sábado, 31 de octubre de 2026

El destino se empecinó en ubicar a Edgard Andrew en lugares equivocados todo el tiempo. Nació en Córdoba, a 27 kilómetros de la ciudad de Río Cuarto, en marzo de 1895. Sus padres, Samuel Andrew y Annie Robson, eran ingleses de Yorkshire, aunque llevaban veinticinco años afincados en la provincia mediterránea. Samuel era mayordomo de la estancia “El Durazno”, una de las seis que integraba un complejo de trescientas mil hectáreas denominado San Ambrosio, que era propiedad de la principal heredera de don Ambrosio Olmos, la exquisita señora Adelia María Harilaos.

Allí en “El Durazno” nació el séptimo hijo del matrimonio, Edgard. Fue Annie quien debió cargar con el peso de la formación y provisión de sus siete hijos, debido a la temprana muerte del padre de los chicos.

A medida que se convertían en adolescentes, los Andrew eran enviados a Inglaterra para estudiar una carrera con futuro. La costumbre de hacer que, sobre todo los hijos y en algunos casos las hijas, estudiaran en la patria de sus padres siempre albergados por parientes- estaba muy arraigada entre ingleses y norteamericanos. El primero de los Andrew en cruzar a Europa fue Alfred, quien se convirtió en ingeniero naval, una profesión de gran desarrollo en aquellos tiempos. Su carrera continuó en Buenos Aires, en la Armada. Luego fueron viajando otros hermanos hasta que en 1911 llegó el turno de Edgard.

No fue en el mejor momento porque el joven anglo-cordobés ya había intercambiado flechazos de Cupido con Josefina Cowan, hija de un matrimonio que también había emigrado de Inglaterra. Los Cowan no estaban a la vuelta de la esquina: vivían en Buenos Aires, en el flamante barrio de Belgrano, y es muy probable que Edgard y Josey se conocieran durante unas vacaciones de los Cowan en Córdoba. Lo cierto es que el joven Edgard, perturbadamente enamorado, debió partir y abandonar su incipiente noviazgo.

Instalado en Europa, y mientras llevaba adelante sus estudios, Edgard recibió una carta proveniente de los Estados Unidos. Era del hermano mayor, Alfred, joven promesa de la Armada: lo habían enviado a supervisar la construcción de buques que había encargado la Argentina. Pero las noticias hablaban de un cambio de rumbo. Alfred le informaba que había conocido a una mujer con quien se casaría en breve. Instaba a Edgard a viajar a Nueva York para participar del casamiento y no sólo eso: le ofrecía un futuro próspero junto a él. De esto no había duda: el marino se casaba con Harriet Fisher, una mujer mayor que el novio, flamante viuda y millonaria, dueña de Fisher & Norris Anvil Works, empresa proveedora del Departamento de Defensa de los Estados Unidos. Alfred Andrew renunciaba a la Armada para quedarse en Nueva Jersey con Harriet, y Edgard renunciaba a sus estudios en Bournemouth (sur de Inglaterra) para trabajar en Fisher & Norris. Los hermanos cordobeses tenían el futuro asegurado de la mano de la pudiente Harriet.

Pero la de Alfred no fue la única carta que recibió.

Edgard. También le había escrito su soñada Josey para contarle que viajaría a Londres. Justo cuando él debía embarcarse a los Estados Unidos, llegaba su novia a Inglaterra! De todas maneras, había posibilidades de verla y asistir al casamiento de su hermano. Se trataba de organizar la fecha de partida para llegar con el tiempo justo para asistir a la ceremonia en Broadway.

Su hermano se casaba el 27 de abril. Por lo tanto, el plan de Edgard era partir en el vapor Oceanic el día 17, lo que le permitiría ver antes a su Josey, quien estaría arribando el 14 o 15. Sin embargo, el sindicato de los carboneros torcería su destino. Porque justo en esos días se inició una huelga de carboneros (que era lo que para nosotros sería una huelga de las petroleras). Debido a la falta de provisión de carbón, la compañía White Star tuvo que cancelar la partida de tres de sus barcos: el Majestic, el New York y el Oceanic. Prefería emplear todo el carbón del que disponía para el viaje inaugural de la flamante estrella de la compañía, el majestuoso transatlántico Titanic, de 269 metros de eslora, es decir, de largo.

Edgard Andrew, quien acababa de cumplir diecisiete años, no tuvo más remedio que aceptar su mala suerte y canjear su pasaje del Oceanic por uno en el Titanic, que saldría una semana antes y que no le permitiría ver a Josey. Optó por un camarote compartido de la Segunda Clase (ticket 231.945 de la White Star), cuyo valor correspondía a unos 650 dólares actuales.

A las 12:05 del viernes 10 de abril de 1912, en el puerto de Southampton, se embarcaba en el Titanic el cordobés Andrew, uno de los argentinos que participó en el único viaje que hizo el barco. Ese mediodía, luego de acomodar sus pertenencias en el camarote, compartió la mesa del elegante comedor de Segunda Clase con los integrantes del grupo de compañeros de travesía que le tocó en suerte: la maestra Winnie Troutt, el empresario Jacob Milling (48), Bertha Illet, el matrimonio de Charles y Alice Louch y el único Andrew, además de él, que había en todo el barco. Nos referimos a Frank Andrew, minero, con quien no tenía ningún parentesco. Al igual que Edgard, la maestra Troutt pensaba viajar en el Oceanic, sin embargo, debió optar por el Titanic porque también estaba apurada: en Massachusetts la aguardaba su hermana Elsie, quien estaba por dar a luz.

En su primera tarde a bordo, mientras el gigantesco vapor cruzaba el Canal de la Mancha, Edgard escribió dos postales, una para su hermano Wilfred, quien había quedado en Córdoba ocupando las funciones de su padre, y otra para su amigo Rómulo “Pancho” Despósito, quien se hallaba estudiando reproducción lechera en Turín, becado por Adelia Harilaos de Olmos. El barco se detuvo en el puerto francés de Cherburgo a las 18:30. En aquella escala quedaron veinticuatro pasajeros que habían abordado en Southampton. Tenían pasajes en Primera y Segunda Clase para cruzar el Canal, nada más. Dos horas más tarde, levaba anclas rumbo a Irlanda. Esa noche, Andrew comió con sus nuevos amigos.

Al mediodía siguiente tocaron el último puerto, Queenstown, en Irlanda. Edgard, como tantos otros, aprovechó para despachar correspondencia. Abordaron los nuevos pasajeros, bajaron siete y el gigante se lanzó al Mar del Norte. Southampton y las dos escalas quedaban atrás. El próximo puerto sería Nueva York.

A las 23:40 del martes 14 de abril de 1912, el coloso del mar se topó con un iceberg que surgió de entre la espesa niebla. Fue divisado a 450 metros de distancia y la reacción de la tripulación fue rápida, pero ya era demasiado tarde. El impacto por el choque se sintió mucho más en la Tercera Clase (ubicada en los niveles inferiores) y en la Segunda (situada en los niveles intermedios), donde viajaba Edgard Andrew. En la Primera, apenas lo notaron.

Andrew salió de su camarote y se encontró con Milling. Los hombres especulaban acerca del sacudón que sintieron cuando se sumó Winnie Troutt, quien venía de la cubierta. La maestra no ocultaba su preocupación. Les contó que había oído que el Titanic había embestido a un iceberg. “Vamos a hundirnos”, les dijo. Edgard sonrió y le aseguró que no había motivo para alarmarse. El empresario Milling también intentó tranquilizarla. Le explicó que era fácil establecer comunicación con otros barcos que navegaban por la zona, que él mismo había enviado un mensaje telegráfico esa tarde y que, en caso de estar en peligro, eso haría el capitán.

Los tres pasajeros regresaron a sus camarotes. Respecto de la mujer, sólo una de las dos compañeras de cuarto de Winnie permanecía en su interior. Susie Weber ya no estaba y Nora Keane intentaba atarse un corset, pero los nervios no se lo permitían. Winnie salió del camarote y acudió una vez más a la cubierta donde pudo horror que se alistaban los botes.

Edgard y Milling fueron advertidos por tripulantes que recorrían los pasillos golpeando las puertas, que debían salir a cubierta con sus chalecos salvavidas puestos. Casi todos acataron las instrucciones. Sin embargo, los escépticos superaban, por mucho, a los realistas. A las 0:45, hora en que el primer bote salvavidas fue bajado al mar, llevaba a las únicas 27 personas (todos de Primera Clase) que aceptaron embarcarse: tenía capacidad para transportar a 60. Fue necesario que abordaran miembros de la tripulación -mucamas y empleadas de la cocina- para que los pasajeros perdieran el temor.

En medio del caos el cordobés Edgard Andrew se topó con una angustiada Winnie Troutt en la cubierta. La gran preocupación de ella no era conseguir un lugar en un bote; lo que lamentaba era no tener su correspondiente chaleco salvavidas. Edgard se quitó el suyo de inmediato y se lo entregó.

Todas las mujeres mencionadas en este relato salvaron sus vidas. Todos los hombres mencionados murieron ahogados o congelados en aquella fría noche. La lista fatal contiene 1.522 nombres. A diferencia del naufragio del América en el Río de la Plata, donde la caballerosidad se dio en cuentagotas, en el Titanic murieron ocho de cada diez hombres y se salvaron ocho de cada diez mujeres.

 

 

Texto de “Historias inesperadas de la historia Argentina” – Daniel Balmaceda

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