Aproximadamente en el año 1912, un poblador de Caleta Olivia apostó mil pesos asegurando que uniría a Caleta y Comodoro Rivadavia con su caballo en el tiempo que durara la luz diurna en pleno verano, o sea unas 18 horas. No existía entonces camino de unión por medio de vehículos, ni aún livianos, entre Comodoro Rivadavia y Caleta Olivia, vale decir que el trayecto costero, sólo podía hacerse a caballo. De lo contrario, había que efectuar una vuelta que duplicaba la distancia.
El jinete haría su trayecto costeando el mar, aunque en ciertos tramos debía abandonar la playa obligadamente por la existencia de barrancas, orillas muy pedregosas, y restingas infranqueables, efectuando rodeos por cuestas arenosas y de tupidos matorrales, en los cuales no existían ni siquiera senderos. La apuesta parecía fantástica, tanto por la crecida suma como por el difícil trayecto a recorrer. La indiferencia, la falta de medios y de tiempo, hizo que nada de ello se anotara, por lo cual los datos de nombres y fechas exactas se olvidan.
La prueba se desarrollaba bien, pero, con el fin de pasar a la playa de Rada Tilly sin abandonar la costa del mar, evitando así rodeos costosos y más prolongados, el jinete detuvo su caballo por media hora. Aguardaba una mayor bajante en la marea que en una parte le impedía el paso a consecuencia de un error que el hombre había cometido al calcular la variedad diaria en el movimiento de las mareas. Esto le motivó la pérdida de la apuesta, ya con la meta a la vista y entrando casi en el terreno llano y suave de la arena húmeda, porque en su confianza omitió un detalle simple y que por cierto ignoraba, como era el de mantener el caballo en movimiento. Durante este breve tiempo el animal se enfrió y comenzó a sufrir calambres. Se decía que el hombre quiso darle un descanso para respiro al caballo, lo cual no es real, ya que una persona de tanto conocimiento como era el jinete, no pudo incurrir en un error semejante. Lo que ocurrió fue en el escaso tramo que lo uniría a la suave playa de Rada Tilly, debía atravesar una áspera restinga, en un tramo de la cual debía mojar el caballo en el agua fría del mar, al cruzar un estrecho brazo de agua que aún no había bajado lo suficiente. Esta espera corta, pero en la inmovilidad, le costó la apuesta por enfriamiento del animal, ya entrando al terreno más fácil, y a poco más de 10 kilómetros de la meta. Pero demostró la gran resistencia de su caballo, que era lo que más le interesaba al hombre, ya que consideraba el fracaso como exclusiva culpa suya y por ello aceptaba el castigo de su error, en el pago de los mil pesos.
Otra apuesta en cierto modo similar a la relatada, pero en la cual campeaba la picardía por dos partes intervinientes, se protagonizó aproximadamente en el año 1915, cuando aún no hacía mucho que se había habilitado el ferrocarril Comodoro Rivadavia-Sarmiento.
Don Silvano Olivares era un auténtico criollo que había llegado poco después del comienzo de siglo, en compañía de su esposa y siete hijos, arriando su hacienda desde el sur de la Provincia de Buenos Aires, y se estableció con la misma en la zona de El Tordillo. Cuando venía al pueblo siempre lo hacía bien montado, vistiendo chiripá, hecho con un poncho de vicuña, lujosa rastra en el tirador, espuelas de plata, sombrero, blusa bordada y pañuelo floreado al cuello. Todo el apero de su caballo era plateado y con incrustaciones de oro, igual que el rebenque. Le gustaba el juego, era farrista, dicharachero y pródigo con su dinero.
En cierta oportunidad hizo una apuesta con personas del pueblo, por la que se comprometía a salir junto con el tren desde la estación Km. 62 en Pampa del Castillo, cuando éste venía cargado desde Sarmiento, y a caballo llegar a la estación de Comodoro Rivadavia antes que el ferrocarril. Concretada la apuesta, don Silvano alquiló un vagón ferroviario para ganado en la estación 62 y subió al mismo montado en su caballo.
Una vez en la estación de Km. 5, hoy Roberto Ortiz, donde el tren, que traía más de diez vagones enganchados, debía efectuar maniobras de enganche y desenganche de nuevos vagones y cambio de los mismos a vías muertas, don Silvano descendió con su caballo del vagón, y a toda carrera se dirigió a la estación de Comodoro, distante 5 kilómetros, lugar al que llegó a tiempo aún para esperar al tren. Y le pagaron la apuesta, porque en realidad el juego andaba entre vivos. Sus contrarios sabían que don Silvano les iba a jugar la treta de subir su caballo al vagón, pero como sería en el de último término o el de “cola”, y la carrera era contra el ferrocarril, siempre llevaba las de perder, porque de cualquier forma la locomotora iba a llegar primero. Pero el jinete sospechaba que le iban a plantear esa cuestión a la llegada, por lo cual descendió en Km. 5 y aprovechando el tiempo que el tren necesitaba para realizar las maniobras de cambio, enganche y desenganche de vagones, y válido de la resistencia y velocidad de su caballo, pudo llegar a Comodoro antes que el tren. La treta del descenso en Km. 5, no había entrado en los cálculos de los contrarios, ya que luego de haber salido de dicha estación, no habría podido descender del vagón con el tren en marcha sin el seguro peligro de quebrar el caballo, y aún él mismo. Pagaron sin protestas, porque en esos años, todo servía de entretenimiento.
Texto de “Caminos y rastrilladas borrosas” – Asencio Abeijon

