viernes, 11 de septiembre de 2026

Hay nombres que necesitan una explicación. Otros apenas necesitan ser pronunciados.

 

CO.TA.FU.

Bastó mencionar esas letras y preguntar quién la había conocido, quién había escuchado hablar de ella o quién conservaba algún recuerdo para que ocurriera algo llamativo. Antes de las fechas, antes de los nombres y mucho antes de intentar reconstruir su historia, aparecieron las sonrisas.

“¡El yogurt!”

El recuerdo vuelve una y otra vez hacia aquel yogurt cremoso, con verdaderos trozos de fruta. Pero enseguida aparecen otras imágenes: la leche, los tambos, las madrugadas de ordeñe, los vehículos que llegaban hasta la planta, el viejo molino, los productores y las familias que estuvieron vinculadas, de una u otra manera, con aquella experiencia.

Y entonces queda claro que hablar de la Cooperativa Tambera Futaleufú no significa solamente contar la historia de una cooperativa. Significa recuperar una parte de aquel Trevelin que producía, se organizaba e intentaba transformar en el propio territorio lo que nacía de sus chacras.

CO.TA.FU surgió en marzo de 1971. Eran años en los que la actividad tambera formaba parte de la vida productiva de numerosas familias del Valle 16 de Octubre y la posibilidad de organizarse colectivamente abría una expectativa importante: reunir la producción, elaborar derivados de la leche y encontrar nuevos mercados.

Los comienzos, según recuerdan quienes participaron o fueron testigos de aquellos años, estuvieron atravesados por dificultades, aprendizaje y mucho trabajo. La experiencia comenzó vinculada al viejo molino y posteriormente se trasladó al sector industrial de Trevelin. Hacia 1974 se incorporaron conocimientos técnicos para avanzar en la elaboración de productos lácteos.

Pero detrás de esos datos hay otra historia, quizás más difícil de registrar en documentos.

Una vecina recuerda que su madre se levantaba muy temprano para ordeñar las vacas del tambo de “Don Ben” y tener la leche preparada para entregarla a las siete de la mañana en la planta. Otro vecino todavía conserva la imagen de un vehículo rojo llevando leche. Otros recuerdan haber acompañado a sus padres, el movimiento alrededor de la cooperativa o los nombres de quienes trabajaron y participaron de ella.

Son pequeñas escenas que, reunidas, permiten comprender la dimensión cotidiana de CO.TA.FU.

Porque para que un pote de yogurt llegara a un comercio había comenzado mucho antes otra jornada. Había que ordeñar, reunir la leche, trasladarla, recibirla, procesarla, elaborar el producto y finalmente comercializarlo. En esa cadena participaron productores, trabajadores, técnicos y familias de Trevelin. Detrás de cada producto había trabajo, conocimiento y una red de personas sosteniendo una experiencia colectiva.

Los productos de la cooperativa llegaron a los comercios locales y existen recuerdos de envíos de leche y yogur hacia Bariloche. Aquella expansión, sin embargo, se encontró con dificultades importantes. Las distancias, la conservación de los productos y la necesidad de sostener una adecuada cadena de frío constituían desafíos enormes para una producción láctea realizada desde la cordillera.

CO.TA.FU atravesó distintas etapas, intentos de crecimiento y dificultades hasta dejar de funcionar en los primeros años de la década de 1980. Tiempo después, parte de aquella historia productiva tendría continuidad bajo otra experiencia vinculada a ALITREV.

Podríamos detener la historia allí y hablar simplemente de una cooperativa que nació, produjo y finalmente cerró. Pero hacerlo sería perder, quizás, lo más interesante.

Más de cuatro décadas después, CO.TA.FU sigue provocando algo.

Durante estos días, cada vez que pregunté por ella ocurrió prácticamente lo mismo. Bastaba pronunciar su nombre para que alguien sonriera. Inmediatamente aparecía una anécdota. Un apellido. Una persona. Una madrugada. Una camioneta. El viejo molino. La planta. Y, casi inevitablemente, aquel yogur.

Pero hay algo más en esas respuestas.

Nadie recuerda CO.TA.FU solamente como un edificio, una marca o una cooperativa que alguna vez funcionó en Trevelin. La recuerda a través de las personas. Aparecen quienes ordeñaban antes de que amaneciera, quienes recibían la leche, quienes trabajaban en la planta, quienes transportaban la producción, quienes compraban sus productos y quienes, siendo niños, acompañaban a sus padres. Cada recuerdo parece traer consigo otro nombre y cada nombre abre una nueva historia.

Y quizás lo más significativo sea la manera en que esos recuerdos aparecen. Hay nostalgia, naturalmente, porque se habla de un tiempo que ya pasó. Pero sobre todo hay alegría. Una alegría inmediata, casi espontánea, al recuperar por unos minutos personas, lugares, sabores y escenas que parecían guardados hasta que alguien volvió a preguntar por ellos.

Quizás por eso CO.TA.FU todavía se siente tan cercana. Porque hay experiencias que dejan de existir materialmente, pero continúan formando parte de la vida de una comunidad mientras alguien pueda narrarlas, reconocerlas en un objeto o transmitirlas a otro. La memoria no permanece inmóvil: vuelve a ponerse en movimiento cada vez que alguien dice “yo me acuerdo”.

Y en medio de esa búsqueda apareció un objeto extraordinario. Uno de aquellos envases sobrevivió al paso del tiempo.

Sobre el plástico envejecido todavía puede leerse “Yoghurt con fruta – Lagos del Sur” y, a un costado, una inscripción que devuelve el objeto directamente a su lugar de origen: “Elaborado por: Cooperativa Tambera de Futaleufú. Trevelin – Pcia. Chubut”.

Tal vez allí se encuentre una de las formas más profundas en que una comunidad construye su patrimonio. No solamente a través de grandes edificios, monumentos o acontecimientos excepcionales, sino también mediante objetos aparentemente sencillos, recuerdos familiares, experiencias de trabajo y relatos cotidianos que dejaron una marca en quienes los vivieron.

CO.TA.FU habla de producción local, pero también de cooperación. Habla de dificultades y de un proyecto que no logró sostenerse en el tiempo, pero también de una comunidad que alguna vez imaginó que la leche producida en sus propios campos podía transformarse aquí, llevar un nombre propio y viajar más allá del valle.

Hoy todavía permanece parte de aquella planta. Permanece el tanque elevado, con las huellas del tiempo sobre su estructura y una marca que apenas se alcanza a distinguir. Permanece también aquel viejo envase. Son rastros materiales de una experiencia que terminó hace décadas.

Pero, también en quienes todavía recuerdan a alguien que trabajó allí. En quienes pueden reconstruir una madrugada de ordeñe. En quienes recuerdan un vehículo recorriendo el valle con leche. En quienes nombran a sus padres, vecinos o compañeros. Y también en quienes, al escuchar cuatro sílabas, vuelven por un instante a aquel Trevelin.

CO.TA.FU.

Y seguramente todavía quedan muchas historias por contar.

Y vos, cuando escuchás CO.TA.FU, ¿qué es lo primero que recordás?

 

Por Katia Sarsa Williams para la Voz de Chubut

 

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