domingo, 20 de septiembre de 2026

Jack era un perro propiedad de mi vecino Luján Barrientos, pero cuando lo dejaba salir de su casa se venía a la mía y, lógicamente, se hizo habitué de ir a la playa conmigo y disfrutar, parado en la proa, de las navegaciones.

En una oportunidad, en 1974, me contrató “Palito” Ortega para trasladarlo junto a sus acompañantes, hasta la lobería que está cercana a Madryn, donde realizarían una filmación. Cuando decidimos partir me dijo que no podía llevar a mi fiel perro Pastor Alemán, Jack. Yo estaba acostumbrado a llevarlo casi siempre abordo. Lamentablemente tuve que desistir esta vez porque ese viaje me iba a dejar buena plata. Jack se quedó triste, sin entender, ladrando en la costa. Yo no lo quería mirar mientras navegábamos.

El mar estaba planchado, eso favoreció, a pesar de ir bastante cargado, para llegar sin problema a la lobería. Después de casi dos horas que estábamos fondeados cerca de la costa, Palito decidió cambiar el fondeo para terminar la filmación, en ese instante apareció sobre las rocas Jack. No podía creer que hubiera venido corriendo por la costa desde Madryn; habíamos salido frente al Hostal del Rey. No lo consulté con nadie, tenía el ancla levantada y puse en marcha el motor y enfilé hacia la orilla; lo subí bajo miradas compasivas y sonrisas de aceptación de todos, “Palito” mudo, y Jack, como siempre, volvió parado en la proa.

Con Bruno y Pino Nicoletti nos contrataron para realizar una batimetría porque que era intención de la provincia fondear cerca de la punta del muelle Piedra Buena un pontón de 200 metros. El trabajo duró una semana. Al tercer día, no sé cómo percibió nuestra ubicación, apareció Jack en el muelle, yo estaba en el agua, cuando escuchó mi voz se tiró desde arriba. Al caer al agua creí que se mataba. Por suerte estaba cerca la lancha con la que estábamos trabajando y con Bruno lo pudimos subir.

Cuando salía a trabajar con la lancha a lugares cercanos a Madryn lo llevaba parado en la proa, su lugar preferido. De lo contrario cuando no lo podía llevar, al regresar me esperaba en la costa y entonces se subía para dar un paseo, aunque sea corto, con eso era suficiente para dejarlo contento. Luego de sacar sobre el tráiler la lancha se subía en el capot del jeep mientras hacíamos el trayecto hasta mi casa. Éramos inseparables.

Pero un día, que regresaba de realizar un trabajo en Pirámide, donde había estado durante una semana, al llegar a mi casa me extrañó no verlo en el patio y menos en la cocina. Antes que pudiera preguntar por Jack, mi esposa entristecida, me dijo que alguien había atropellado a Jack y había muerto. No podía creerlo, se me aflojó todo el cuerpo. Lo lloré toda esa noche, sin poder dormir, me costaba convencerme. A la mañana siguiente, cuando me levanté, al llegar a la cocina y comprobar que no me estaba esperando, sentí que se me partía el corazón. Hasta hoy, cuando lo recuerdo, y pasaron muchos años, se me nubla la vista.

 

 

Texto de “El dueño del mar”, de Pancho Sanabra

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