No fue tarea fácil para los carros grandes el abrirse camino por la topografía patagónica, extensa, quebrada, con elevadas cordonadas de serranía en partes, pampas ásperas en otras, profundos cañadones con terreno blando que no aguantaba el enorme peso de las ruedas de las pesadas chatas; tupidas manchas de matorrales espinosos que dificultaban el desplazamiento de los dieciséis caballos de tiro, obligándolos a marchar apretujados con dilapidación de fuerzas y cansancio.
Para abrir tales caminos, primero fue necesario marcar el “sendero”, trazado poco a poco por jinetes. Sobre el mismo vino después “la rastra”, consistente en una plataforma plana hecha de palos de monte, chapas y a veces con un cuero de vacuno, seco y endurecido, sobre el cual se colocaba la carga. Era arrastrada a cincha de caballo, mediante una cuarta que tiraban uno o dos jinetes por medio de sus caballos, según la dificultad del trayecto a recorrer, y a la carga que llevaba. Por supuesto, la rastra carecía de ruedas, marchando a manera de trineo.
Luego vino la “zorrita de lanza”, consistente en un carrito pequeño, de dos ruedas muy resistente y que podía cargar hasta doscientos kilos según el terreno. Tenía una sola vara, la cual se prendía de la punta, a la cincha del caballo montado. Era cómoda porque sobre ella podía incluso viajar una familia, aunque resultaba un tanto fácil de volcar en aquellos caminos tan desparejos.
Años más tarde, se hizo presente el automóvil, que también tuvo sus grandes dificultades y fracasos transitorios y cuyos inconvenientes, en nuestra región demoraron por casi diez años su generalización. Pero por suerte, al fin se impuso.
Entonces hace su presentación “el aeroplano”, que por cierto tenía muy poca semejanza con los aviones actuales que nos son tan familiares.
En la actualidad, hemos soportado en Comodoro Rivadavia ventarrones que han superado los doscientos veinte kilómetros por hora. Hace cincuenta años, no era común medir la velocidad de los vientos, por lo cual no podemos saber si los hubo de mayor fuerza, pero sabemos que fueron más dramáticos.
No tengo paciencia ni condiciones para hurgar en archivos en busca de cifras exactas, pero creo que fue en diciembre de 1930. El día se había oscurecido ligeramente y estaba bastante ventoso; aproximadamente a las 10 de la mañana, casi de improviso, sus ráfagas arreciaron con gran fuerza. Al ruido del vendaval se agregaba el zumbido de las casas de chapa, y por las calles de tierra y ripio el rodar de chapas viejas, latas vacías y maderas.
La gente ya habituada a ello seguía su actividad, hasta que le llamó la atención un ruido extraño que llegaba desde el aire. ¡Es el aeroplano que pasa!, dijeron todos sin prestar mayor atención.
Pero como el ruido persistía, dando la sensación de estar siempre en el mismo lugar como algo que estuviera fijo en el firmamento, los vecinos comenzaron a asomarse a las puertas, levantando la mirada y lo que vieron les indicó la inminencia de un drama.
Como clavado contra las nubes, a unos mil metros de altura, estaba el “aeroplano”, fijo en el mismo lugar, asemejando a un cóndor cuando desde el aire acecha su presa sobre la tierra. Con el motor al máximo de sus revoluciones, se batía contra el vendaval sin poder avanzar, balanceándose, ligeramente hacia un costado y el otro, y elevándose también en balanceo de nariz o cola. Por momentos, ante alguna fugaz disminución de las ráfagas, avanzaba en una especie de salto para de inmediato quedar nuevamente detenido y hasta retroceder ante el empuje del ventarrón. Se lo notó maniobrar, como queriendo virar hacia el oeste y dar vuelta dirigiéndose nuevamente a la pista de aterrizaje, y se notaba que el piloto, Domingo Irigoyen, pretendía efectuar maniobras como para que el vendaval lo llevara hacia la pista, sita en Km. 9. En sucesivas maniobras para lograrlo se lo vio perderse lentamente detrás de la cordonada del Cerro Chenque, buscando ubicarse en forma directa sobre la pista, para lograr el peligroso aterrizaje.
La voz de: “El viento se lleva al aeroplano con cuatro pasajeros”, corrió de boca en boca. Todas las personas que disponían de vehículos salieron rumbo al campo de aviación. De los cuarteles del regimiento de pontoneros, recientemente llegado a Comodoro Rivadavia, salieron varios camiones conduciendo soldados y policías, y lo mismo hacían algunos de YPF, con cuadrillas de obreros para poder prestar alguna ayuda en el momento necesario.
Llegaron antes que el avión (un Late 26) el cual, como un cangrejo en el aire y efectuando maniobras como para lograr la posición más conveniente, se deslizaba casi en marcha hacia atrás y siempre fuertemente sacudido, dando la impresión de que, en cualquier momento, el piloto perdería el control y el viento arrastraría la máquina y daría con ella en tierra, como un barrilete sin cola.
Con ansiedad era presenciada desde tierra, esa tremenda lucha contra la fatalidad. Poco a poco, el avión iba perdiendo altura y, ya muy cerca de la pista, la figura del piloto, sentado fuera de la cabina y detrás de un pequeño parabrisas, el cuerpo embutido en un grueso traje buzo, la cabeza cubierta con un gorro pasa montaña y grandes antiparras, era visible por momentos. Los cuatro pasajeros, total de la capacidad de plazas, iban encerrados en la cabina con diminutas ventanillas altas, casi como en una jaula.
Texto de “Caminos y rastrilladas borrosas” – Asencio Abeijon

