martes, 3 de noviembre de 2026
Inauguración de la oficina telegráfica de Súnica el 26 de marzo de 1903, con la primera transmisión desde la nueva colonia 16 de Octubre.

El 29 de marzo de 1903, un grupo de vecinos del Valle 16 de Octubre se acercó a la oficina telegráfica de Súnica para enviar un agradecimiento a Francisco Moreno por las gestiones que habían permitido llevar el servicio hasta allí. Medardo Morelli, el encargado, transmitió el mensaje y ese mismo día llegó la respuesta. Aquella comunicación era motivo de celebración: después de años de depender del traslado de la correspondencia, los pobladores podían intercambiar noticias con lugares lejanos en una misma jornada.

Las cartas viajaban con quienes podían llevarlas y su llegada dependía de los caminos, los animales y las condiciones del tiempo. Saber de un familiar o recibir una respuesta podía llevar días y semanas. La nueva oficina, instalada junto a la comisaría, comenzó a modificar esa experiencia. Hasta Súnica había que acercarse, pero desde allí las palabras continuaban su recorrido por un cable.

En los primeros años de la Colonia 16 de Octubre, las familias se distribuían en establecimientos rurales y los encuentros se organizaban alrededor de caminos, comercios, capillas y viviendas. Acudir a una autoridad, realizar una gestión o buscar noticias suponía desplazarse y disponer de tiempo que también era necesario para las tareas del campo. En ese territorio fueron tomando forma las primeras instituciones, sostenidas inicialmente por personas de la propia comunidad que asumieron responsabilidades públicas.

John Murray Thomas se desempeñó como juez de paz y Martín Underwood como comisario. En 1896 se reorganizaron esos cargos: Eduardo Humphreys fue destinado como comisario al departamento 16 de Octubre, Underwood pasó a ejercer como juez de paz y Thomas regresó hacia el este del territorio para asumir como comisario en Gaiman. Al año siguiente, Humphreys construyó la comisaría en Súnica, sobre la margen del río Corintos.

La ubicación de aquella dependencia respondía a las necesidades de los pobladores y a las decisiones del gobierno territorial. La frontera con Chile seguía en discusión y establecer una oficina pública también significaba afirmar la presencia estatal en la región. Para una familia dedicada a la producción rural, la relación con la comisaría podía comenzar por el robo de animales, una denuncia o un conflicto que requería intervención. Detrás de esas actuaciones estaban el trabajo, los bienes y las preocupaciones de quienes vivían en el valle.

El juzgado de paz formaba parte de esa organización. Allí se presentaban declaraciones, se tramitaban actuaciones y se dejaba constancia de situaciones que afectaban a los habitantes. Cada expediente reunía nombres, testimonios, fechas y lugares. Esos documentos, producidos para atender asuntos concretos, permiten hoy reconstruir vínculos y conocer aspectos de la vida de una población dispersa.

Underwood permaneció como juez de paz hasta 1898, cuando fue reemplazado por Juan Milher. En julio de ese año, el nuevo juez decidió trasladar la sede desde las cercanías de la comisaría de Súnica hacia el lugar denominado Boquete Eskel, próximo a la actual Esquel. Al explicar su decisión, señaló que por allí pasaban los arreos que entraban y salían de la colonia y mencionó a las familias que se estaban estableciendo en ese paraje.

Por aquel paso circulaban animales, trabajadores y pobladores. Instalar el juzgado allí permitía acercar la autoridad a uno de los recorridos de la actividad económica y social. Milher calculaba que el nuevo emplazamiento se encontraba a unas ocho leguas del anterior, aproximadamente cuarenta kilómetros. En octubre de 1898, uno de sus informes ya estaba fechado en “Eskel”. Esa referencia permite seguir el desplazamiento de una institución cuya ubicación se vinculaba con los caminos, las viviendas disponibles y las necesidades de los habitantes.

Mientras tanto, el tendido telegráfico avanzaba desde Neuquén hacia la cordillera. En 1902 había llegado a Nahuel Huapi, donde los trabajos se detuvieron a la espera del fallo arbitral sobre la cuestión limítrofe. Después continuaron hacia el Valle 16 de Octubre. Las cuadrillas recorrían el terreno a caballo, transportaban materiales en carros y mulas e instalaban campamentos provisorios conforme avanzaba la obra. La comunicación que pronto permitiría enviar mensajes en poco tiempo requería, para hacerse posible, largas jornadas de trabajo y traslado.

Entre quienes participaron estaban Conrado Goytía y su hermano Irineo. Medardo Morelli se incorporó como telegrafista y quedó a cargo del servicio cuando la línea llegó a Súnica, el 26 de marzo de 1903. Humphreys facilitó un espacio junto a la comisaría y allí comenzó a funcionar la oficina. Los pobladores tuvieron desde entonces un lugar al que acudir para transmitir mensajes e incorporarlos a una red que conectaba puntos distantes del país.

El funcionamiento dependía del conocimiento del operador. Mediante el código Morse, las letras se convertían en combinaciones de señales breves y largas que viajaban por el cable. En el otro extremo, otro telegrafista las interpretaba y volvía a escribir el mensaje. Morelli ocupaba así un lugar fundamental: por sus manos pasaban las palabras que los vecinos necesitaban hacer llegar y las respuestas que esperaban recibir.

La importancia del servicio quedó expresada en la reunión del 29 de marzo. El telegrama dirigido a Moreno celebraba la inauguración y agradecía la posibilidad de vincular aquellas regiones con el resto del país. Al pie figuraba una extensa nómina de pobladores. Sus nombres conservan el registro de quienes participaron de aquel momento y permiten abrir nuevas preguntas sobre sus familias, sus actividades y sus relaciones dentro del valle.

Moreno respondió durante la misma jornada. En su mensaje recordó sus viajes anteriores y el esfuerzo de las familias que se habían establecido en la región. También evocó los caminos por los que habían llegado los pobladores y por los que ahora avanzaban los carros del telégrafo. La nueva línea se incorporaba a un territorio que ya tenía recorridos, lugares de encuentro y una historia compartida.

Sin embargo, la ubicación de la oficina ocasionaba dificultades a parte de la población. En 1905, el gobernador Julio Lezana señaló esos inconvenientes en un informe y propuso su traslado. Al mismo tiempo, avanzaban los trabajos para conectar las líneas de la cordillera con las provenientes de la costa. Las decisiones sobre el tendido y sus oficinas intervenían en la organización del territorio: acercaban servicios a algunos lugares y modificaban los recorridos de quienes los utilizaban.

En 1906, la oficina fue trasladada al valle de Esquel, dentro de un proceso que incluyó la mensura del pueblo y el establecimiento de otras dependencias. Ese acontecimiento quedó asociado a la fecha que hoy se conmemora como aniversario de la ciudad. Súnica había sido parte de aquella historia desde sus primeros años, al reunir funciones que la convirtieron en una referencia para los habitantes de la región.

En esa misma zona, el antiguo cementerio conocido como de Súnica o de la comisaría conserva otra dimensión de la memoria local. Sus lápidas, inscripciones y cruces acercan nombres y preguntas sobre quienes habitaron el territorio. Conocer mejor sus historias requiere reunir registros, fotografías y testimonios, respetando las condiciones de acceso al lugar y la memoria de las personas allí sepultadas.

También las cartas y los documentos familiares pueden contribuir a esa reconstrucción. Un telegrama guardado entre papeles, una fotografía sin identificar o una nota con un sello pueden aportar información sobre una persona, una institución o un acontecimiento. Su importancia muchas veces se reconoce al relacionarlos con otros materiales y con los recuerdos de quienes todavía pueden explicar su procedencia.

Volver sobre Súnica permite reunir esas huellas y acercarse a la vida de quienes acudían a la comisaría, presentaban una actuación ante el juez o esperaban noticias en la oficina telegráfica. Los edificios, los documentos y los recuerdos conservan partes de esa experiencia. Recuperarlos ayuda a reconocer la importancia de un lugar que participó en la organización del valle y cuya historia todavía puede ampliarse con los aportes de la comunidad.

 

 

Base histórica de la columna: Trevelin. Un pueblo en los tiempos del molino, de Jorge Fiori y Gustavo De Vera (2002).

Por Katia Sarsa Williams para La Voz de Chubut

 

 

 

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