sábado, 20 de julio de 2024

Los persas fueron los primeros sionistas antes de Cristo y ahora son los más antisionistas.

Irán e Israel no tienen fronteras comunes. Nunca han estado en guerra ni tienen reclamaciones que echarse en cara. El problema de la falta de un Estado para los palestinos no afecta a los iraníes: son los árabes y los judíos, no los persas, los que tienen que encogerse para hacer hueco al pueblo sin territorio. Y, sin embargo, Irán emerge en la guerra de Israel contra Hamás como el principal enemigo del Estado hebreo.

No fue siempre así. Con su habitual ironía, el escritor inglés G. K. Chesterton escribió que, de hecho, los primeros sionistas fueron los conquistadores persas –antes de Cristo– que enviaron de vuelta a los judíos desde su cautiverio en Babilonia, para que reconstruyeran Jerusalén. El sionismo está pues en deuda con Irán.

La sintonía histórica ha dado un giro radical. Irán lucha hoy contra Israel en varios frentes. Financia y ha suministrado armas y entrenamiento a los movimientos de Hamás y Yihad Islámica en Gaza y Cisjordania. Creó en 1982 y apoya con armas y bagaje a los yihadistas de Hizbolá en el Líbano. Saltándose una regla no escrita, la lucha constante entre suníes y chiíes muchas veces con ánimo de exterminio, el régimen chií de Teherán no hace acepción de corrientes musulmanas cuando se trata de luchar contra Israel.

El Estado judío tiene también a Irán como enemigo principal, por encima de los árabes que, desde la creación de Israel, crearon en al menos tres ocasiones alianzas militares para destruirlo. Hoy, está en marcha un proceso de convivencia pacífica con el mundo árabe que esta guerra ha arrojado al limbo. Con el régimen islamista de Teherán no hay margen de diálogo. De ahí el miedo cerval de los israelíes a que Irán siga adelante con su proyecto nuclear y obtenga un día, como ellos, el arma atómica.

El odio oficial de Irán hacia Israel nació con la revolución islámica de 1979. Jomeini detestaba la dinastía de los Pahlevi y todo lo que ella representaba, en particular sus relaciones de amistad con Israel y Estados Unidos. Con el régimen jomeinista se acuñaron los términos para referirse siempre a Israel como el ‘régimen sionista ilegítimo’, o el ‘cliente de Estados Unidos contra los musulmanes’.

Hubo un interludio durante la guerra entre Irán e Irak (1980-88), en el que Israel pensó que podría cambiarse el rumbo y apoyó con armas e instructores militares a los persas. Pero la luna de miel duró poco. Irán retomó el discurso antisionista, y su programa nuclear, y el Mossad respondió con asesinatos selectivos de científicos iraníes implicados en el proyecto.

El odio de Irán a Israel es estrictamente oficial. A pie de calle, la opinión ciudadana es muy variada. A nadie se le escapa que gran parte de los recursos del país se canalizan en la financiación de movimientos yihadistas antisionistas. Y existe una resistencia interior hacia la campaña contra el Estado hebreo que bombardea al iraní en los medios de comunicación y en los textos escolares. La simpatía de muchos judíos hacia la historia y la cultura persas es recíproca ya que, además, decenas de miles de israelíes son de origen iraní.

Fuente: ABC

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