
Desde la escuela primaria, el niño argentino aprende la historia de la pérdida de las islas Malvinas a manos de los ingleses. El hecho, ocurrido en 1833, cuando el territorio isleño estaba gobernado desde Buenos Aires, dio pie a una larga serie de reclamos, protestas formales y hasta ofertas de canjear las islas por la deuda externa, como lo hizo Juan Manuel de Rosas en su tiempo. El ejemplo de la toma de las Malvinas resulta el símbolo más simple y claro de los agravios infligidos a la soberanía nacional.
Así lo entendió el comando peronista encabezado por Dardo Cabo que en 1966 aterrizó en Puerto Stanley, capital de las “Falkland” en una “mini” invasión que fue mirada con simpatía en la Argentina. Pero en 1976 Dardo Cabo había muerto a manos de los militares. Sin embargo, su proyecto respecto de Malvinas tuvo una sorprendente continuidad.
El plan elaborado por la Armada consistía en presionar a los británicos para salir de una negociación diplomática que se arrastraba desde hacía años. En 1971 el gobierno argentino fue autorizado a mantener un servicio de vuelos a las islas, pero sin que se avanzara en materia de soberanía. Explica Virginia Gamba que una de las razones del interés de la Armada en el Operativo Malvinas era el deseo de ampliar la esfera de influencia argentina hacia la Antártida, elemento fundamental en su enfoque geopolítico.
Había que compensar el giro negativo de la mediación papal en el Beagle con un hecho brillante: una ocupación pacífica que no diera lugar a derramamiento de sangre ni a protestas de los británicos. Notas periodísticas publicadas en Buenos Aires en marzo del 82, adelantaban los detalles del Operativo Malvinas. Pero los ingleses no entendieron estas “señales de guerra”. La Junta había recabado la opinión del canciller. el doctor Nicanor “Canoro” Costa Méndez, un nacionalista “aggiornado”, ex ministro de Onganía. Costa Méndez consideró que la coyuntura internacional era favorable.
Quienes analizaban la estrategia a seguir partían de dos supuestos. Uno era que contarían con la protección estadounidense como retribución a la política anticomunista de la Junta, la cual colaboraba con los Estados Unidos en Centroamérica contra el gobierno izquierdista nicaragüense. Esto había permitido que se reanudara la asistencia de Washington a las Fuerzas Armadas argentinas, interrumpida por la administración Carter en 1977 debido a las denuncias sobre violaciones a los derechos humanos. Se creyó incluso que el secretario para Asuntos Latinoamericanos del presidente Reagan ofrecía a la Cancillería una suerte de “luz verde” en caso de invasión. El otro supuesto era que Londres no tenía verdadero interés en las Malvinas. De modo que en ningún caso se previó una reacción militar.
Un confuso incidente se produjo en marzo del 82 en las islas Georgias del Sur, donde hay una base militar británica. La presencia, con pretextos banales, de un destacamento argentino de infantería de Marina dio lugar a nerviosas gestiones diplomáticas, declaraciones y pedidos de informes en la Cámara de los Comunes de Londres.
Entre tanto la opinión argentina estaba pendiente de otras cuestiones. El salario había caído en un 25% como consecuencia de las duras medidas de ajuste adoptadas para frenar la inflación y la gente comenzaba a protestar con menos miedo. El 30 de marzo una manifestación convocada por el sindicalista Ubaldini y la CGT, que se dirigía a la Plaza de Mayo, fue reprimida por la policía. Hubo heridos, corridas y un clima de alta tensión, además de un muerto en los disturbios ocurridos en Mendoza.
Los acontecimientos se precipitaron. El 2 de abril se anunció en Buenos Aires que la Argentina había ocupado la capital de las islas Malvinas, rebautizada Puerto Argentino. La única víctima fatal del Operativo Rosario era un oficial de la Armada. El anuncio tuvo gran repercusión popular. Como en respuesta a un hecho largamente esperado, una multitud se movilizó en dirección a la Casa Rosada. El general Galtieri salió al balcón y saludó al pueblo.
La alegría era genuina. Doce ex cancilleres apoyaron la recuperación. El ex presidente Illia izó la bandera en una guarnición militar del interior donde se encontraba; políticos, gremialistas, artistas y deportistas viajaron en un vuelo charter para acompañar al general Mario Benjamín Menéndez, el gobernador argentino designado en las islas.
Algunos suponían que ,si la ocupación se resolvía en forma favorable al país, los militares, una vez cumplida su misión redentora, dejarían el poder a los civiles. Otros más pesimistas imaginaban lo contrario: el éxito llevaría al partido militar a quedarse o a condicionar a su gusto la sucesión. Pero otros observadores consideraban que la victoria argentina era imposible y que los militares habían firmado la sentencia de muerte del Proceso con una decisión estratégica errónea que era fruto de su aislamiento con relación al resto del mundo.
Texto de “Historias del País y de su gente” – María Sáenz Quezada
