La travesía es un arma de combate para el salvaje, si podemos expresarnos así, en el sentido de que él aprovecha todos los accidentes de la naturaleza para asaltarnos y vencernos.
La sorpresa de La Balsa es una prueba de ello.
El general Aldao había acampado en mayo de 1833 en el punto en que, bifurcándose en grandes brazos el río Chadi-leuvú o río Salado, forma una gran isla.
El ejército ocupaba el centro de la isla, y desde allí habían salido partidas a hacer la policía de los campos.
Las del sur, como dijimos, siguieron el camino de Nahuel-mapú, al Colorado, llegando hasta Choique-mahuida, o “sierra del avestruz”.
El vado del brazo del oeste del río se hacía por medio de una balsa, y de ahí el nombre que hasta hoy lleva de paso de La Balsa.
No ha sido dada aún la posición geográfica de este paraje, pero avanzaremos que está 20 leguas al noroeste del Nahuel-mapú.
El paso de La Balsa era custodiado por una compañía de infantes.
Se creía limpio el desierto en aquellas alturas, por la fuga de los bárbaros; y las guardias avanzadas dormían tendidas a la bartola.
¿Dónde estaban los indios?
Habían sido arrojados a la travesía de Nahuel-mapú y se los creía probablemente pereciendo de sed y de hambre y próximos a abandonar sus cadáveres al tigre, soberano señor de la comarca. La madrugada del 14 de mayo fue funesta, enseñando que en el desierto no se debe dormir confiado en los perros solamente, y que las travesías pueden ser una garantía y también un terrible peligro.
En efecto, los indios ranqueles, arrojados a ella, habían cruzado los arenales, cayendo como un rayo sobre el paso de La Balsa.
La compañía de fusileros fue pasada a cuchillo y solamente se salvó un soldado, que se arrojó al río y lo cruzó nadando.
El capitán Mosqueira, el teniente Maldonado, el ayudante Guevara, todos perecieron.
Los indios eran 50, y su empresa no pudo ser más audaz y feliz porque se trataba de 40 veteranos armados de fusil.
El coronel Velazco escribe en el parte de este desgraciado episodio: “Éstos dicen que la compañía fue acometida por los salvajes al amanecer del día de hoy, como en número de 50 y por todas direcciones, que los centinelas se retiraron a la compañía, haciendo antes su descarga, pero fue tan rápida la carga de los salvajes a pie y cabalgados, que no dio tiempo a ésta ni aun a formar, siendo derrotada y dispersada completamente”.
El mismo día fue lanceado el cacique Barbon, de 90 años de edad; y por orden del Fraile Aldao, su cuerpo quedó expuesto en alto, ensartado en unos palos plantados a la orilla del río, para escarmiento de Yanquetruz y otros pícaros que habían dejado de ser fieles al señor general Rosas.
Fragmento del libro “La conquista de quince mil leguas”, de Estanislao Zeballos

