Los combates que se narran a continuación corresponden a los tres últimos de la Campaña del Desierto. Los dos más conocidos, Apeleg y Genoa, en la abundante bibliografía que los aborda generalmente se los confunde, describiéndolos como si fueran uno sólo, o bien se cataloga al de Apeleg como “el último”, cuando en realidad fue el penúltimo.
En cuanto al combate del Senguer, el anteúltimo, fue abordado de forma superficial en contadas ocasiones. Finalmente, la información sobre la toma de prisioneros en el valle de Choiquenilahue es inédita.
“Combate de Apeleg”, suroeste del Chubut
El 9 de febrero de 1883, al frente de doscientos cincuenta soldados y setenta indígenas amigos, el Jefe de la Tercera Brigada, Teniente Coronel Nicolás Palacios, se puso en marcha desde las costas del Nahuel Huapi, en dirección al Territorio del Chubut. Iban tras las tribus manzaneras de Sayhueque, Inacayal, Foyel, Nahuel y otros; algunos de los últimos guerreros indígenas que aún se resistían a perder sus territorios y su libertad. Sayhueque, el jefe supremo de los manzaneros había sido derrotado poco tiempo antes. Pese a que fue aliado del Gobierno argentino, el Ejército lo expulsó de su tierra, de la rica región del “País de las Manzanas”, en el lago Nahuel Huapi.
Tras marchar durante varios días, en los que sólo encontraron rastros de viejos campamentos indígenas, las tropas se establecieron en lo que hoy es Nueva Lubecka, paraje situado al suroeste del Chubut. En la parte alta de una elevación, sobre el filo de una meseta, entre el arroyo Shaman y otro sin nombre, erigieron un fortín.
El 22 de febrero, mientras la brigada descansaba, Palacios dispuso que saliera una comisión a cargo del Capitán Adolfo Drury, compuesta por veinticinco hombres, de los cuales diez eran indígenas amigos, con el fin de bolear guanacos pues comenzaban a escasear las provisiones. La comisión partió con rumbo al oeste, internándose en una meseta surcada por varios arroyos que nacían en la Precordillera de los Andes. Cabalgaron durante varias horas siguiendo las rastrilladas del suelo
A media tarde, a 35 kilómetros del fortín, alcanzaron el ingreso al valle precordillerano del arroyo Apeleg, flanqueado en la margen sur por abruptos picos aserrados de la sierra del Gato y en la margen norte por elevadas faldas escalonadas con acantilados de lava. Hacia el interior del valle detectaron una fogata. Era el campamento de los manzaneros que estaban persiguiendo. También, en las inmediaciones se encontraba establecida una toldería compuesta por varias tribus tehuelches que casualmente acampaban en el valle cuando arribaron los manzaneros. Los caciques tehuelches eran “Gunelto”, una especie de capitán para la guerra, y Maniqueque. Las tolderías de los manzaneros estaban dispuestas en forma circular en un perímetro de dos hectáreas. En el centro pastaban los caballos. Los toldos estaban ocupados por 1400 personas, de las que 400 eran guerreros.
El Capitán Drury ordenó que los hombres se alistaran para el combate. Abrieron fuego y luego, al galope, arremetieron contra los toldos. El desbande fue general; los guerreros indígenas montaron sus caballos y se dispersaron por los alrededores. Los soldados se apoderaron de parte de la chusma, es decir, de mujeres, viejos y niños. Los tehuelches, que tenían su campamento cerca de la toldería de los manzaneros, en un primer momento se escondieron tras unas barrancas del arroyo Apeleg para librarse de la refriega. Pero al ver que parte de su gente fue tomada prisionera, respondieron al ataque con una fuerte descarga de fusilería. A la par, los lanceros manzaneros lograron reagruparse y contraatacaron. Los soldados se vieron obligados a abandonar a los prisioneros y a replegarse a la cima de un cerro para protegerse.
El Capitán Drury y cuatro de sus hombres fueron rodea- dos por catorce manzaneros. Aunque los soldados lograron contener a los lanceros, varios resultaron heridos.
Drury ordenó a uno de sus hombres que fuera hasta el fortín para solicitar refuerzos. El chasque, un indígena mestizo llamado José Torres, que había sido herido con una lanza y golpeado en la cabeza con una boleadora, ató una larga soga de cuero al cuello de su caballo y salió al galope. Ni bien emergió de su refugio, le llovió una descarga de boleadoras, las que se engancharon en la soga que había colocado con ese propósito. Apenas se alejó, la cortó para alivianar peso, pues se habían acumulado tantas que le dificultaban la marcha.
Una hora después, el caballo de Torres se empantanó al cruzar un arroyo que corría al pie de una loma. Al mismo tiempo, de la cima emergieron varios hombres que corrían hacia él. Cuando ya se creía perdido, vio que eran soldados. Luego dio parte de lo sucedido a sus superiores. De inmediato, el Teniente Coronel Palacios ordenó ensillar los caballos para ir en socorro de sus hombres.
Tras galopar durante dos horas, Palacios llegó al campo de batalla y dividió sus fuerzas en tres columnas con el fin de rodear y dispersar a los indígenas. Una de las columnas partió tras unos manzaneros que intentaron refugiarse en lo alto de las montañas de la margen norte del valle. Varios de los manzaneros repelieron el ataque disparándoles desde la cima con armas de fuego.
Mientras tanto, la infantería atacó las tolderías del valle. Los soldados de esa columna debieron enfrentar a las mujeres, que se defendieron armadas con tijeras de esquila.
Al alcanzar la margen sur del valle, el Comandante de la tercera columna mandó cesar la persecución. Los indígenas se habían dispersado por completo. Según un parte escrito por el Teniente Eduardo Oliveros, los indígenas sufrieron de cuarenta a cincuenta bajas y un número mayor de heridos. Las tropas del Ejército, además, se apoderaron de trescientos caballos y ye- guas, ochocientas vacas y mil cincuenta ovejas.
De la primera columna atacante, murió un soldado y cuatro fueron heridos. El Capitán Drury recibió un bolazo en la espalda, y fue salvado por el mestizo de indígena Claudio Bustos al alzarlo a caballo cuando lo estaban rodeando para matarlo.
Tras el combate, la Brigada retornó al cuartel general en el Nahuel Huapi, llevando la hacienda obtenida.
Libro “La colonización del oeste de la Patagonia central”, de Alejandro Aguado

