
La ley N° 215 sancionada el 13 de agosto de 1867 disponía la ocupación por fuerzas del ejército hasta “la ribera del río Neuquén, desde su nacimiento en los Andes hasta su confluencia con el río Negro, y desde esta confluencia hasta la desembocadura del río Negro en el Océano Atlántico, estableciendo la línea en la margen septentrional del expresado río de la cordillera al mar” (art. 1°). Sobre esa margen debían formarse “establecimientos militares en el número y distancia que juzgue conveniente el Poder Ejecutivo para su completa seguridad” (art. 5º)1.
En las instrucciones que el ministro de Guerra y Marina, general Julio A. Roca, impartió al teniente coronel Napoleón Uriburu, encargado de ocupar la parte correspondiente a Neuquén en 1879, se establecía que llegado a ese río debía instalarse en “el paraje más conveniente para el desarrollo de una gran población, con buenos pastos, leña y una situación intermedia entre la cordillera de los Andes y la confluencia del Neuquén y el Limay”; debía “respetar y dar toda clase de garantías de la vida y propiedades a los habitantes o pobladores que encuentre en esos parajes y que acaten y se sometan a la autoridad nacional”, dándoles previo aviso.
El cacique principal de la zona norte de Neuquén era Purrán, jefe de los Picunches. Este cacique, al igual que otros de menor importancia del sur de Mendoza y norte de Neuquén, había firmado un tratado con el Gobierno Argentino el 11 de agosto de 1873 en el cual se repiten las acostumbradas cláusulas de paz, amistad, mutuas concesiones y seguridades; pero tenía una particularidad: el artículo primero decía que el Gobierno protegerá a los indios en el territorio que poseen hasta la margen derecha (sur) del Neuquén. Es necesario también mencionar que esos mismos caciques tenían firmados tratados similares con las autoridades chilenas y mantenían un activo intercambio comercial con el país vecino.
El 21 de abril de 1879 inició su marcha la IV División del ejército expedicionario a las órdenes del teniente coronel Napoleón Uriburu desde el fuerte San Martín (Mendoza) y el 5 de mayo llega a la confluencia del río Curileuvú con el Neuquén (donde está actualmente Chosmalal). Le pareció sitio adecuado para establecer un fuerte, sobre todo por su posición estratégica; el lugar ofrecía excelentes condiciones de defensa y era el punto por donde cruzaban los caminos hacia el sur de Mendoza y el que viene de la Pampa al país de los Picunches hacia Chile. Por todas esas circunstancias allí fue elevado el fuerte IV División, primera fundación argentina en territorio neuquino. No hay referencias explícitas en los informes sobre el izamiento de la bandera nacional; pero no cabe ninguna duda que fue en esa ocasión que llegó al lugar el pabellón azul y blanco.
Allí tenía que terminar el avance de Uriburu, según las instrucciones; debía, además, convocar a Purrán y demás caciques de la parte sur del río a un parlamento con el ministro de Guerra en Choele-Choel para arreglar un tratado con el Gobierno de la República y fijar el asentamiento de sus tribus. Purrán no contestó la invitación y, por el contrario, se supo que se había reunido con otros caciques con el objeto de resistir al ejército, en actitud abiertamente hostil. Ante esta situación, Uriburu convoca a los oficiales para conocer sus opiniones acerca de lo más conveniente que debía hacerse en vista de las “instrucciones” que fueron leídas. Los tenientes coroneles Rufino Ortega y Justo Aguilar opinaron que era necesario pasar el Neuquén y atacar a los indios.
El comandante Recabarren, en cambio, dijo que debía esperarse la contestación de Purrán, pues aún no había expirado el plazo que se le había dado; otros oficiales apoyaron esta opinión. Con lo cual Uriburu dio por concluido el acto disponiendo que al día siguiente se efectuaría otra reunión “a fin de considerar más detenidamente el partido que se debía tomar”.
Efectivamente, al día siguiente volvió a reunirse con sus oficiales. Fue interrogado un poblador que había llegado de Malbarco (un pequeño poblado situado río arriba ya cerca del límite con Chile) el cual informó que el cacique Udalman (hermano de Purrán) estaba reunido con otros caciques y que Se aprestaban para hostilizar las fuerzas del ejército, asegurando que este cacique y los que le seguían no se someterían y que se temía que darían malón a los vecinos de Malbarco. Con estas noticias y no habiéndose aun recibido respuesta de Purrán, el jefe militar consideró que debía decidirse si pasaría o no el Neuquén. Se tuvo también en cuenta que el lugar donde estaban acampados era pobre en pastos para las caballadas. Los tenientes coroneles Ortega y Aguilar opinaron que “ultrapasando lo dispuesto por el Excmo. Ministro de Guerra… se debía llevar a Purrán, Udalman y demás indios la ofensiva, pues estaba visto que de lo contrario no habría resultados satisfactorios, porque nuestras pequeñas guardias y caballadas todas estarían constantemente expuestas a una sorpresa de los indios, que era necesario evitar enviando expediciones a sus tolderías; que por tales motivos… era indispensable seguir cuanto antes adelante y atacar las tolderías”. Después de haber expuesto Uriburu “detenidamente que un movimiento de esta naturaleza respondía a los intereses y fines para los cuales se había puesto en movimiento todo el ejército de la República…fue unánimemente apoyado y resuelto el plan de vadear el Neuquén” para atacar a las tribus situadas en esa parte.
Dejó en el campamento 250 hombres al mando del teniente coronel Luis Tejedor, donde el 10 de mayo se iniciaron los trabajos de construcción del fuerte, y el día 12 el jefe de la IV División con el resto de su fuerza cruza el río y emprende la marcha hacia el sur. El 19 llegan al río Agrio y tienen el primer enfrentamiento con un grupo de indígenas mandados por Painé. Al publicar estas noticias el diario La Prensa expresa que exhibe con placer “a la consideración del país la victoria del Neuquén, la jornada feliz de Uriburu que ha llevado nuestra bandera y nuestras armas, adonde jamás había llegado a afianzar la soberanía nacional”.
Fragmento del libro “Patagonia azul y blanca”, de Clemente Dumrauf
