
Muy pronto se pudo comprobar que los tan ponderados viajes científicos de los ingleses, no tenían por fin solamente incrementar los conocimientos, sino que apuntaban a algo más práctico. Apenas un año después de la publicación de la Narración de los viajes de la Beagle y Adventure, el 30 de junio de 1840 G. I. Whitington, uno de los socios de la Falkland Islands Assotiation, inicia trámites ante el gobierno inglés para obtener autorización de extender sus actividades a la parte continental. La situación reinante entonces en el Río de la Plata, en la que tenía participación directa Gran Bretaña, impidió que por el momento prosperara la iniciativa.
Solucionados los problemas con Inglaterra en 1849 Whitington vuelve a desempolvar su proyecto, apremiado porque otro conciudadano suyo, P. L. Simonds, había presentado uno similar. Como Whitington quiere obrar sobre bases seguras, solicita a su Gobierno le informe sobre si la autoridad del gobernador de Buenos Aires se extendía más allá del río Negro. El canciller inglés, que no quería crearse un nuevo problema con la Confederación, dio largas al asunto contestando con evasivas que no conformaron a Whitington, quien terminó pidiendo se le contestase en forma clara si “el Gobierno Británico reconoce, sí o no, la pretensión del Gobierno de la República Argentina que la Patagonia, desde el río Negro hasta el cabo de Hornos, le pertenece”; y si ha admitido alguna vez o parece que admitiera tal hecho, respecto al todo o cualquier parte de la costa oriental de la Patagonia”.
Palmerston, cuyos conocimientos sobre el tema no debían ser muy precisos, o porque no quería comprometerse, solicitó entonces al representante de su Gobierno ante la Confederación, Enrique Southern “que intente verificar cuál es la extensión hacia el sur y el estrecho de Magallanes y Patagonia meridional, sobre la cual las pretensiones de Buenos Aires o sus actuales autoridades puede inferirse que alcanzan; y, en su opinión, cuál sería la actitud que adoptaría el gobierno de Rosas, acerca de cualquier proyecto para Establecer una colonia inglesa, así fuese bajo la soberanía británica o no, en la Patagonia”.
A su tiempo llegó la respuesta confidencial de Southern: “El Gobierno Argentino pretende la soberanía de todo el territorio al sur de Buenos Aires hasta el cabo de Hornos, y mira con el mayor recelo aún los establecimientos temporáneos que se fijan ocasionalmente en dichas costas por los pescadores de lobos y recolectores de guano”. Adjunta dos extractos de los mensajes de Rosas a la Legislatura de los años 1848 y 1849 respectivamente, donde denuncia esta actividad clandestina de los británicos. Concluye Southern expresando: “Con respecto a cualquier proyecto para establecer una colonia británica en la Patagonia del Sur, sin estar bajo la soberanía inglesa, mejor dicho bajo la soberanía de la Confederación, no es imposible, pues si se emprende con tino y habilidad, el plan puede llevarse a cabo con la sanción y protección el gobierno. Nadie, sin embargo, puede decir con certeza cómo será recibida tal proposición por el actual gobierno de esa parte de América”.
Salta a la vista que la actitud de Rosas no inspiraba suficiente confianza y tal vez sería más conveniente esperar a que otro estuviese calentando el horno, cambio que se estaba preparando. El 7 de julio de 1852 -cinco meses después de Caseros- Luis Vernet, socio de Whitington, hizo llegar al Foreing Office una propuesta sobre la posibilidad de un establecimiento inglés en la Patagonia para la explotación del guano.
Sobre la base de los lineamientos señaladas por Soutern, que conocía muy bien el ambiente político de Buenos Aires, Enrique Líbanus será uno de los principales propulsores de la ocupación de los territorios situados al sur del río Negro para asegurar su posesión, explotar los recursos naturales y encontrar una comunicación más fácil y directa al Pacifico siguiendo el curso del rio Chubut.
Fragmento del libro “Patagonia, tierra de hombres”, de Clemente Dumrauf
