domingo, 18 de octubre de 2026
Juan Moreira en un retrato realizado poco antes de su muerte

Las elecciones se aproximaban y los Partidos armados hasta los dientes se preparaban a disputarse el triunfo de todas maneras, por la razón o la fuerza.

Los comicios se instalaron por fin con todas las formalidades del acto con la presencia del juez de paz, la partida de plaza y el comandante militar.

Moreira se colocó con su gente del lado que ocupaba el bando político al que se había afiliado. El paisano estaba vestido con un lujo provocativo. En épocas de elecciones abunda el dinero, y Moreira había empleado el que le dieron en el adorno de su soberbio overo bayo. Su tirador estaba cubierto de monedas de oro y plata, metales que se veían en todo el resto de sus lujosas prendas. En la parte delantera se veían, sujetos por el tirador, dos magníficos trabucos de bronce, regalo electoral, y los dos cañones que le regaló su compadre Giménez al salir de La Matanza. Atravesada a su espalda y sujeta al mismo tirador, se veía su daga, su terrible daga, bautizada ya de una manera tan sangrienta, y que asomaba la lujosa engastadura, siempre al alcance de la fuerte diestra. Llevaba una manta de vicuña arrollada al brazo izquierdo, con cuya mano hacía pintar al pingo, que se mostraba orgulloso del jinete que lo montaba. Estaba completamente sereno; sonreía a los amigos, chistaba al caballo como para calmar su inquietud y se daba vuelta de cuando en cuando para mirar al Cacique, que a las ancas del overo meneaba la cola alegremente como preguntando qué significaba todo aquel aparato.

Frente a él, del otro lado de la mesa y un poco más a la izquierda, estaba Leguizamón, metido en la fila de los suyos. La actitud del paisano era sombría y amenazadora; miraba a Moreira como lanzándole un reto de muerte y se acariciaba de vez en cuando la barba, con la mano derecha, de cuya muñeca pendía un ancho rebenque de lonja de cabo de plata.

Moreira permanecía como ajeno a todas aquellas maniobras, evitando que su mirada se encontrase con la de Leguizamón, “que ya se salía de la vaina”.

Por fin el acto electoral comenzó y los paisanos fueron acercándose uno por uno a la mesa de los comicios, depositando cada uno su voto y montando de nuevo a caballo para confundirse en las filas de donde habían salido.

Media hora hacía apenas que la elección había comenzado cuando Leguizamón, picando su caballo, se acercó a la mesa y, dando en ella un golpe con su rebenque, dijo que se estaba haciendo trampa contra su partido y que no estaba dispuesto a tolerarla. Y al decir estas palabras, Leguizamón no miraba a los escrutadores a quienes iban dirigidas, sino a Moreira, para quien envolvían una provocación que éste no quiso entender, permaneciendo tranquilo. Las palabras de Leguizamón conmovieron los ánimos tan poderosamente que ninguna de aquellas personas mandó al gaucho guardar silencio.

-¡He dicho que se nos está haciendo trampa! -añadió, creciendo en insolencia y han traído a aquel hombre para que ayude —y señaló a Moreira con el cabo del rebenque.

Moreira siguió guardando su aparente tranquilidad y con la infinita gracia replicó al gaucho:

-No es tiempo, amigo, de lucir la mona. Los “peludos” no tienen carta en las votaciones y no hay que faltar así al respeto de la gente.

Tan conmovidos estaban los paisanos que ni siquiera sonrieron ante este epigrama, que hizo poner pálido de furor a quien fue dirigido.

-¡Menos boca y al suelo! -gritó Leguizamón, desmontando.

-Usted es un maula que ha venido a asustar con la postura y que no ha de ser capaz de nada.

En la cintura de Leguizamón se veía un revólver de grueso calibre y una daga de colosales dimensiones. Fue ésta el arma que sacó el paisano. Moreira se echó al suelo como quien hace una cosa con disgusto, y sacó también su daga, enrollando con presteza al brazo la manta de vicuña. Apenas el paisano se había separado una vara del caballo cuando Leguizamón estaba sobre él, enviándole una lluvia de puñaladas.

Era aquél un espectáculo magnífico e imponente. Aquellos dos hombres se acometían frenéticamente, enviándose la muerte en cada golpe de daga, que era parado por ambos con una destreza asombrosa.

Los ponchos, arrollados en el brazo izquierdo estaban completamente hechos jirones por los golpes parados, pero los combatientes, igualmente diestros, igualmente fuertes, no habían logrado hacerse la menor herida. La prolongación de la lucha empezaba a encolerizar a Leguizamón, que había cometido ya dos chambonadas, y, a medida que la cólera empezaba a enceguecerlo, Moreira se mostraba más tranquilo y previsor en sus acometidas.

Los asistentes habían dado gran campo a los dos antagonistas, sin haber entre ellos uno solo que se atreviera a separarlos, pues con aquella acción sabían que se exponían a captarse la cólera y tal vez la agresión de ambos.

Leguizamón, más viejo y menos tranquilo en el combate, empezó a fatigarse, mientras Moreira, más hábil, economizaba sus fuerzas, que no habían podido debilitar quince minutos de combate recio que ya comenzaba a ser pesado para su oponente.

Aquella lucha no podía durar un minuto más; era cuestión de una puñalada parada con descuido, de un traspié, de una casualidad cualquiera.

Leguizamón empezó a retroceder y acometió de una manera ruda y decisiva. De su poncho quedaban sólo dos pequeños jirones, y su chaqueta estaba cortada en dos partes. Moreira, cuyo poncho estaba completamente despedazado, paraba las puñaladas con su enorme sombrero de anchas alas.

Leguizamón fue retrocediendo hasta la mesa donde se hacía el escrutinio, que fue abandonada por los que la rodeaban para evitar un golpe casual. Allí, contra la mesa y con acción debilitada por el mueble, el gaucho cometió una imprudencia que fue hábilmente aprovechada por su adversario. Distrajo la mano izquierda pretendiendo sacar su revólver, descuidando toda defensa, y Moreira, rápido como un relámpago, marcó una puñalada en el vientre.

Leguizamón quiso acudir a evitarla, pero Moreira dio vuelta la daga y espetó con el puño tan violento golpe sobre la frente del gaucho que lo hizo rodar por el suelo, completamente privado de sentido.

Después de este golpe maestro era de suponer que el vencido iba a ser degollado, pero Moreira, limpiando con la mano el copioso sudor que pegaba los cabellos sobre su frente, hizo dos pasos atrás y, con la voz aún jadeante por la fatiga, dijo a los paisanos del bando enemigo, que lo miraban asombrados:

-Pueden llevar a ese hombre a que duerma la mona y no venga aquí a hacer bochinche.

Un inmenso aplauso saludó la soberbia acción de Moreira que, envainando la daga y saltando a caballo, dijo a los de los comicios: “Caballeros, que siga la elección”.

Este magnífico relato de Eduardo Gutiérrez nos da una semblanza romántica, esto es parte de la leyenda heroica, que se construyó sobre este personaje tan típico de la literatura criolla. Pero la verdad fue otra, ya que Moreira era un gaucho pendenciero, o como se decía en aquellos años, “vago, pendenciero y mal entretenido”, con una larga lista de asesinatos y muchos otros delitos. Sus servicios a la política los vendía a aquel que le diera mayores beneficios, y su romanticismo a ese respecto era inexistente. La prueba más elocuente es que sirvió a los dos grandes líderes de la época, Alsina y Mitre, y de ambos tenía un facón que le regalaron.

 

Texto de “Los Conservadores de Alsina a Fresco” – Delfor Reynaldo Scandizzo

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