domingo, 9 de agosto de 2026

A principios del siglo XIX, hacia la época de la independencia, la mayor parte del actual territorio argentino estaba en manos de grupos aborígenes. En lo que hoy es Chaco, Formosa, Misiones, la mayor parte de la provincia de Buenos Aires y Mendoza, La Pampa, San Luis y toda el área de la Patagonia, vivían sociedades aborígenes que se habían configurado paralelamente al proceso de colonización.

Al igual que cualquier pueblo, estos grupos no se habían mantenido idénticos. Por el contrario, algunos habían tenido cambios muy importantes en su organización social, cultura y economía. Había seminómadas y sedentarios, pastores y agricultores, recolectores y cazadores. Muchos de ellos, además, practicaban la ganadería a gran escala, comerciaban entre sí y con los criollos y participaban en las guerras internas y externas que se libraban en el país.

Sin embargo, en general trataban de preservar su autonomía frente a los criollos y sus gobiernos. Habiendo sido perseguidos durante siglos, debían cuidarse de los blancos. Algunos, como los mapuches, rankulches y tehuelches poseían mucha habilidad para el manejo del caballo, que era una de las principales armas en la guerra (al igual que para los blancos). Esto, sumado a su conocimiento del terreno y el manejo del espacio, les daba una gran capacidad de movimiento y los hacía más difíciles de atacar. Así, el poder de algunos pueblos indígenas les permitía controlar su territorio, sin que los criollos se atrevieran a dominarlos.

La integración de los aborígenes a la Nación Argentina
Desde la etapa de la independencia se habían escuchado voces que, con distinto énfasis, abogaban por el reconocimiento de los pueblos indígenas.

Pero aunque la Asamblea del año 1813 había abolido el tributo, la encomienda y otras cargas que pesaban sobre los aborígenes, entre quienes gobernaban no había una única opinión respecto del papel que a estos les cabía en el proyecto nacional. A lo largo del siglo, muchos consideraron que no debían ser incorporados como ciudadanos, sino que eran solo un enemigo, un estorbo al que había que expulsar o matar. Otros –los menos– creyeron que era mejor y posible que los pueblos aborígenes tuvieran su lugar en la sociedad argentina y se integraran en pie de igualdad con los criollos. Entre las personas que propugnaban diferentes formas de integración de los aborígenes en el Estado argentino se encontraban, por ejemplo, Castelli, Belgrano, San Martín, Artigas y el coronel Pedro Andrés García. Aunque su visión del papel que los indígenas debían cumplir en el proyecto independentista estaba preñada de contradicciones, muchas propuestas eran novedosas: incluían desde la eliminación de las cargas coloniales y la realización de tratados duraderos, hasta la alianza político-militar y la instauración de una monarquía que restituyera la dinastía incaica como gobierno legítimo de las Provincias Unidas del Sur y el Alto Perú.

Por su parte, los pueblos aborígenes que estaban más en contacto con los criollos no mostraban voluntad de hacer la guerra sino cuando percibían que el gobierno no tenía intención de respetar los tratados o continuaba planes de exterminio u ocupación de su territorio. También era muy común que los gobiernos firmaran acuerdos de paz con algunos grupos cuando no tenían suficiente poder militar, y los rompieran apenas recuperaban su capacidad de ataque. En esta época, entonces, entre aborígenes y criollos había una mezcla de guerra permanente y paz precaria.

La actitud del hombre fuerte de Buenos Aires en el período de las guerras civiles e interprovinciales hacia el segundo cuarto de siglo, Juan Manuel de Rosas, es un ejemplo de esta conducta ambivalente.

Por un lado, sobre la base de su relación personal con algunos líderes y el prestigio que entre los aborígenes despertaba su figura, tejió pactos de amistad con varios grupos pampeanos. Sin embargo, fue también responsable de algunos de los episodios más trágicos que los tuvieron como víctimas. Entre estos cabe destacar la realización de la primera Campaña al Desierto, en 1833.

En esta vasta expedición militar, destinada a correr hacia el sur a los pueblos de las áreas pampeana, cuyana y patagónica, murieron miles de aborígenes. Realizada después de varios años de hostigamiento, es el primer paso firme en la estrategia oficial que desde entonces parece haber primado con respecto a los aborígenes: la guerra ofensiva, el exterminio. Años más tarde, el general Julio Argentino Roca evocará este antecedente para justificar su proyecto de conquista, que se consumaría con la llamada Conquista del Desierto:

«A mi juicio, el mejor sistema para concluir con los indios, ya sea extinguiéndolos o arrojándolos al otro lado del Río Negro, es el de la guerra ofensiva que fue seguida por Rosas, que casi concluyó con ellos…».

 

Fuente: www.educ.ar

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