
Los imperios que intentaron dominar a los diaguitas tenían objetivos diferentes. Los españoles querían mucho más que los incas: pretendían apropiarse de los metales –oro, plata– y piedras preciosas de los pueblos que invadían, recibir tributos mucho mayores y usar a la población como mano de obra en trabajos muy pesados. Muchas veces trasladaban a grupos de trabajadores o poblaciones enteras a lugares muy alejados de su residencia y desarticulaban familias y comunidades. Además, querían imponerles sus leyes, su religión y su cultura y obligarlos a abandonar las propias. Finalmente, los conquistadores pretendían apropiarse de las tierras y convertir a los pueblos vencidos en súbditos del rey de España.
Para lograr sus objetivos, los españoles se lanzaron a la conquista de los pueblos originarios. En primer lugar, dominaron a los dos grandes imperios que existían en América cuando la invadieron: el imperio azteca y el imperio inca. Entre 1519 y 1522, los hombres liderados por Hernán Cortés conquistaron a los aztecas. Poco tiempo después, entre 1531 y 1533, un reducido ejército de españoles conducido por Francisco Pizarro hizo sucumbir al gran imperio de los incas, que extendía su dominio por la franja andina, desde el Ecuador hasta Chile. Después de dominar al imperio incaico, los españoles siguieron camino hacia el sur.
Guamán Poma de Ayala, un cronista indígena –hijo de una mujer inca y un español– registró la conquista del imperio inca y la dominación española a través de textos e ilustraciones.

¿QUÉ HICIERON LOS DIAGUITAS PARA RESISTIR A LOS ESPAÑOLES?
En una primera etapa, los españoles intentaron establecerse en los Valles Calchaquíes fundando ciudades. Como en otras regiones de América, buscaban minas de oro o plata. Pero además tenían otro interés. En sus primeras expediciones habían visto que los valles estaban habitados por miles de personas: querían someterlos a su servicio y utilizarlos como mano de obra.
Cuando los españoles fundaban una ciudad en territorio diaguita, los pueblos que estaban cerca la hostigaban: cortaban los arroyos que abastecían de agua a sus pobladores, incendiaban sus casas, los atacaban con flechas o piedras… En definitiva, obligaban a los españoles a abandonar la ciudad. Así sucedió con la ciudad de Barco, la primera ciudad española fundada en 1549. Tres intentos hicieron los españoles en diferentes lugares de los valles y tres veces los guerreros diaguitas los obligaron a abandonar la ciudad. Barco I, Barco II y Barco III fueron destruidas. La cuarta vez que la fundaron la ciudad logró persistir, pero fuera de los valles. Más tarde la llamaron Santiago del Estero.
Años después, los españoles intentaron nuevamente instalarse en territorios diaguitas y fundaron otras tres ciudades. Fue entonces cuando Juan Calchaquí, cacique de los tolombones, convocó a los jefes de otros pueblos diaguitas a unirse para enfrentar al invasor.
Pasarse la flecha…
Cuando un jefe diaguita buscaba aliados para la guerra enviaba a los jefes de otros pueblos un mensajero con una flecha. Al entrar a cada pueblo, el mensajero se presentaba al curaca y se la ofrecía. Este tenía que pensar bien lo que hacía, porque si agarraba la flecha significaba que estaba de acuerdo en unirse a los otros para hacer la guerra, y si la rechazaba quería decir que se mantenía al margen (…) Nadie podía obligarlo; cada pueblo era independiente y tenía derecho a tomar sus propias decisiones.
Muchos jefes aceptaron la flecha de Juan Calchaquí. Así se formó una gran confederación que reunió a varios miles de guerreros que asediaron a las ciudades españolas hasta que fueron abandonadas. Ninguna ciudad quedó en pie en territorio diaguita. Los investigadores llaman “Primera gran rebelión” (1560-1563) a estas acciones comandadas por Juan Calchaquí. Los Valles Calchaquíes se llaman así en su honor.
Adaptado de: Roxana Boixados y Miguel A. Palermo, Los diaguitas, Los libros del Quirquincho, Colección La otra historia, Buenos Aires,
