
Los judíos argentinos se congratularon cuando llegó al país el científico Albert Einstein, sólo tres años después de haber ganado el Premio Nobel de Física. Como invitado de la Universidad de Buenos Aires y de la colectividad israelita, realizó una gira de amplia repercusión en que el público pugnaba para poder escucharlo explicar, personalmente y en francés, su revolucionaria teoría de la relatividad.
En la colectividad árabe, que creció a raíz de la inmigración posterior a la Primera Guerra Mundial y de los cambios políticos ocurridos en Medio Oriente, más del setenta por ciento profesaba religiones cristianas, ortodoxa, católica maronita y protestante. Los de religión islámica (sunnitas shiítas, drusos y alauitas) eran 18.764 según el censo de 1914.
Un claro signo de la vitalidad de esta colectividad en los años veinte, son las cuarenta publicaciones en lengua árabe entre diarios, periódicos y revistas; la existencia de colegios de prestigio en Buenos Aires, el Sirio Libanés y el San Marón y de 189 instituciones en todo el país, entre ellas el Club Honor y Patria que contribuyó a difundir el arte, la ciencia y la cultura árabe. Pero la convivencia era uno de los rasgos del grupo. Según recordaba el filósofo de origen árabe Víctor Massuh, en la comisión directiva de la Sociedad Siriolibanesa de Socorros Mutuos de Tucumán, había nombres de cristianos, de musulmanes e incluso de judíos de lengua árabe (Eduardo A. Azize. “Los árabes en la cultura nacional”.
Desde 1911 existe en la Argentina la Unión General Armenia de beneficencia, pero la mayoría de esa inmigración vino después del genocidio perpetrado por el Imperio Turco en 1915 y fundó sus primeras instituciones en Buenos Aires y en Córdoba con el objetivo de preservar los sentimientos nacionales y religiosos y ayudar a sus miembros necesitados moral y materialmente. Realizaron trabajos humildes y de a poco mejoraron, se ocuparon en el comercio y dieron educación a sus hijos. Fue notable el empeño por contar con escuelas propias y con templos de la Iglesia Armenia: el de San Gregorio el Iluminador empezó a funcionar en 1923. Lo mismo que en el caso de los árabes, para tener prensa propia y poder defender la causa de su patria, debieron encargar en Europa una imprenta con los tipos de letras armenias.
Sólo los británicos no prosperaron en esa década. El embajador Kelly afirma que después de 1920 la mayoría de las instituciones deportivas y recreativas creadas por ingleses en la Argentina fueron “infiltradas” por los nativos que terminaron por apropiarse de ellas. Sin embargo, precisamente en la década del veinte nada menos que el príncipe de Gales, el futuro rey Eduardo VIII, visitó la Argentina, escuchó cantar a Gardel en una lujosa estancia, bebió mucho, como siempre, bailó con las más bellas muchachas angloargentinas y se mostró muy bien impresionado. Pero lo cierto es que la decadencia británica era inocultable y que con ella se marchaban del país los altos empleados y los prohombres de la colectividad.
Texto del libro “La Argentina – Historias del País y de su gente”, de María Sáenz Quesada
