domingo, 6 de septiembre de 2026
La crisis de la economía mundial generó desocupación y pobreza.

La década de 1920 fue verdaderamente de oro para la industria norteamericana. Se producían desde películas, discos y cosméticos hasta automóviles. La ola de prosperidad parecía no tener límites, a pesar de lo cual la caída de la Bolsa de Nueva York en octubre de 1929 puso un dramático final a ese resurgimiento del optimismo colectivo.

Para la Argentina las dificultades habían empezado antes de esa fecha, con el retiro de capitales norteamericanos que preferían invertir en su país donde obtenían mayores ganancias. Por tal razón y por el deterioro del comercio exterior, de 1928 a 1930 los recursos del gobierno argentino disminuyeron sin que la administración achicara sus gastos; más bien los aumentó en un 22%, afirma Ricardo Ortiz. A partir de entonces, más que soluciones para la crisis se buscaron paliativos con la esperanza de que la mala racha pasaría pronto: se suprimió la convertibilidad del peso moneda papel/oro y se contrataron un par de empréstitos.

Por otra parte, como había bajado el valor de las exportaciones agropecuarias, se necesitaban más productos para poder pagar el servicio de la deuda. A esto se sumó la mala cosecha de 1929. El gobierno, comprometido con sus electores, no estaba en condiciones de ahorrar, rebajar salarios o echar gente a la calle.

A raíz de la crisis, el país tenía ahora una tasa de desocupación estimada en el 28% de la fuerza laboral. El deterioro de los precios agrícolas fundió a numerosos arrendatarios que se marcharon a la ciudad sin que por esto mejorara su situación. Los braceros que se conchababan para la cosecha se quedaron sin trabajo. Así surgieron las primeras villas miseria y las ollas populares en la zona del puerto de Buenos Aires.

Bajó el consumo; el de entretenimientos, para poner un ejemplo, pasó de 30 millones anuales de asistentes a teatros, cines y circos en 1928, a 19 millones en 1932. Pese a todo, en cierto modo la Argentina seguía siendo privilegiada, pues su producto bruto interno cayó 13,7 puntos, mientras los de Estados Unidos y Canadá retrocedían alrededor de 29 puntos, sumiendo a la sociedad en un estado de ansiedad y confusión y con millones de desocupados.

La oposición civil se moviliza

Entre tanto arreciaban las críticas al gobierno por ineficiencia y lentitud. Alguna razón había, a juzgar por el cuadro que hace del presidente Yrigoyen el intelectual norteamericano Waldo Frank en 1930:

“Aquí está otra vez, sentado a su vieja mesa presidencial, ya pasada de moda. No sabe qué hacer. Y como no sabe qué hacer, no hace nada… Su mano blanca tiembla sobre la ringla de papeles. Desconfía de las decisiones del Congreso y no firma ni un proyecto de ley; desconfía de los informes de sus ministros y no los lee; (…) Lo atacan los diarios más serios: La Nación, La Prensa, Crítica. Se inquieta la hacienda pública y en las casas ricas y en los cafés el descontento se levanta contra él. El ejército gruñe y hasta el cuerpo estudiantil entero, cansado ya de soportar líricamente un gesto excelente, que ya no es ni gesto, puesto que ha fallado en la acción, se le vuelve también❞.

Los ataques contra el gobierno provenían de distintos frentes. Uno de ellos era el Partido Socialista Independiente, fundado en 1927 por Antonio de Tomaso, Federico Pinedo y Héctor González Iramain, a partir de una escisión del Partido Socialista que entonces tenía en Nicolás Repetto a su figura más representativa. El PSI, apoyado por el diario Crítica, ganó los comicios de la Capital en 1930. Segundos quedaron los socialistas, mientras los candidatos radicales, en sólo dos años de gobierno, fueron relegados al tercer puesto.

Entre las más graves cuestiones políticas que se abordaron en esta presidencia, estuvo la situación de las provincias de Mendoza y San Juan, donde eran mayoría el lencinismo y el bloquismo, partidos de origen radical enemistados con Yrigoyen, cuya acción era vista como la del porteñismo invasor. Los jefes de dichos partidos, Carlos Washington Lencinas y Federico Cantoni, debían incorporarse al Senado. Contaban con una mayoría de votos indiscutible, pero los yrigoyenistas se oponían. Pretextaban, explica Celso Rodrí guez, que las elecciones de 1928 habían sido un plebiscito “y que, como tal no debía prevalecer nada que contrariara la voluntad de la mayoría”.

La situación se agravó con el asesinato del “gauchito” Lencinas, ultimado en una plaza de Mendoza en una suerte de “muerte anunciada”, cuando volvía a la provincia a rendir cuentas a la Justicia que lo acusaba de casos de corrupción. El crimen contribuyó a deteriorar a Yrigoyen; era una expresión más del clima de intolerancia que se estaba adueñando de la vida política.

Escribe Roberto Giusti que en 1930 “la mayoría oficialista superó su obstinada prepotencia del período anterior, cerrando todos los caminos de la legalidad”. Cuarenta y cuatro legisladores de la oposición dieron a conocer un manifiesto en agosto, reclamando la “vuelta a la Constitución”, supuestamente conculcada por el gobierno.

“Los estudiantes universitarios fueron el otro polo donde fermentó la revolución”, afirma Horacio Sanguinetti. Su presencia activa proporcionó el clima de revuelta popular que necesitaba la conspiración militar. El socialista Alfredo L. Palacios, decano de la Facultad de Derecho de Buenos Aires, reclamó la renuncia del presidente.

“La juventud universitaria apoyará cualquier movimiento tendiente a derrocar al actual gobierno, siempre que se vea claro un amplio horizonte y mejoramiento social y no dictaduras de juntas civiles y militares que no harían sino llevarnos a la peor de las ruinas”, afirmó en un acto público el doctor Carlos Sánchez Viamonte, pocos días antes del golpe. Sin embargo, los socialistas retrocedieron al darse cuenta de que se acercaba un golpe militar de corte fascista. Inundaron la ciudad con carteles que decían “¡Máquina atrás!” pero ya era tarde para torcer el rumbo de los acontecimientos.

 

Texto de ”La Argentina – Historias del País y de su gente” – María Sáenz Quesada

 

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