
Las puertas de Jerusalén permanecieron abiertas a los peregrinos judíos, y así, una avalancha de fanáticos religiosos, curtidos combatientes, degolladores expertos y miles de refugiados llegó a la ciudad, donde los rebeldes consumían su energía en guerras de bandas, la búsqueda del placer orgiástico y viciosas cazas de brujas en busca de traidores.
Una pandilla de jóvenes y violentos bandidos les disputaban ahora el gobierno a los sacerdotes, e invadieron el Templo y expulsaron de él incluso al sumo sacerdote, eligiendo en su lugar y por sorteo a un «simple rústico». Anás reunió a los jerosolimitanos y lanzó un ataque contra el Templo, pero vaciló antes de asaltar los patios interiores y el Santo de los santos. Juan de Giscala y sus guerreros galileos vieron entonces la oportunidad de apoderarse de toda la ciudad. Juan invitó a los idumeos, esa «nación, la más bárbara y sanguinaria» del sur de Jerusalén, a unirse a él. Los idumeos irrumpieron en la ciudad, asaltaron el Templo, donde «la sangre manaba a raudales», y a continuación se lanzaron descontrolados por las calles de la ciudad, matando a doce mil de sus habitantes. Asesinaron a Anás y a sus sacerdotes, los desvistieron y pisotearon sus cadáveres desnudos, y los arrojaron por encima de las murallas para que los devoraran los perros. «La muerte de Anás», explica Josefo, «fue el principio de la destrucción de la ciudad.>> Finalmente, cargados de botín y satisfecha su sed de sangre, los idumeos abandonaron Jerusalén que quedaba así bajo el dominio de un nuevo cabecilla, Juan de Giscala.
Aunque los romanos no estaban demasiado lejos, Juan dio rienda suelta a sus galileos y zelotes para que disfrutaran del botín conseguido, y la Santa Casa se convirtió en una casa de depravación. Algunos de los seguidores de Juan perdieron pronto la fe depositada en el tirano, desertaron y se unieron a un joven guerrero llamado Simón ben Giora, el poder en alza en el exterior de la ciudad, «no tan astuto como Juan, pero que le superaba en resistencia y valor». Simón «era un terror mayor para el pueblo que los propios romanos». Los jerosolimitanos, imaginando que así podrían salvarse de un tirano, invitaron a un segundo tirano, Simón ben Giora, que al cabo de poco tiempo ya ocupaba la mayor parte de la ciudad. Sin embargo, Juan todavía conservaba el Templo. Los zelotes se rebelaron contra él, se apoderaron de la zona más interior del Templo y así, en palabras de Tácito, «había tres capitanes con otros tantos ejércitos>> combatiendo entre ellos por una sola ciudad, pese a que los romanos estaban cada vez más cerca. Cuando la vecina Jericó cayó ante Vespasiano, las tres facciones judías dejaron de luchar entre ellas y se dedicaron a fortalecer las defensas de Jerusalén, cavando trincheras y reforzando la tercera muralla de Herodes Agripa I en el norte. Vespasiano empezó a preparar el sitio de Jerusalén, pero entonces, de repente, detuvo los preparativos.
Roma había perdido su cabeza visible. El 9 de junio del año 68, Nerón, acosado por las rebeliones, se suicidó pronunciando las siguientes palabras: <<¡Qué gran artista pierde el mundo con mi muerte!». Roma aclamó y derrocó a tres emperadores en rápida sucesión, al mismo tiempo que tres falsos Nerones se alzaban y se desvanecían en las provincias, como si uno solo y auténtico no hubiera sido ya bastante. Finalmente, las legiones de Judea y Egipto aclamaron a Vespasiano como su emperador. El nuevo emperador se dirigió a Roma pasando por Alejandría, y su hijo Tito, al mando de sesenta mil soldados, avanzó hacia la Ciudad Santa, consciente de que su dinastía dependía del destino de Jerusalén.
Texto de “Jerusalén, La Biografía” – Simón Sebag Montefiore
