
El mundo y el Mundial siguen girando alrededor de Leo Messi. El rey infinito. El día que empezó con los dobletes de Kylian Mbappé y Erling Haaland acabó con un triplete monumental del argentino. Un grito al planeta de aquí estoy yo. Dentro de una semana cumplirá 39 años, pero todavía gobierna y golea partidos en una Copa del Mundo como un veinteañero. O, mejor dicho, mejor que cuando él tenía 20. En Qatar 2022 enterró todos sus viejos duelos y quebrantos con la selección, y el astro ordena cuándo y cómo inclina los partidos. Y si enfrente encuentra regalos, más todavía.
Después de tantas batallas y noches de gloria, la de este martes en Kansas City contra Argelia quedará en un lugar de honor en su inabarcable altar. Su exhibición fue clínica por el momento, los tantos y su forma de decidir un duelo que a Argentina no le resultó tan plácido como indicó el resultado. El meritorio pero tierno equipo africano se abrió por el centro de la defensa y Messi se cobró tres dianas en cuatro tiros a puerta.
Llegados a este punto, el diez no necesita de muchas estadísticas para reafirmar su poder, pero del estreno en Estados Unidos también se fue con otra pica en los registros: en su partido número 200 con Argentina, se convirtió en el primer jugador en disputar seis Mundiales (este miércoles lo debería conseguir también Cristiano Ronaldo con Portugal) y, sobre todo, igualó las 16 dianas en las Copas del Mundo del alemán Miroslav Klose. Por la tarde, Mbappé le había superado con su doblete a Senegal (14), pero el genio le replicó al instante ante la mirada desde la grada de Zinedine Zidane, que no asistió a la mejor velada de su hijo Luca, el portero de Argelia.

La iglesia albiceleste llegó en riadas al estadio de Kansas City, levantado en mitad del bosque y en medio de un atasco enorme. Casi todas las localidades eran suyas, aunque también quedaron algunas butacas vacías. Argelia había salido lozana, sin intención de levantar muros. Se plantó en medio campo y le miró a la cara a la campeona, sin miedos ni contemplaciones. A Chaibi le sobró un hombro para cantar el 0-1 después de una magnífica maniobra y pase de Ibrahima Maza, pero el VAR le cazó fuera de posición. A Argentina le costaba, hasta que De Paul encontró a Messi en el minuto 17 y la noche entró en otra dimensión.
El centrocampista, tan cuestionado en el universo de clubes, refugiado en el segundo escalón de la Liga estadounidense, sigue siendo una viga maestra en la selección. Su pase dio con su amigo inseparable, que inauguró el clínic. Encaró la portería desde la frontal, enfocó a Luca Zidane y su zurdazo dobló las manos del joven de la saga. ¿Cuántos goles ha metido desde esa media luna? Su balcón favorito.
El genio juega los partidos por su cuenta. Seguirlo sobre el campo es toda una experiencia. El encuentro va por un lado y él, por el suyo. Mientras todos no paran de correr, él se mueve a su ritmo. Pasea, pasea, pasea, como ausente, hasta que acelera y muerde. Una demostración de inteligencia táctica y sentido de la oportunidad para saber cuándo, dónde y cómo aparecer. Todo con sentido. A su alrededor, nadie duda de que es el centro del universo y él ejecuta en consecuencia.
Argelia acusó el golpe, pero no tardó mucho en volver a activarse con la pelota. No pareció sentirse intimidada, aunque siempre le faltó amenaza. Se fue del partido con cero tiros a portería. En todo caso, se mantenía de una pieza. No cabían muchos reproches para los africanos cuando se alcanzó la pausa.

El empuje argelino, con el pelotero Maza en el centro de las operaciones, obligó a la Albiceleste a dar un par de paso atrás y buscar las contras. No le sobraba nada a Argentina cuando Luca Zidane le abrió otra puerta a Messi. El error del portero resultó garrafal. Tiró Mac Allister desde la frontal, no blocó y su despeje dejó al argentino con la pelota lista para embocar. El fallo del portero reunió todo lo que no debe hacer un guardameta en esa clase de acción. Una condena para su equipo, que había sobrevivido al primer tanto de La Pulga y, aun sin grandes ocasiones, miraba de cerca a Dibu Martínez.
El meta dejó poco después una buena parada para evitar el tercero de Messi, pero no pudo con el siguiente intento del astro. Otro desde la frontal. Argelia, aun sin filo, hizo cosas bien en ataque, sin embargo, se abrió en canal por el medio de la zaga, una forma de suicidarse frente a la estrella albiceleste. Aquel fue el cierre del recital. Su talento es infinito, pero Scaloni sabe que debe proteger su motor con máximo cuidado y le ahorró los diez minutos finales. El genio había terminado el trabajo.
Fuente: El País
