
El Mundial se ha convertido en la tierra feliz de Leo Messi, el paraíso que tantas veces lo rechazó. Quién lo hubiera adivinado hace solo cinco años, después de tantos desencantos con la selección. El estadio imponente de Dallas despidió en trance al héroe, el rey absoluto de lo que va de torneo. A punto de arrancar la hoja de los 39 años, su fútbol resulta conmovedor, pura emoción en los estertores de una carrera única. La ciudad que asistió a la muerte futbolística de Maradona con la Albiceleste en el Mundial 94 contempló ayer contra Austria otra exhibición única del genio. La Copa del Mundo vive estos días en el centro de Estados Unidos momentos que ya forman parte de la historia del campeonato, pase lo que pase de aquí al largo camino de la final.
Su impacto sobre los partidos es absoluto, pero, si se atiende a la estadística, la cita lo situó como el máximo goleador de la historia de los Mundiales, con 18 tantos, ya dos por encima del alemán Miroslav Klose. Por detrás viene Kylian Mbappé (14 al término del partido de Argentina), aunque el leopardo francés deberá darse mucha prisa para atajar al mito argentino, cuyas actuaciones en este Mundial trascienden los registros y las cifras.
El fútbol gira a su alrededor y el planeta asiste con el corazón en la mano al despliegue del genio. No hay nada que ocurra en Argentina que no pase o no tenga que ver con Messi mientras los rivales se entregan a su estrella. Los cinco goles de la Albiceleste en el campeonato son suyos.
La victoria colocó a su equipo ya en dieciseisavos y lo acerca al primer puesto. España sigue con lupa lo que ocurra en este rincón del cuadro porque los primeros cruces son entre ambos grupos y a las dos les conviene mantenerse todavía lejos. Sobre todo, a la Roja de este Messi desatado y pletórico que cerró la función con el 2-0 en medio del delirio de la masa. Messi y solo Messi.

La diana final la festejó poseído, al contrario que la primera. La del récord fue un grito más que una celebración. Hubo más rabia que festejo en el rosarino. Había necesitado cuatro ocasiones claras para poner en ventaja a Argentina y, sobre todo, superar el récord de Klose. El genio llevaba una primera parte frustrado. Nada más empezar, había fallado un penalti, y por mucho. El VAR tuvo que alertar al colegiado de que a Lautaro Martínez le habían hecho un sándwich entre Xaver Schlager y el enmascarado Posch. El diez encaró los 11 metros y la mandó fuera por un buen palmo. Alexander Schlager le había adivinado, además, la dirección. Curiosamente, antes de alcanzar otro trocito de gloria, La Pulga se convirtió en el futbolista con más penaltis fallados (tres; contra Islandia en 2018, Polonia en 2022 y esta).
La acción que desembocó en la pena máxima había dejado una jugada relámpago de la Albiceleste al primer toque. Un ejemplo de lo mejor que podía hacer ante un rival que le iba a buscar, pero que se abría a sus espaldas. Messi encontró a Lautaro y a este lo arrollaron. Argentina no oculta, ni pretende, que respira por cada poro de su estrella, y el accidente lo sumergió en la incomodidad. Perdió velocidad de balón y Austria, sin amenazar en serio a Dibu Martínez, la atacaba. En todo caso, las pisadas más claras dentro del área siguieron correspondiendo a Argentina. A Messi, claro, al que Alaba le negó dos veces. En una se la sacó por detrás cuando iba a apuntillar al meta y en la segunda le bloqueó un disparo que iba dentro. Así que el 1-0 cayó con fórceps. La jugada la arrancó Leo, por supuesto, y encontró un facilitador imprescindible en Thiago Almada, que primero abrió a la banda y luego la dejó pasar entre las piernas para que el astro se desahogara.
Argentina se había propuesto amasar la pelota para responder al juego vertical austriaco. Y a eso se entregó con empeño desde el alivio del 1-0. A Enzo Fernández, Mac Allister, De Paul y Almada les sobra pie para tocar, tocar y tocar, hasta que dan la aceleración de Messi. Por momento, el monólogo fue absoluto. El trasteo con el balón podía resultar, a veces, insustancial y otras, dañino. Pero siempre efectivo para desactivar la electricidad de los europeos.

Julián Álvarez volvió a sustituir a Lautaro, porque ha avisado Scaloni de que es muy difícil que ambos puedan convivir en el campo por cuestiones de equilibrio. Messi tiene licencia para correr cuando considere y eso exige una adaptación del resto, así que dos nueves se le antojan demasiados al seleccionador en circunstancias normales. Alaba, segundo partido como titular, también se retiró a la hora porque sus articulaciones tienen unas hipotecas.
El encuentro entró en una fase larga de indefinición. Argentina tocaba sin mucho filo mientras Austria no le encontraba las vueltas al mediodía americano. Parecía que todos seguían esperando a Messi. No acertó Nico González y a Arnautovic se le fue la última ocasión de una Austria que se había diluido. Y sí, regresó el genio a escena para poner boca abajo el Mundial. Su Mundial. Una leyenda eterna.
Fuente: El País
