El primer riego por canal es a partir del Canal de los Milicos o Roca y lo efectúa Martín Guerrico, un marino de vasta trayectoria que así le informa al General Lorenzo Vintter el 3 de septiembre de 1879, asentado en el paraje Fisque Menuco (hoy General Roca): tengo una buena noticia que darle y ésta es que con pocos hombres se puede llevar la acequia que Ud quiere a su pueblo de General Roca. Se iniciaba así el regadío de General Roca hasta el ejido que hoy está cercano a Fernández Oro. Esas obras se terminan en 1886, se fraccionan lotes de cien hectáreas a 2.50 pesos cada una.
Por sugerencia del Presidente Roca se contrata al técnico sanjuanino Hilarión Furque que incorporó agricultores sanjuaninos, algunos ex presidiarios denominados “destinados”. La bocatoma del Canal estaba cinco mil metros aguas arriba de la Confluencia, sobre el Río Neuquén y luego de 42 kilómetros arribaba a General Roca.
El primer riego lo hace el padre Alejandro Stefenelli, un salesiano de Trento que había estado en Patagones y con 24 años se instala en Roca. Construyó una noria con tachos de cinco litros adquiridos en Buenos Aires. Años más tarde compra un motor a vapor y una bomba de diez pulgadas que la transporta desde Patagones en carreta, 25 bueyes, los obreros necesarios para la travesía y que luego de 27 días arriba a Roca.
Otro antecedente del riego previo a la presencia de Cipolletti es el canal La Lucinda que se construye en 1901, un par de años más tarde que la llegada del ferrocarril. Lo hace el General Manuel Fernández Oro, utilizando arado y pala arrastrada por bueyes, tenía 12 metros en el fondo, 16 en la superficie y se calculaba un espesor del agua entre un metro y sesenta centímetros. El agua comienza a circular en 1903. Este fue un emprendimiento privado en función de las tierras que Fernández Oro recibió por su participación en la Campaña del Desierto, y que adquieren mayor valor por la llegada del Ferrocarril. Debe su nombre a Lucinda Larrosa, esposa del militar.
El tremendo potencial de los ríos encontró en el ferrocarril un socio y complemento de lujo. Esta conjunción fue determinante para los proyectos de mediano y largo plazo más el respaldo de capitales dispuestos a invertir que pusieron a la región en la mira del país primero, y más tarde del mundo. No se debe soslayar la clara visión y coraje cívico de quienes tomaron las trascendentales decisiones políticas en un país que solo parecía tener ojos para el Río de la Plata.
El conflicto con Chile con que lidiaba la segunda presidencia de Roca. Prolongar los rieles hacia la frontera trasandina e instalar cuarteles y asentamientos militares a lo largo de la misma se convirtió en una cuestión de defensa estratégica. Es así como se finaliza el tramo Bahía Blanca – Neuquén que se inaugura un 31 de mayo de 1899, con el Presidente Roca al frente de la comitiva que por la creciente del río no puede avanzar más allá de Julián Romero, lo que obliga a improvisar el acto oficial en Chimpay.
La llegada del tren a Neuquén provoca el traslado de la Capital de ese Territorio que estaba en Chos Malal al actual emplazamiento, tarea que estuvo a cargo del Gobernador Bouquet Roldan.
Las demandas presupuestarias ponen en pausa el inicio de las obras que aconsejaba el trabajo de Cesar Cipolletti y su Comisión que consistía en dominar los efectos de las crecientes e incorporar el riego a las zonas aptas.
La circunstancia hace que Cipolletti decida regresar a Roma, donde lo aguardaba el desafío de la canalización del río Tíber. Había estado un poco más de una década de un país en plena efervescencia, casi se podría decir en medio de dolores de parto, dando muestras ya de sus tremendas contradicciones. Exultante desde lo económico, peligrosamente despoblado, con valiosos recursos por donde se lo mirara y carente de infraestructura. Con volatibilidad política paralizante: Revolución del Parque, las luchas intestinas de Juárez Celman, Mitre, Roca, Alsina, Alem; las intervenciones a las provincias, las fuerzas armadas nacionales reprimiendo a los gobiernos provinciales, el conflicto con Chile. Se fue también con una sensación contradictoria: alegría por retornar a su amada Roma y por otro lado el presentimiento de que no volvería más a esta tierra que lo había atrapado para siempre, grado de felicidad que alcanzaba a su familia. Su cuarto hijo, Emilio, era mendocino, e Ilda Grossi, su esposa, no dejaba de expresar lo que amaba a esta tierra que se desdibujaba en el horizonte, recordando a cada rato lo que extrañaba a Mendoza.
Luego de los avatares de su aventura americana Cipolletti retoma su estilo de vida académico y profesional, muy adecuado a los sesenta años que se aproximaban a su existencia. Recoge lauros y distinciones por sus trabajos en Argentina, y mantiene vivos sus lazos con aquellos que lo acompañaron en sus tareas de dominar ríos, construir embalses y abrir canales. El Rey Victorio Manuel III visita en 1906 dieciocho años después de construidas las obras del Canal Viloresi, y le concede a su autor César Cipolletti el título de Comendador de la Orden de los Santos Mauricio y Lázaro. Se convierte en interlocutor y embajador oficioso de los argentinos que arribaban a Roma, y un promotor de las bondades y futuro del país.
Fragmento del libro “Río de los Sauces”, de Horacio Massaccesi

