
El golpe del 4 de mayo a la Royal Navy fue llevado a cabo por aviones pertenecientes a la Segunda Escuadrilla Aeronaval de ataque. Los aparatos no operaron desde el portaaviones, sino desde tierra: despegaron desde Río Grande, Tierra del Fuego, siendo reabastecidos en el aire.
Aunque se han distribuido y han circulado en distintas publicaciones nacionales y extranjeras supuestos esquemas del ataque, la verdad es que sus detalles técnicos no fueron revelados.
Teniendo en cuenta las características del sistema de armas empleado y los datos aportados por los británicos, así como trascendidos locales, se pueden reconstruir las circunstancias generales de la operación que de alguna manera vengo al Belgrano y conmovió a los estrategas navales.
Los Super Etendard se aproximaron en vuelo rasante. La difusión de las ondas de radar y la curvatura de la Tierra crean una “zona muerta” por donde, hasta cierta distancia, los aviones pueden acercarse sin ser detectados. El blanco era un “pez grande” iban tras el HMS Hermes, el buque insignia de Woodward, localizado por un avión Neptune de la Armada a 75 millas al sudeste de Puerto Argentino.
Al aproximarse, los aviones cobraron altura provocando el “posible contacto” que registró la pantalla de radar del Sheffield. Recuérdese que esta nave formaba en el piquete avanzado para proteger a la flota.
En las pantallas de los Super Etendard aparecieron dos ecos: uno mayor (tal vez el portaaviones) y otro más chico: el destructor del capitán Salt. Los pilotos argentinos “engancharon” sus misiles sobre esos ecos y los dispararon, emprendiendo enseguida la acción evasiva. Debemos tener en cuenta que a esa distancia el aviador no ve directamente el blanco atacado y sólo puede guiarse, para estimarlo, por las características del eco que produce el radar.
“¡Por Dios, es un misil!”

Sobre el puente del HMS Sheffield, el loto del helicóptero, teniente Brian oficial de guardia teniente Walpole, y el pi- Layshon, se contaron entre los testigos que avistaron primero un penacho de humo y luego al longilíneo Exocet zumbando hacia ellos por encima de las olas. Ambos oficiales tuvieron apenas tiempo de exclamar a coro: “¡Por Dios, es un misil!”. El capitán Salt testimonió luego a los corresponsales de guerra destacados en el Hermes que lo único que pudo hacerse fue dar la orden de “cubrirse”, a los tripulantes, antes de que el AM 39 impactara en el casco.
El proyectil llegó sobre la banda de estribor, a un metro y medio o dos sobre la línea de flotación; perforó sin dificultad el metal y penetró en la nave, estallando en su interior. La onda explosiva y el calor generado por la energía cinética fueron demoledores. La onda destructora se expandió hacia arriba y hacia afuera, alcanzando varias dependencias de la nave. El incendio del combustible restante del mismo misil empeoró las cosas.
Las salas de Operaciones, Control de Daños y Maquinaria, fueron puestas instantáneamente fuera de acción; el buque -como le había ocurrido al Belgrano poco antes— quedó sin energía para sus comunicaciones y para activar las bombas contra incendio. El fuego se propagó rápidamente, no obstante los tremendos esfuerzos de la tripulación por neutralizarlo. A las llamas se sumó una densa humareda, atribuida en parte al aceite de cocina alcanzado
por la deflagración. “En algunos casos los equipos de respiración que contenían aire comprimido estaban casi vacíos y los colchones de espuma de goma ardieron rápidamente y despidieron nubes de humo tóxico […] las tuberías estallaron y esparcieron incontrolablemente un fluido hidráulico que atizó el fuego, mientras que los uniformes que vestían los hombres a bordo, confeccionados con polyester, se derritieron sobre sus cuerpos [. . .] El corte de energía impidió la ventilación del barco, que se llenó en cuestión de segundos de un humo denso que no dejaba respirar [. . .] El humo impidió también que los miembros de la tripulación llegaran hasta el generador principal, en la parte delantera del buque, el que pudo haber suministrado energía para una de las bombas de agua contra incendios”. Esta misma fuente también cita el caso de dos marinos, a cargo de la sala de computadoras del buque, que perecieron intoxicados con monóxido de carbono.
El Sheffield fue alcanzado en centros vitales que controlaban las operaciones y los armamentos, y eso lo dejó totalmente fuera de combate. Los esfuerzos de Salt para salvarlo resultaron estériles. Tampoco se pudo auxiliar a los hombres atrapados en ese infierno de horribles llamaradas desatado bajo la cubierta.
Desde los dos portaaviones británicos se avistó el humo del incendio. Otras naves, como las fragatas Arrow y Yarmouth, acudieron a auxiliarlo. Pronto Woodward supo así de la primera baja importante en su flota. Curiosamente, se trataba de un buque al que estaba ligado en forma personal, pues había sido su comandante hasta 1978. Durante más de cuatro horas se trató de combatir el incendio, hasta que finalmente se ordenó el abandono del Sheffield, el que todavía permanecería varios días a flote.
En un principio se citó la cifra de 44 bajas (sobre 270 que tripulaban la nave el 4 de mayo), entre muertos, heridos y desaparecidos. Luego se proporcionó como dato oficial la cantidad de 20 muertos.
Con respeto al Sheffield, debe consignarse también otra versión. Es la que dio meses más tarde una publicación soviética, cuando afirmó que a bordo de ese destructor había armas atómicas, las que “hubieran sido empleadas contra la Argentina en caso necesario”. Los ingleses, que ya habían desmentido en abril la intención de emplear tales armas no convencionales en el conflicto austral, reiteraron su postura. Pero la existencia de ese armamento sería, en cambio, admitida en Londres, pues el periódico británico The Guardian informó, tiempo después, que varios de los buques de la Task Force portaban armas nucleares antisubmarinas (que no hubieran servido para un ataque al continente ni a las posiciones terrestres de las Malvinas) y que los esfuerzos por salvar al Sheffield -que terminó de ser hundido por los mismos ingleses el 7 de mayo- se debió a la tentativa de rescatar las cargas de profundidad nucleares, que esa nave llevaba como parte de su armamento.
La vulnerabilidad del Sheffield
Uno de los elementos que daba mayor seguridad a los británicos era la confianza en el sofisticado equipo antiaéreo de sus embarcaciones, protegidas por misiles dirigidos por radar y computadoras. Sin embargo, el ataque al Sheffield demostró enseguida la vulnerabilidad de este tipo de destructor ante un ataque aéreo. En ello se conjugan varios factores. En primer lugar, los marinos ingleses se enfrentaron con un sistema de armas tan sofisticado y eficiente como el propio, manejado además con suficiente pericia. En segundo lugar, la composición de esa escuadra está prevista para actuar en el marco de la OTAN, con el apoyo de los grandes portaaviones norteamericanos; los buques de la Royal Navy carecían de aparatos aéreos de alerta temprana, que permitieran interceptar a suficiente distancia un asalto como el del dúo Super Etendard-Exocet.
Por último, vale la pena señalar las propias características del destructor hundido. Sus defensas principales residían en los misiles Sea Dart, CF 299 de mediano alcance (unas 40 millas) pero diseñado para intercepción aérea a altitudes superiores a 2.000 pies (unos 600 metros) y no apto para acertar a un blanco como el Exocet o su avión lanzador.
El segundo misil
Hay coincidencia en las fuentes británicas y argentinas en que el 4 de mayo los aviones de la Segunda Escuadrilla de Ataque lanzaron dos proyectiles Exocet. El destino de uno de ellos ha sido ampliamente detallado y su fama dio la vuelta al mundo. ¿Y el otro? Aquí hay controversias y solamente pueden hacerse suposiciones. Según los británicos, el segundo Exocet se perdió en el mar, tal vez por haber sido lanzado a mayor distancia de la conveniente.
Los pilotos argentinos estaban seguros, por la eficacia del arma, que el segundo proyectil debió haber alcanzado al “pez mayor” que registraron las pantallas de radar. Las fuentes navales argentinas sostienen que después del ataque se comprobó una disminución de la actividad aérea británica (el mismo día se habían producido nuevos ataques sobre las Malvinas) y que ello podía ser consecuencia de las averías a alguno de los dos portaaviones. También conjeturan que la carga explosiva del AM 39, que es suficiente para dejar fuera de acción al Sheffield, no lo es para abatir a una embarcación mucho mayor. Pero sí para dañarla seriamente. Sin embargo, nada de ello ha
podido confirmarse. De cualquier manera, el ataque mayo resultó un éxito resonante. Aún restaban, en los arsenales argentinos, tres AM 39.
Texto de “Crónica documental de Las Malvinas”
