lunes, 28 de septiembre de 2026

Cada primavera, la Ruta Nacional 259 cambia su ritmo. La floración de los tulipanes multiplica el movimiento, incorpora nuevos colores al paisaje y atrae a visitantes que llegan desde distintos puntos del país para conocer una de las imágenes más difundidas de Trevelin.

Durante esas semanas, buena parte de las miradas se concentra en el campo de tulipanes  ubicado a pocos kilómetros del pueblo. Sin embargo, la experiencia no necesariamente comienza ni termina entre las hileras de flores. El camino ofrece la posibilidad de continuar, detenerse en otros puntos y descubrir un territorio en el que la naturaleza, la producción, la memoria y la hospitalidad local aparecen profundamente relacionadas.

Hace algunos años, recorrer este sector de la Ruta 259 significaba avanzar principalmente entre chacras. Las actividades rurales definían el uso de la tierra y también el ritmo cotidiano de las familias que vivían a lo largo del camino. La ruta comunicaba campos, viviendas y parajes, mientras el paisaje expresaba una identidad estrechamente vinculada con el trabajo productivo.

Esa historia no desapareció. Todavía puede reconocerse en los cercos, los caminos de acceso, las construcciones y la organización de la tierra. Lo que ocurrió fue una transformación gradual. Algunas actividades se diversificaron, surgieron nuevos emprendimientos y espacios tradicionalmente rurales comenzaron a recibir visitantes interesados en conocer sus producciones, sus historias y su relación con el entorno.

La Ruta 259 pasó así de ser solamente un camino entre chacras a convertirse también en un recorrido turístico. No porque haya perdido su identidad anterior, sino porque esa identidad comenzó a expresarse de nuevas maneras.

Sobre buena parte del trayecto se levanta el Gorsedd y Cwmwl, el Trono de Nubes. Así denominaron los expedicionarios galeses, hace más de 130 años, a la montaña también conocida como cerro La Monja. Su silueta se convirtió en una referencia constante: aparece detrás de los cultivos, acompaña los caminos internos y vuelve a encontrarse desde distintas perspectivas a medida que se avanza.

Mientras el territorio fue cambiando, el Trono de Nubes permaneció como una presencia geográfica y simbólica. Bajo su perfil se desarrollaron nuevas producciones, se recuperaron antiguas historias y surgieron diferentes maneras de compartir el paisaje con quienes llegan.

Los tulipanes son, probablemente, la expresión más visible de ese proceso. El cultivo convirtió una actividad productiva en una experiencia que hoy identifica a Trevelin dentro y fuera de la provincia. Pero detrás de la postal existen meses de preparación, conocimiento de la tierra, cuidado de los bulbos y trabajo familiar. Comprender ese proceso permite mirar el campo de otra manera: no solamente como un escenario para tomar fotografías, sino como un paisaje construido a partir del trabajo.

La floración puede funcionar, además, como una puerta de entrada hacia otras experiencias. Quien llega atraído por los colores encuentra a pocos kilómetros una geografía marcada por el agua. En las Cascadas Nant y Fall, el recorrido cambia de sonido y de escala. El arroyo desciende entre el bosque y forma distintos saltos, mientras las pasarelas permiten observar una dimensión más profunda del ambiente cordillerano.

El agua no constituye allí un elemento aislado. Forma parte del sistema que modela el paisaje, acompaña las actividades productivas y da nombre a otros espacios del recorrido. La denominación Nant y Fall reaparece en el viñedo cercano, donde la tierra ofrece otra lectura de la transformación rural.

La incorporación de la vid abrió una nueva etapa productiva. Allí donde durante décadas predominaron otras labores del campo, comenzaron a cultivarse variedades adaptadas a las condiciones climáticas de la región. La experiencia en Viñas del Nant y Fall permite reconocer ese cambio, pero también entender que el turismo y la producción no funcionan necesariamente como actividades separadas. El visitante puede observar el paisaje, conocer el proceso y descubrir un producto que lleva consigo las características del lugar donde fue elaborado.

A medida que el camino continúa, esa relación entre pasado y presente adquiere otra forma en el Molino Harinero Nant Fach. El espacio recupera herramientas, conocimientos y formas de trabajo ligadas a la etapa triguera de Trevelin. Su valor no reside únicamente en conservar objetos antiguos, sino en volver comprensible una historia que todavía forma parte de la identidad local.

El funcionamiento de las maquinarias, el movimiento del agua y el relato familiar permiten imaginar el esfuerzo que implicaba transformar el grano en harina. De esta manera, la visita conecta el paisaje actual con una época en la que los molinos y la producción cerealera fueron fundamentales para la organización económica y social de la zona.

La experiencia puede continuar también alrededor de una mesa. En La Floral, el alojamiento, el restaurante de montaña y la casa de té proponen otra forma de permanecer en el entorno. La gastronomía introduce sabores, tiempos de descanso y espacios de encuentro dentro de un recorrido que, de otro modo, podría reducirse a una sucesión rápida de visitas.

Detenerse a comer, compartir un té o permanecer una noche modifica la relación con el destino. Ya no se trata únicamente de llegar, obtener una fotografía y regresar, sino de dedicar tiempo a observar el paisaje, conversar y conocer otras historias. Esa permanencia también favorece una circulación más amplia de los beneficios de la actividad turística entre diferentes emprendimientos y familias.

Los tulipanes, las cascadas, el viñedo, el molino y las propuestas gastronómicas no constituyen experiencias desconectadas. Cada una permite leer una dimensión del mismo territorio. Las flores hablan del trabajo y de la transformación productiva; el agua explica parte de la geografía; el vino muestra nuevas posibilidades para la tierra; el molino recupera la memoria; y la gastronomía convierte los productos y las tradiciones en un momento de encuentro.

Son algunas de las paradas posibles dentro de una ruta mucho más extensa, cuya diversidad se revela a medida que el visitante decide avanzar y detenerse. Precisamente allí aparece una de las mayores posibilidades de la Ruta 259: lograr que un atractivo convocante, como el Campo de Tulipanes, impulse el descubrimiento de otras experiencias y motive una permanencia más prolongada en Trevelin.

Para conseguirlo, no alcanza con que los lugares estén ubicados sobre el mismo camino. Es necesario que puedan reconocerse como partes de un recorrido, que exista información clara y que las historias ayuden a comprender aquello que se observa. Cuando cada parada dialoga con la siguiente, la ruta deja de ser únicamente una vía de circulación y adquiere sentido como experiencia turística.

Este crecimiento también plantea responsabilidades. La llegada de visitantes debe convivir con el cuidado de los ambientes naturales, el respeto por la vida rural y el fortalecimiento de las iniciativas locales. El desafío no consiste solamente en atraer a más personas, sino en construir una actividad que valore el territorio y permita que sus beneficios permanezcan en él.

Bajo la presencia constante del Trono de Nubes, la Ruta 259 muestra que un paisaje nunca está completamente detenido. Cambia con las estaciones, con las formas de producción y con las decisiones de quienes lo habitan. La próxima temporada de tulipanes será una nueva oportunidad para recorrerlo, pero también para mirar más allá de la postal y descubrir todo aquello que comienza a aparecer cuando elegimos continuar el camino.

 

 

Por Katia Sarsa Williams para La Voz de Chubut

 

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