Los omaguacas o humahuacas (omaguaca en aymara significa “agua sagrada” (oma=agua y guaca=lugar sagrado) y Umaguaca en quechua, significa “uma=”cabeza” y guaca “lugar sagrado”), eran un conjunto de pueblos indígenas cuyos descendientes mixogenizados habitan la zona de Tilcara y Humahuaca en la provincia argentina de Jujuy, principalmente en la Quebrada de Humahuaca.
Durante el período pre-hispánico, la región omaguaca o humahuaca comprendía la vasta zona comprendida entre los afluentes y ríos de las cuencas de los ríos Grande, Lavayén y San Francisco (en la provincia de Jujuy), el Zenta, Iruya y Bermejo (en la provincia de Salta) y el Tarija y el Bermejo (en el departamento de Tarija, en Bolivia) y coincidía con la denominada “cultura humahuaca). La ubicación estratégica de los “Omaguacas” (en la Quebrada de Humahuaca”), hizo de los omaguacas un pueblo militarmente preparado.
Construyeron importantes fortificaciones de piedra, desde los cuales combatían utilizando arcos, flechas, mazas de piedra y boleadoras. Tanto incas como españoles experimentaron en su momento la resistencia omaguaca.
Recordemos que como los territorios que habitaban eran de paso obligado de caravanas y migraciones, recibieron todo tipo de influencias, incluyendo la del Imperio Inca, que en el siglo XIV, aliado con a los “aimaráes”, invadió los territorios omaguacas y se asentó en las estratégicas ciudades omaguacas, como Tilcara (por este motivo todo lo que ha llegado de ellos hasta nuestros días está fuertemente influenciado por la cultura quechua).
Más tarde, cuando llegaron los españoles, debieron defender vigorosamente su territorio, pues como estos eran el obligado paso hacia el rico imperio incaico y las presuntas riquezas que allí aguardaban a quien las deseara, los españoles pugnaron insistentemente por poseerlos. Bravos guerreros, se dice que sus rivales les tenían pánico, ya que cortaban las cabezas de sus enemigos y las colocaban como adorno y advertencia.
Fueron famosas en aquellas circunstancias, las embestidas que los “omaguacas” bajo el mando del “curaca” de Purmamamarca”, VILTIPO, llevaron contra ellos.
Eran de baja estatura (no superaban el metro sesenta), fornidos y de piel oscura. Vestían camisas que llegaban a las rodillas en los hombres y llegaba al tobillo en las mujeres.
Se abrigaban con ponchos y mantas tejidos con lana de vicuña o llama, teñidos con vivos colores y adornados con dibujos geométricos y atados a la cintura con cinturones de cuero. Calzaban ojotas, hechas con cuero crudo de llama, que ataban con tientos del mismo material.
Usaban como adornos, collares, anillos, brazaletes y pectorales, hechos en metal o en lapislázuli y malaquita. Se han encontrado instrumentos musicales, como flautas, cornetas y cascabeles. A pesar de sus semejanzas con los diaguitas, tenían características culturales propias.
Las diferentes parcialidades estaban a cargo de un cacique y todas ellas a su vez respondían al cacique general de los omaguacas. El cacique además de ser el jefe político – militar, también tenía carácter religioso.
La deformación ritual era una costumbre generalizada y consideraban que la deformación del cráneo era propicia a los dioses y que los jerarquizaba y los embellecía.
Para ello, especialmente a las niñas, desde pequeñas, se las sometían a una cruel y progresiva presión con maderas sobre los huesos frontal y occipital, hasta lograr un cráneo tipo “tabular oblicuo”. Eran sedentarios y avezados agricultores.
Como sus vecinos, los diaguitas y los calchaquíes, labraba en las laderas de las montañas, unas terrazas que les permitían hacer sus cultivos, especialmente de papa, de maíz y de quinoa, que regaban por medio de canales hábilmente diseñados para evitar el derrame y la consiguiente y perjudicial erosión de la tierra.
Muestra de la preocupación que tenían acerca de esta cuestión, es que roturaban la tierra con un arado puntual y manual de madera, llamado “chakitaklia”, mediante el cual, con un simple golpe sobre la tierra y dándole una inclinación correcta, lograban una exitosa siembra de las semillas, conservando intacto el resto del suelo.
Cazaban y criaban domésticamente llamas, guanacos y avestruces, para aprovechar, además de su carne, los cueros, la lana y las plumas que utilizaban para hacer sus vestidos y sus adornos. Complementaban su dieta alimenticia, recolectando algarroba y moliendo los granos en morteros de piedra para hacer harina.
Construían sus viviendas en forma cuadrangular con piedras que tallaban para no usar argamasa y lograr un cierre perfecto. Sus techos, a un agua, eran de paja mezclada con barro.
No tenían ventanas y la única abertura era una estrecha puerta de entrada. Aunque se han encontrado algunos restos de esas viviendas en cercanías de los cultivos, se sabe que las construían agrupadas unas con otras, y que con los corrales para el ganado, el cementerio y una especie de salón comunal (quizás para las ceremonias), rodeaban con un muro de piedra.
Eran hábiles tejedores y alfareros. Conocían la cestería y producían una cerámica de inferior calidad, con piezas casi siempre pintadas con un fondo rojo con decoraciones en negro.
Aunque las formas eran mayormente pequeñas (cantaritos, ollitas y vasijas), elaboraban grandes cántaros de forma redonda y los llamados “vasos timbales” con reminiscencias de la cultura de Tihuanaco, profusamente decorados con caracteres geométricos.
Practicaban una metalurgia rudimentaria. Trabajaban el oro, la plata para hacer sus adornos y el cobre con el que hacían sus armas y algunos útiles de labranza.
Avezados comerciantes y poseedores de numerosos rebaños de llamas, transportaban sal que cambiaban por cerámicas del área diaguita y peruana y por mariscos que les llegaban del Pacífico.
Grandes consumidores de coca, ésta le era traída desde Bolivia y no sólo la consumían sino que para que lo acompañaran en su viaje final, colocaban hojas de coca junto a sus muertos, antes de proceder al enterramiento, generalmente hecho en el interior de las viviendas, aunque hubo enterramientos en urnas, pero sólo cuando se trataba de niños.
No hay registro concreto sobre la lengua de los omaguacas. Algunos autores sostienen era el “aymará”, otros una lengua afín a los “chicha” del sur de Bolivia, y hay quienes opinan que tenían una lengua particular. Lo que parece ser cierto es que grupos “mitimaes” introdujeron la lengua quechua entre ellos y poco después de la llegada de los españoles, la lengua original omaguaca, fue definitivamente reemplazada por ésta.
Fuente: Pueblos aborígenes de la argentina


