viernes, 9 de enero de 2026
Hipólito Yrigoyen, el gran caudillo radical

Seis meses antes de su caída, el gobierno de Yrigoyen experimentaba duramente los efectos de la crisis mundial. Los recursos gubernamentales descendieron entre 1928 y 1930 en 75 millones de pesos. El gobierno, sin embargo, aumentó sus gastos en el mismo período de 795 a 905 millones de pesos. Si los recursos se habían reducido en un 10%, los gastos aumentaron en un 22%. El déficit lo obligó a colocar títulos en el mercado en 1929 por valor de 193 millones y en 1930 por 357 millones de pesos. Al no ser absorbidos por el mercado, “el gobierno se vio abocado a una parcial cesación de pagos”.

El caudillo tenía 78 años en 1930. No había teléfono en su despacho. Yrigoyen, por lo demás, no lo había usado nunca. No conocía el cine: la aviación sería para él una sospechosa invención. Nacido en 1852, росо después de caer Juan Manuel de Rosas del poder, la mayor parte de su existencia había transcurrido en el siglo XIX. Ya era un hombre público cuando los malones del desierto asolaban todavía las ciudades del sur de la provincia de Buenos Aires. Había asistido a las exequias de la sociedad criolla y al nacimiento del Estado liberal unificado, había sido contemporáneo, amigo o adversario, de Avellaneda, Sarmiento, Mitre, Roca, Bernardo de Irigoyen, Pellegrini, Adolfo Alsina.

En su larga existencia había presenciado la vida política de la vieja sociedad argentina y la aparición turbulenta del mundo inmigratorio, cuyos hijos y nietos ingresarían en el radicalismo. Había participado en tres revoluciones, conspirado dos décadas, ejercido dos veces la presidencia de la República. Conocía la pobreza y la riqueza, y esta última había estado al servicio de su causa. Pero este criollo viejo, dueño de una astucia infinita y de un increíble dominio de sí mismo, ya no era de este siglo. Estaba envuelto en la bruma del mito y nadie en su partido se atrevía a juzgarlo.

La contradicción entre su pensamiento escrito y la cruda ley de sus actos traducía el temor de la pequeña burguesía a enfrentar ideológicamente a la oligarquía ilustrada y de desenvolver totalmente su programa, tan difuso como las clases antagónicas que lo apoyaban. La lucha por la supremacía entre el yrigoyenismo y la oligarquía tenía un carácter ambiguo.

El “espiritualismo” de Yrigoyen era laico, pero tranquilizaba a los católicos. La palabra “unión” tenía para Yrigoyen más sustancia que el vocablo “radical”. En su personalidad se contenían y luchaban las fuerzas antagónicas del radicalismo. Era un estanciero pero de sobrias costumbres plebeyas. El antiguo comisario conocía los dolores pequeños y domésticos de las parroquias orilleras. Su mirada certera percibió las aspiraciones de los marginados por la sociedad oligárquica. Siempre fue socio del Jockey Club. Pero no concurrió casi nunca a la soberbia sede. Todas las tentativas de “racionalizar” el radicalismo debían chocar con la naturaleza embrionaria de las clases que lo constituían, enérgico ascenso de la burguesía europea. Coincidió con la expansión del cаpitalismo inglés y su dominio del mercado mundial.

 

Fragmento del libro “Revolución y contrarevolución”, de Jorge Abelardo Ramos

 

 

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