Instalados en las parcelas, bajo el techo de la casa colónica llegaba la hora de producir. Las condiciones marcaban que había que trabajar y cultivar personalmente, sin espacio para la intermediación y menos para la especulación. En un año la mitad debía estar cultivada, y al segundo, cuando finalizaba el periodo de gratuidad, debía estar cultivada la totalidad.
La planificación contemplaba la asistencia pecuniaria y técnica. Para lo primero se creó una Cooperativa Colónica Regina Alvear de la que cada colono formaba parte por la adquisición de la parcela, que implicaba disponer de un crédito mensual de sesenta pesos que podía efectivizarse en mercaderías, herramientas, semillas o ganado. Así accedían a dos tipos de crédito: de asistencia o de plantación en el vivero donde disponían de las plantas para sus parcelas.
Por la misma época varias cuadrillas de obreros, principalmente solteros, abrían los canales de riego secundarios y terciarios que se desprendían del recién construido Canal Grande, en su último tramo desde Ingeniero Huergo a Chichinales. El milagro se transformaba en terrenal: tierra en tránsito a ser propiedad, asistencia crediticia, escuela pública para los niños, el tren que acortaba la distancia con las ciudades del norte.
Las primeras semillas fueron de alfalfa, esa leguminosa que al parecer viene del Medio Oriente y que fuera en la antigüedad el alimento principal de los caballos de las tropas de Persia. Fue el primer paso de la producción agrícola por los rápidos y excelentes resultados obtenidos, servía para alimentar el ganado y a su vez nutrir la tierra para otros cultivos o las plantas frutales. Se obtenían dos cortes anuales, había demanda y se comercializaba en fardos principalmente en la Provincia de Buenos Aires.
La alfalfa requería labores permanentes, se cortaba con una guadañadora tirada por dos caballos, se amontonaba y recogía con rastrillos y con horquillas se hacían las parvas. Una tarea para la familia completa: padre, esposa y todos los hijos que comenzaba al amanecer. También funcionaba un servicio de trilladoras que venía de otros lados. Curiosamente, a un siglo de esta primera etapa de alfalfa y luego de haber sido suplantada por la potencia y calidad de los frutales y viñas, la alfalfa vuelve a ser considerada como alternativa rentable y exportable, con nuevas variedades, máquinas de cortado, prensa y disecado que llegan al extremo de cuatro cortes al año.
El cultivo de la vid arrancó con fuerza, visto las experiencias de las colonias vecinas del Valle. Primero se apuntó a variedades aptas para hacer vino pensando en el consumo familiar y luego se pasó a la fabricación para la venta con las primeras bodegas durante el año 1929. Como prima hermana de esta actividad surgió, a partir del orujo y las semillas sobrantes del vino, a fabricar grapa en forma clandestina porque estaba prohibido. La posibilidad de hacerse de unos primeros pesos convirtió a cada chacarero en pequeño emprendedor, y algunos algo más que eso porque superaban los quinientos litros.
Una actividad que se sumó fue la horticultura, produciendo para la venta todas las verduras que se podían y que consumía la creciente población. Todos recuerdan la nube de tierra que precedía a una esforzada productora de verduras que se arrimaba al pueblo con su caballo y una rastra para vender sus acelgas, lechugas, zapallos, cebollas, tomates.
La producción abrió la puerta a la industria y las palmas se la lleva la industria tomatera qué por iniciativa de un empresario italiano, Francisco Bagliani puso en marcha la primera agroindustria del Alto Valle. La crisis de 1929 lo trajo a la Argentina y llegó a Regina con capital, maquinarias y semillas que posibilitaron la instalación de la fábrica de extracto de tomate. La fábrica se construyó en el ejido urbano, en el extremo este, llegó a trabajar en dos turnos de mujeres y dos de hombres, una emblemática torre salida de sus calderas, se veía desde lejos con sus cuarenta y tres metros de altura.
Finalmente, a los siete u ocho años del arribo de los primeros colonos comenzaron a producirse las manzanas y peras, casi en paralelo con la crisis económica mundial iniciada en 1929. Fue determinante la experiencia de las colonias más antiguas de Cinco Saltos y Cipolletti, especialmente la Estación Agronómica en la primera de estas ciudades que brindaba asesoramiento y apoyo técnico. En esta parte del Alto Valle los capitales ingleses vinculados al Ferrocarril Sud financiaban el empaque, el transporte y la comercialización, accediendo a una parte sustancial del excedente que generaba el conjunto de la actividad que generaba el conjunto de la actividad.
En esta época se inicia el ciclo virtuoso de la fruticultura que no dejaría de crecer por casi tres décadas, culminando en una gran capacidad exportadora. Los ingleses crearon una empresa subsidiaria de Ferrocarriles del Sud, que fue la Argentine Fruits Distributors (AFD). Que instaló tres plantas, una de ellas en Regina en los terrenos del Ferrocarril.
Se capacitaron los operarios dictando los cursos de las etapas que requería el empaque: descartadores, tamañadores y embaladores. Por un lado, ingresaba la fruta y al final del proceso, en cajones que también fabricaban allí, salían hacia los vagones del tren. Llegó a acaparar más de tres cuartos de la producción, introdujo los cajones cosecheros y la clasificación de la futa por tamaño. El descarte volvía a los chacareros, y de allí a alimentar los animales.
El sistema no estaba exento de alguna perversidad que transparentaba la desigualdad de las partes intervinientes en el proceso, siendo el eslabón más débil el productor. Se consignaba el producto, es decir se entregaba sin ninguna contraprestación inmediata y sin precio fijado, ni indicativo. De esta manera una vez deducidos los gastos ocasionados para el empaque, enfriado, transporte, comercialización y ganancia de la empresa, se llegaba a una liquidación al final del año a la que además había que restarle los adelantos parciales. No es muy difícil la conclusión: ningún riesgo para el empresario, todos eran asumidos por el chacarero.
Con una década de dura experiencia en la comercialización, en la que la consignación lindaba en abuso, los productores comenzaron a defenderse y agruparse, dando forma a las Cooperativas o Grupos. Así nacieron La Reginense y La Graava viniendo luego media docena más que asumían directamente la comercialización, y con los años terminaron exportando sin intermediarios.
La potencialidad productora alentó la aparición de industrias relacionadas al rubro como los aserraderos, la fabricación de implementos agrícolas, metalúrgicas y tornerías, que luego desembocaron con los años en la fabricación de maquinaria pesada como las motoniveladoras de CRYBSA, quien asociada a la Fiat – Allis hicieron pata ancha en el mercado nacional. No se puede dejar de mencionar a Domingo Colletti que fundó la fábrica CRYBSA a partir de la sociedad inicial Colletti, Rivero y Busarello. Un elogio similar merece Bartolo Pazin que inspiró y construyó máquinas pulverizadoras Pazima que abastecieron todo el Valle. Y en el rubro producción e industria de frutas sobresale Antonio Pirri, cuya historia y trayectoria como impulsor de Moño Azul merecería un libro aparte.
Fragmento del libro “Río de los Sauces”, de Horacio Massaccesi

