sábado, 15 de agosto de 2026

En la epidemia de fiebre amarilla en la Buenos Aires de 1871, 160 médicos se quedaron en la ciudad y no daban abasto con la cantidad de enfermos. De ellos, trece entregaron sus vidas. La entrega de estos hombres demostró que la medicina adquiere su máxima dimensión, más allá del juramento hipocrático, allí donde el médico no solo cura, sino que ofrece su propia vida en el altar de la solidaridad humana.

Consagrar la vida al servicio de la humanidad, plasmado en el espíritu del juramento hipocrático fue lo que hicieron aquellos hombres asistiendo a los enfermos graves, que irremediablemente morían en aquellos trágicos días de la epidemia de fiebre amarilla que azoló a la ciudad de Buenos Aires en 1871.

Los enormes esfuerzos en la lucha por vencer esta enfermedad llenan capítulos dramáticos en la historia de la medicina.

Los primeros conocimientos de esta enfermedad en América datan de los siglos XVIII y XIX, cuando puertos tropicales y subtropicales fueron asolados por epidemias que se extendieron a lugares tan lejanos como Boston y Filadelfia. Algunos países europeos como Inglaterra, España, Italia y Francia sufrieron epidemias al mismo tiempo.

La enfermedad ingresó en América con los barcos traficantes de esclavos provenientes de África, del golfo de Guinea. Esclavos y mosquitos vectores trasmisores viajaban en los mismos.

No obstante, estudios realizados en la selva virgen de Brasil, encontraron focos endémicos de la enfermedad donde nunca penetró el hombre. Otros focos en América se localizaron en las Guyanas, Venezuela, Colombia, Ecuador, Bolivia y Perú.

No se conocía la causa de la fiebre amarilla, vómito negro, como se la conocía en su momento, ni de ninguna otra enfermedad infecciosa.

Las investigaciones de Luis Pasteur, químico y microbiólogo francés, demostró en sus estudios en la segunda mitad del siglo XIX, que los microorganismos eran causantes de las enfermedades infecciosas. Roberto Koch, médico y microbiólogo alemán, detectó el bacilo de la tuberculosis en 1882 y el doctor Carlos Finlay, médico y epidemiólogo cubano, descubrió y demostró en 1881 que el mosquito Aedes aegypti, era el vector trasmisor de la fiebre amarilla.

Recordemos que, finalizada la guerra de la Triple Alianza, los soldados heridos que regresaban a las provincias argentinas, muchos ya enfermos, se considera fueron las causas de transmisión de la epidemia. Paraguay quedó devastada, empobrecida y hundida en el hambre. Además, en Brasil la enfermedad era endémica.

Tres años antes, una epidemia de cólera había afectado en Buenos Aires a unos 5.000 habitantes.

Ante la ignorancia y desconocimiento de la enfermedad, se pensaba que los inmigrantes italianos eran los responsables de la epidemia por las condiciones sociales y sobrepoblación en los conventillos. Muchas familias decidieron regresar a Italia.

La epidemia que castigó la ciudad de Buenos Aires estuvo precedida por una más leve en Corrientes. Las condiciones higiénico-sanitarias, la falta de agua potable y condiciones sociales agravadas por el crecimiento poblacional más la inmigración europea fueron factores determinantes. La contaminación del Riachuelo por los deshechos de los saladeros y de los vecinos y los conventillos atiborrados de personas viviendo en condiciones deplorables facilitaron la diseminación de la enfermedad.

En pocos meses la mortalidad alcanzó al 8% sobre una población de unos 200.000 habitantes. Esta velocidad en las defunciones hizo colapsar hospitales y cementerios. En estos, los cadáveres llegaban en carros, mateos y la locomotora La Porteña a través de una línea de unos 6 kilómetros de tendido que se construyó en tiempo récord. Los fallecidos envueltos en sábanas o telas de arpillera se apilaban en las esquinas y en las afueras de los cementerios.

El presidente Sarmiento, su vice Alsina, el gabinete, el Congreso en pleno, la Justicia y el gobernador Emilio Castro abandonaron Buenos Aires. Las familias pudientes abandonaban sus viviendas desplazándose hacia el norte de Buenos Aires o al campo.

No faltaron los robos y estafas, falsificando testamentos y escrituras por abogados y escribanos, escriturando propiedades abandonadas por familias que se alejaban de la ciudad.

En el acmé de la epidemia, a fines de marzo, fallecían hasta unas 500 personas por día. De 292 curas fallecieron 67. Los 160 médicos que se quedaron en la ciudad no daban abasto con la cantidad de enfermos. De ellos, trece entregaron sus vidas cumpliendo con su deber más allá del juramento hipocrático: Guillermo Zapiola, Manuel Argerich, Francisco Javier Muñiz, Adolfo Argerich. Caupolicán Molina, José Pereyra Lucena, Manuel Gregorio Argerich, Ventura Bosch, Vicente Ruiz Moreno, Francisco Riva, Aurelio French, Zenón del Arca y Sinforoso del Carmen Amoedo. Hospitales, plazas y calles, perpetúan su memoria.

La epidemia dejó una marca en la evolución de la ciudad y el país a nivel demográfico, social y cultural.

La entrega de estos hombres demostró que la medicina adquiere su máxima dimensión, más allá del juramento hipocrático, allí donde el médico no solo cura, sino que ofrece su propia vida en el altar de la solidaridad humana.

 

Por Amado Oscar Juan, médico e historiador, para Los Andes

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