lunes, 25 de mayo de 2026
Emperador Trajano (52-117 DC)

El campamento de la Décima Legión, acuartelada en Jerusalén, estaba instalado en lo que en la actualidad es el barrio armenio, cerca de las tres torres de la ciudadela de Herodes; la base de la última de estas torres, la torre Hípico, todavía se conserva en la actualidad. Las tejas y ladrillos romanos, siempre grabados con el emblema antijudío, el cerdo, se han encontrado por toda la ciudad. Jerusalén no había quedado completamente desierta, sino que había sido colonizada por excombatientes sirios y griegos que, por tradición, odiaban a los judíos. Este paisaje desértico y lunar de grandes rocas amontonadas debía sin duda de tener un aspecto fantasmagórico. Ahora bien, es posible que los judíos no hubieran perdido la esperanza de poder reconstruir el Templo, como ya había ocurrido antes en otra ocasión.

Vespasiano le permitió al rabino Yohanan ben Zakkai, aquel que había huido de Jerusalén oculto en un ataúd, que enseñara la Ley en Yavne (Jamnia), en la costa mediterránea, y no expulsó formalmente a los judíos de Jerusalén. Es más, es muy probable que muchos de los judíos más ricos se unieran a los romanos, igual que habían hecho Josefo y Herodes Agripa. No obstante, no se les permitía el acceso al monte del Templo, y los peregrinos mostraron su amargo dolor por el Templo rezando junto a la tumba de Zacarías, en el valle de Kidron. Algunos de ellos confiaban en que el Apocalipsis restauraría el reino de Dios, pero para Ben Zakkai, la ciudad desaparecida adquirió un misticismo inmaterial. Cuando visitó sus ruinas, su pupilo exclamó: «¡Ay de nosotros!». «No te lamentes», replicó el rabino (según el Talmud, compilado varios siglos más tarde), «tenemos otra expiación, actos de amor benevolente.» Y aunque nadie en aquel momento cayó en la cuenta, se trataba del principio del judaísmo moderno, sin el Templo.

Los cristianos judíos, dirigidos por Simón, hijo de Cleofás, el hermanastro o el primo de Jesús, regresaron a Jerusalén donde empezaron a venerar la sala del Cenáculo, en lo que hoy es el monte Sión. Bajo el edificio actual hay una sinagoga, construida posiblemente con los cascotes del Templo de Herodes. Sin embargo, un número cada vez mayor de cristianos gentiles de todo el Mediterráneo no veneraban ya a la Jerusalén terrenal. La derrota de los judíos les apartó para siempre de la religión madre, y les demostró la veracidad de las profecías de Jesús y la existencia de una nueva revelación. Jerusalén no era más que la desolación de una religión fracasada. El libro del Apocalipsis sustituyó el Templo por Cristo, el cordero de Dios. En los Últimos Días, Jerusalén, dorada y engalanada, descendería de los cielos

Estas sectas debían actuar con cautela: los romanos mantenían la guardia ante cualquier indicio de monarquía mesiánica. El sucesor de Tito, su hermano Domiciano, mantuvo el impuesto antijudío y persiguió a los cristianos, un modo de reunir apoyos para su inestable régimen. Tras su asesinato, el pacífico y anciano emperador Nerva suavizó la represión y abolió el impuesto judío, pero era un falso amanecer. Nerva, que no tenía hijos, nombró heredero a su general más distinguido, Trajano, un hombre duro, alto, atlético, el emperador ideal, tal vez el más grande de los emperadores desde Augusto, pero un hombre que, no obstante, se veía a sí mismo como un conquistador de nuevas tierras y restaurador de los antiguos valores, malas noticias para los cristianos, y peores aún para los judíos. En el año 106 ordenó la crucifixión de Simón, el obispo de los cristianos en Jerusalén, porque Simón, igual que Jesús, afirmaba ser descendiente del rey David. Con él terminó la dinastía de Jesús.

Trajano, orgulloso de la fama alcanzada por su padre luchando contra los judíos bajo el mando de Tito, restableció el fiscus judaicus. Asimismo, adorador del heroico Alejandro, invadió Partia y expandió la hegemonía de Roma hasta Iraq, donde vivían los judíos babilonios, quienes, durante los combates, solicitaron sin duda la ayuda de sus hermanos romanos. Mientras Trajano avanzaba hacia el interior de Iraq, los judíos de África, Egipto y Chipre, capitaneados por «reyes» rebeldes posiblemente coordinados por los judíos de Partia, masacraron a miles de romanos y griegos, venganza al fin.

Trajano, temiendo ataques a traición de los judíos por la retaguardia y el ataque de los judíos babilonios en su avance hacia el interior de Iraq, <<estaba decidido, si podía, a destruir por completo esa nación». Ordenó matar a los judíos desde Egipto hasta Iraq, donde, escribiría el historiador Apiano, «Trajano está destruyendo por completo la raza judía». Ahora se consideraba que los judíos eran hostiles al imperio romano: «Consideran profano todo lo que nosotros tenemos por sagrado», escribió Tácito, <<mientras que permiten todo los que nosotros abominamos».

El nuevo gobernador de Siria, Elio Adriano, casado con la sobrina de Trajano, fue testigo del problema judío de Roma. Tras la muerte inesperada de Trajano sin dejar un heredero, su emperatriz anunció que en su lecho de muerte había adoptado un hijo, y que el nuevo emperador era Adriano, quien pergeñó una solución para acabar con el problema judío de una vez. Adriano sería un emperador extraordinario, uno de los constructores de Jerusalén y uno de los mayores monstruos de la historia judía.

 

Texto de “Jerusalén, La Biografía” – Simón Sebag Montefiore

 

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