domingo, 8 de noviembre de 2026
Las madres de Plaza de Mayo se convirtieron en el emblema de los Kelpers argentinos privados de sus derechos cívicos

Durante la guerra de Malvinas empezó a manejarse el término kelper, aplicado al habitante nativo de las islas Falklands que era legalmente un ciudadano de segunda con relación a los ingleses de las islas británicas. Cuando los conscriptos argentinos que fueron convocados a servir en el escenario de la lucha volvieron a casa, se los desembarcó en forma silenciosa en previsión de disturbios. Empezó entonces a difundirse en la población civil la idea de que los verdaderos kelpers eran los ciudadanos argentinos, sin derechos cívicos, víctimas de la ilegalidad, llevados como niños a una guerra insensata, aunque su objetivo fuera justo.

En las ciudades y en los pueblos alejados, en los remotos ranchos de donde provenían la mayoría de los “chicos de la guerra”, cuya edad promedio era de 18 años, la gente empezó a dialogar y a compartir experiencias. Estas experiencias que iban del entusiasmo inicial al miedo, la desolación y el dolor, se mezclaban con las de los oficiales y soldados que se sentían defraudados luego de haber cumplido gallardamente con su deber en el lejano escenario austral.

La visita del papa Juan Pablo II a la Argentina, en la víspera de la rendición, resultó un nuevo vínculo entre el país y el mundo y una forma de recuperar la noción de paz. Había mejor disposición ahora para entender el absurdo de la guerra. Borges expresó ese sentimiento en “Juan López y John Ward”, poema publicado en el sórdido invierno del 82, cuando a la derrota militar se agregó la crisis de la deuda externa.

Al dolor por las consecuencias de esta guerra externa se sumó el de miles de familias argentinas que lloraban en silencio a las víctimas de la represión ilegal. Desde 1977, un grupo de madres de detenidos y desaparecidos, cansadas de reclamar en oficinas y cuarteles por la suerte de sus seres queridos, decidió protestar todos los jueves alrededor de la pirámide de la Plaza de Mayo. Desfilaban dando vueltas en silencio, con la cabeza cubierta por un pañuelo blanco. Las Madres de Plaza de Mayo se convirtieron en el emblema de los kelpers argentinos privados de sus derechos cívicos. Por su parte, las Abuelas de Plaza de Mayo centraban su labor en el esclarecimiento de los casos de hijos de desaparecidos nacidos en el cautiverio y entregados en adopción con su documentación cambiada. A ese respecto, cabe consignar que a mediados del año 2000 se encontraban abiertos procesos judiciales por la apropiación de dichos menores, bajo la interpretación de que tales hechos no fueron incluidos en las leyes de Punto Final y Obediencia Debida (1987) ni en los indultos (1990).

 

 

Texto de “Historias del País y de su gente”, de María Sáenz Quezada

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