domingo, 18 de octubre de 2026

El HMS Conqueror había zarpado de su base de Faslane, Escocia, el 4 de abril, al desatarse la crisis austral. El capitán Christopher Wredford-Brown ejercía su primer comando. Tras dos semanas de navegación hasta las Malvinas, durante el viaje su tripulación fue sometida a continuas prácticas de combate. Fuera de ello la marinería desarrolló la rutina habitual en un buque de ese tipo hasta el 1º de mayo. Entonces -los testigos ingleses se negaron a ser muy precisos en esto— los sistemas del Conqueror detectaron “tres buques grandes’: un crucero y dos destructores. Comenzó así un asedio que culminaría en la tarde del 2 de mayo.

Las fuentes argentinas, por su parte, presumen que la posición del Belgrano fue detectada por los ingleses, en realidad, gracias a la información satelitaria proporcionada por los norteamericanos, lo que les permitió seguir atentamente su marcha hacia la zona de operaciones (estas fuentes ratifican que no llegó a entrar en el área de exclusión decretada por los británicos), y que permitieron al submarino interceptarlo cuando retornaba hacia el continente sobre la misma ruta.

El mapa indica el área donde fue atacado el Belgrano, fuera de la zona de exclusión británica

El HMS Conqueror había zarpado de su base de Faslane, Escocia, el 4 de abril, al desatarse la crisis austral. El capitán Christopher Wredford-Brown ejercía su primer comando. Tras dos semanas de navegación hasta las Malvinas, durante el viaje su tripulación fue sometida a continuas prácticas de combate. Fuera de ello la marinería desarrolló la rutina habitual en un buque de ese tipo hasta el 1º de mayo. Entonces -los testigos ingleses se negaron a ser muy precisos en esto— los sistemas del Conqueror detectaron “tres buques grandes’: un crucero y dos destructores. Comenzó así un asedio que culminaría en la tarde del 2 de mayo.

Las fuentes argentinas, por su parte, presumen que la posición del Belgrano fue detectada por los ingleses, en realidad, gracias a la información satelitaria proporcionada por los norteamericanos, lo que les permitió seguir atentamente su marcha hacia la zona de operaciones (estas fuentes ratifican que no llegó a entrar en el área de exclusión decretada por los británicos), y que permitieron al submarino interceptarlo cuando retornaba hacia el continente sobre la misma ruta.

Cuando fue atacado el crucero argentino, que comandaba el capitán de navío Héctor Elías Bonzo, parte de la tripulación se hallaba en descanso. En navegación de tiempo de guerra —que era la que se cumplía entonces- la dotación se dividía en tres grupos que cumplían turnos de 4 horas. Parte del millar de hombres que la integraban se hallaba entregada al descanso y la recreación, mientras los demás cumplían una tensa guardia de guerra.

Decisión en Londres

En el instante de lanzarse los torpedos contra su casco, el crucero argentino se hallaba fuera de la “zona de exclusión”, al sur del límite de la mencionada área. ¿Por qué, entonces, fue hundido? Es que cuando el comandante inglés se encontró ante los buques argentinos, no tomó por sí la decisión de atacar. Los complicados sistemas de comunicación de su nave -mediante las claves adecuadas- lo pusieron en contacto con Woodward y el Almirantazgo. A través de miles de millas volaron los mensajes secretos que plantearon la situación al gabinete de guerra presidido por Margaret Thatcher. Allí se tomó la decisión que sellaría la suerte del crucero y de varios centenares de hombres.

“La orden de Londres de hundir el Belgrano -dicen los ingleses- fue la decisión más controvertida de la guerra. En la Cámara de los Comunes, John Nott no tuvo dificultad en justificarla luego con estas palabras: Este grupo de superficie fuertemente armado -se refería al crucero y a los destructores argentinos- estaba cerca de la zona de exclusión total e iba cerrándose sobre nuestra Fuerza de Tareas, la que se encontraba a unas horas de distancia. Sabíamos que el crucero tenía una substancial capacidad de fuego, provisto de quince cañones, de seis pulgadas, con un alcance de 13 millas y misiles antiaéreos Seacat. Junto con los destructores que lo escoltaban, que creemos estaban equipados con misiles antibuque Exocet con un alcance de más de 20 millas, la amenaza a la Fuerza de Tareas era tal, que el comandante de dicha Fuerza podía desestimarla solamente corriendo un gran riesgo”.

Ante el periodismo, Nott expresó luego: “Nuestra primera obligación era la de proteger a nuestros hombres; el General Belgrano significaba una amenaza a nuestros hombres y por eso el ataque fue correcto” (6). The New York Times comentó en la oportunidad que según fuentes gubernamentales inglesas— “la señora Thatcher pensaba que solo un ajustado bloqueo naval alrededor de las islas ofrecía esperanzas de lograr un cambio de actitud por parte de la junta argentina”.

En torno a este punto puede estar una de las claves de la orden impartida al Conqueror. Por su parte, no hay duda de que el Belgrano era una nave peligrosa para la flota enemiga; su blindaje y artillería lo convertían en un hueso duro de roer para las naves de superficie británicas. Pero es dudoso —y esas dudas se manifestaron en el mismo Parlamento británico— que en el momento en que fue atacado constituyera un riesgo inminente para la flota de Woodward. Es más lógico pensar que su hundimiento endurecía la situación diplomática y, a la vez, constituía una sangrienta advertencia a Buenos Aires.

Triunfo y tragedia

El primer torpedo hizo impacto en el compartimiento de máquinas (1); el segundo estalló cerca de la proa (2),

A las 4 de la tarde del 2 de mayo, tras recibir instrucciones precisas de Londres, el comandante Wredford-Brown ordenó abrir el fuego. Dos torpedos Tigerfish abandonaron los tubos de proa del submarino nuclear y cortaron las aguas a gran velocidad, sin ser detectados, rumbo al gran buque de guerra.

El primer impacto se produjo -según precisó luego el capitán Bonzo- “debajo del compartimiento de máquinas de popa”. Dos o tres segundos más tarde, los precisos mecanismos de orientación del segundo proyectil lo llevaron a embestir al crucero -ya mortalmente herido- en la amura de babor.

Fue el primer torpedo el que causó el daño mayor, tanto desde el punto de vista náutico como humano. La explosión surgió hacia arriba “arrancando cuatro cubiertas y alcanzó plenamente a dos dormitorios del personal, a la cantina y al comedor de la tropa”.

Casi todas las bajas de personal del buque se produjeron entonces, dado que parte de la tripulación se hallaba en descanso en esas dependencias.

En el crucero argentino y en el submarino británico se vivieron, respectivamente, los momentos de tragedia y triunfo propios de toda acción de guerra, donde unos matan y otros mueren.

Fue el primer torpedo el que causó el daño mayor, tanto desde el punto de vista náutico como humano. La explosión surgió hacia arriba “arrancando cuatro cubiertas y alcanzó plenamente a dos dormitorios del personal, a la cantina y al comedor de la tropa”.

Casi todas las bajas de personal del buque se produjeron entonces, dado que parte de la tripulación se hallaba en descanso en esas dependencias.

En el crucero argentino y en el submarino británico se vivieron, respectivamente, los momentos de tragedia y triunfo propios de toda acción de guerra, donde unos matan y otros mueren.

Así lo vio el comandante inglés: “Detectamos al crucero General Belgrano con nuestro sonar y lo estábamos siguiendo desde algunas horas, cuando recibimos directamente del cuartel general de Londres la orden de dispararle hasta hundirlo. La nave argentina se dirigía directamente hacia la zona de exclusión y estaba por representar una grave amenaza para nuestras naves. Tras haber recibido la orden de nuestro cuartel general londinense, golpeamos la nave con dos torpedos. Fue un motivo de alegría para la tripulación cuando anuncié que el objetivo había sido alcanzado”. “La alegría – siguió el capitán del Conqueror, según un cable de ANSA de principios de julio- se vio inmediatamente seguida por una imprevista sensación de tristeza por la pérdida de tantas vidas humanas”.

El comandante del Conqueror y sus oficiales colocaron la bandera pirata, en un alarde triunfalista que define el espíritu del viejo imperio

El marino inglés admitió que el crucero se hallaba fuera de la zona de exclusión, pero consideró “haber hecho lo justo, a pesar de que no es muy agradable por cierto ser el responsable de la muerte de centenares de personas”.

Para el capitán argentino, quien precisó que su buque no navegaba hacia la zona de exclusión, sino con rumbo al continente, había llegado el momento de enfrentar el peor instante en la vida de un comandante naval: la pérdida de su navío. El crucero General Belgrano quedó desde el primer momento fuera de control, sin electricidad (lo que entorpeció grandemente la tarea de transmitir órdenes y hacer frente a la situación de naufragio) y con el humo dificultando el tránsito por todo su interior.

Veinte minutos después del primer impacto, ya había una pronunciada escora sobre babor (la banda donde hicieron blanco ambos torpedos), de unos 21°. A las 16.25, ante la situación irreversible y siendo imposible para los equipos de control de daños reparar la nave, se ordenó el abandono del buque.

El crucero no podía recibir en ese momento apoyo exterior, porque los buques que se hallaban en sus cercanías debian -como es de rigor ante un ataque submarino- iniciar acciones evasivas para evitar ser también víctimas de los torpedos, o contraatacar.

A este respecto, la versión del citado relato de guerra británico proporciona un colorido relato: “El Conqueror huyó perseguido por ambos destructores, los que durante dos terroríficas horas lo persiguieron con sonar y cargas de profundidad Hedgehog”. Sin embargo, una fuente naval argentina desestimó este relato y precisó que los destructores disponibles no contaban con la velocidad y los medios para acosar a un submarino nuclear.

 

 

Texto de “Crónica documental de Las Malvinas”

 

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