
hallazgo inesperado de oro provocó que cientos de buscadores se desparramaran por la Tierra del Fuego y las demás islas y canales del archipiélago magallánico, en pos del deseado mineral. El contacto de los mineros con los pueblos originarios será extremadamente violento y muy nocivo para los nativos. Los primeros indicios de la presencia del preciado metal en la zona habían aparecido en la expedición del chileno Serrano Montaner por la isla en 1879, aunque la verdadera fiebre del oro se desató tras el naufragio del Arctique en cabo Vírgenes en septiembre de 1884, lo que permitió el descubrimiento de oro aluvial en la playa. Dos años después, el aventurero rumano Julius Popper arribó a la bahía de San Sebastián provisto de un ambicioso proyecto para la extracción del mineral. Su empresa contaba con el apoyo de destacadas y poderosas personalidades de Buenos Aires, entre ellas el abogado Joaquín María Cullen y el escritor Lucio Fidel López, que fueron los que intercedieron para que el rumano obtuviera la autorización para su viaje de manos del propio ministro del Interior, Bernardo de Irigoyen. A partir de entonces, Popper armó un pequeño ejército de mercenarios fieles y decididos con el que aspiraba tomar posesión de la Tierra del Fuego en nombre de la reina Carmen Sylva de Rumanía. Como era de esperar, sus hombres no tardaron en mantener violentos encuentros con los selk’nam a los que abatían con facilidad gracias a sus modernos rifles de repetición. Popper se retrató en el lugar de una de sus matanzas, con los cadáveres de al menos dos selk’nam a su alrededor, como el cazador que exhibe su trofeo. En otra de las espeluznantes fotografías saquean y queman una tienda de los indígenas, mientras el resto de los hombres sigue disparando a los que intentan huir. El propio Popper narró en una conferencia impartida en Buenos Aires en el Instituto Geográfico Argentino el desigual combate: “al instante, bajamos de los caballos y respondimos con nuestros Winchester al ataque de los indios. Mientras nosotros tirábamos, los indígenas se echaban cuerpo a tierra, pero apenas cesados nuestros disparos escuchábamos de nuevo el silbido de las flechas. Poco a poco, llegamos a colocarnos de lado del viento, lo que obligó a los indios a retirarse puesto que la flecha lanzada contra el viento no puede ocasionar un gran daño. Esta vez, dos indios quedaron muertos sobre el terreno” (Popper, 1887: 48).
En noviembre de 1886 el explorador argentino Ramón Lista desembarcaba en Tierra del Fuego con veinticinco soldados, acompañado del sacerdote Giuseppe Fagnano y del médico Polidoro Segers. En las cercanías de la bahía de San Sebastián el grupo de exploradores se enfrentará violentamente a los selk’nam, provocando una carnicería entre los indígenas, con veintiocho muertos y trece prisioneros, la mayoría mujeres y niños. La crueldad de los militares argentinos originó la protesta de Fagnano, sin éxito, puesto que unas semanas después todavía matarán a dos nativos más en las cercanías del cabo Peñas (Del Valle, 1900: 112).
También Segers, el cirujano belga, se lamentó amargamente de las muertes inútiles y de la crueldad exagerada de los militares argentinos, aunque no dudará en secuestrar él mismo poco después a un matrimonio haush, que se llevó de regreso a Buenos Aires para emplearlos en el servicio doméstico en un claro ejemplo de adopción forzada de servidumbre.
Las matanzas continuarán casi sin descanso, ahora en el lado chileno de la isla. En las cercanías de la bahía Gente Grande, en esas mismas fechas, iniciaba la explotación ovina la sociedad de capital británico Wehrhahn y Cía, que había obtenido allí del gobierno de Chile la concesión de 123.000 hectáreas. Inmediatamente, los selk’nam comenzaron a cazar algunas ovejas para alimentarse, lo que por supuesto no fue bien visto por los ganaderos. En 1887, un grupo de indígenas roba un pequeño rebaño de ovejas pero son descubiertos por los vigilantes de la estancia. Tras quebrarles las patas, los selk’nam se desperdigan por el bosque con la intención de regresar después. El administrador decidió entonces inyectar estricnina en las ovejas moribundas, lo que provocó inmediatamente la muerte de los animales. Al día siguiente, hombres, mujeres y niños acudieron a alimentarse de los animales, muriendo medio centenar de ellos tras una atroz agonía (De Agostini 2005. 312). Con respecto a la estancia Gente Grande, la primera instalada en territorio selk’nam por los europeos en 1884, el reverendo Thomas Bridges certifica la matanza al escribir que “los onas han destruido a menudo los rebaños de ovejas de esta granja con sus perros. Algunos indios fueron muertos en varias excursiones hechas por los colonos para echarlos […] no tienen ninguna oportunidad de éxito contra los colonos a caballo, armados con fusiles de repetición”. Los ataques a las majadas de ovejas se producen como consecuencia de la imposibilidad por parte de los selk’nam de encontrar su alimento tradicional, el guanaco, expulsado del territorio precisamente por los propietarios de los rebaños. Así lo reconoce el propio gobernador de Magallanes, Manuel Señoret, que sin embargo no dudó en convertirse tiempo después, a solicitud de los ricos estancieros, en uno de los principales cazadores de indios: “el guanaco pululaba antes en toda la isla. Ahora, con la ocupación por las estancias de las pampas próximas al mar se ha retirado a las ásperas serranías del interior, dificultándose su caza a los indígenas” (Señoret, 1896: 20).
Fragmento del libro “Menéndez, rey de la Patagonia”, de José Luis Alonso Marchante
