

Envío a usted el telegrama que acabo de recibir del Sr. ministro de Guerra Dr. C. Pellegrini. Dicho telegrama se refiere a la entrega de los caciques Inakayal y Foyel con sus hermanos, su mujer e hijos -es decir Inakayal, un hermano, su mujer y 3 o 4 hijos, Foyel, su hermano, su mujer e hijos, y el lenguaraz que los acompaña- en todo 15 personas entre grandes y chicos. Hace mucho tiempo que obtuve igual concesión del general Victorica, pero habiéndoseme Aires, y que se les había enviado a sus campos, no di más pasos, para buscarlos, pero hoy que sé dónde están, deseo que vengan a mi lado, para pagarles de esta manera, la humanitaria conducta que tuvieron conmigo, cuando les visité en la cordillera en 1880.

Pocos días después de esta misiva, los caciques y sus familias fueron llevados al museo. Les tomaron fotografías, debieron posar para un pintor y fueron sometidos a exámenes y medi por parte del antropólogo. El interés científico por los indígenas, considerados seres “salvajes” o “inferiores”, formaba parte de las ideas positivistas en boga en Estados Unidos y Europa, introducidas en nuestro país por investigadores como Estanislao Zeballos, Luis Fontana, Ramón Lista, Carlos Moyano o el propio Moreno.

Sobre la creación de este museo, el investigador Osvaldo Bayer ha dicho:

Es una barbaridad, es una falta de respeto a los pueblos originarios, es tratarlos como seres de otro mundo, para demostrar cómo eran los salvajes, cómo eran los bárbaros. ¿Por qué no se hizo eso con los blancos? Esto se lo debemos a Perito Moreno, al que hemos erigido como un héroe, hemos puesto lugares geográficos con su nombre, pero él hizo un gran negocio con los pueblos originarios.

Además de la carta de Moreno, o del testimonio posterior del antropólogo holandés Herman ten Kate, no hay certezas respecto a cuántos fueron los indígenas cautivos en el museo, ni cuándo o cómo murieron. Sí hay registro, a partir de publicaciones en periódicos de la época, del fallecimiento de Margarita Foyel (hija del cacique), de Eulltyalma, de Maish Kensis y de la esposa de Inakayal. Los restos de todos ellos fueron diseccionados, convertidos en piezas del museo y exhibidos durante años en sus vitrinas.

En cuanto a Foyel, su destino es un enigma. Al parecer Moreno gestionó su libertad y lo envió a vivir al sur, en unas tierras ubicadas donde hoy erige la localidad de El Foyel, a ochenta kilómetros al sur de Bariloche, la provincia de Río Negro. En el pueblo que lleva su nombre abundan las leyendas sobre cómo fueron los últimos días de vida del cacique. Dicen que lo perseguía el ejército, que su tumba estaría en los alrededores del cerro Fortaleza y que muy cerca de allí hay enterrados unos tesoros que él mismo obtuvo antes de morir.

Los lugareños también dicen que Foyel se aparece algunas noches en forma de fuego, luces o sonidos, o incluso a través de su propia figura, para recordarles a todos de su resistencia ante la opresión contra su pueblo.

Fragmento del libro “Mitos, leyendas y verdades de la Argentina indígena”, de Andrés Bonatti

 

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