sábado, 4 de julio de 2026

El fútbol consigue un milagro que la política, la economía o la religión solo alcanzan de vez en cuando: convertir a millones de desconocidos en una misma voz durante noventa minutos

Hoy la identidad futbolística se construye tanto por los vínculos familiares y culturales como por el lugar de nacimiento. Cerca de 300 jugadores comenzaron este Mundial defendiendo un país distinto del que los vio nacer. En el Mundial del 78 eran un 2%, apenas una excepción, hoy representan una cuarta parte del torneo. Para no hablar de aquellos que defienden a su país, pero ejercen la profesión en otro. En Selecciones como las Sudamericanas, casi todos. Más que un Mundial de naciones, asistimos al Mundial de la diáspora. El fútbol, una vez más, contando el tiempo que vivimos.

Mientras los futbolistas cambian de país con una naturalidad impensable hace unas décadas, las aficiones siguen sintiendo la camiseta como una prolongación del barrio.

El estallido identitario que las aficiones expresan en cada partido resulta emocionante. El presidente de Ecuador declaró fiesta nacional el día después de que la Selección se impusiera heroicamente (las palabras no pueden quedarse cortas) a Alemania. México también era una fiesta después de los tres partidos ganados en la primera fase. La confianza se iba reforzando y el entusiasmo crecía. La suerte quiso que los dos se enfrentaran en dieciseisavos para que un pueblo entero se quedara en el camino y el otro se sintiera en la gloria. Fui testigo de esas dos pasiones enfrentadas. Parecía que se jugaban el país.

Ganó México. El partido terminó y el fútbol abandonó el estadio y ganó la calle. Ahí esperaban muchos aficionados que se llegaron al Azteca para oler el fútbol desde cerca, pero sin posibilidad de disfrutarlo porque no les alcanza para una entrada. Esperaron afuera y ahora, al final, disfrutan del triunfo cantando y bailando. La alegría les desborda. Me fijo en ellos, los que siempre se sintieron dueños del juego y, sin embargo, el fútbol los ha ido orillando. No parecen desilusionados, como si la alegría de la victoria bastara para sentirse indemnizados.

Ha llovido y saltan sobre los charcos empapándose como niños. ¿Cuándo dejó el pueblo de caber en los estadios que habían convertido en sus casas? ¿Por qué razón solo pueden disfrutar de las sobras del fútbol en los alrededores del Azteca, en cada barrio, en cada pueblo? Calles desbordantes de alegría contagiosa, como los más de un millón de personas reunidas para celebrar en el Ángel de la Independencia. El fútbol no les permite entrar al estadio, pero los saca a la calle para festejar lo que les están quitando. Quizás porque el fútbol consigue un milagro que la política, la economía o la religión solo alcanzan de vez en cuando: convertir a millones de desconocidos en una misma voz durante noventa minutos. Cincuenta años viendo lo que provoca este juego y, sin embargo, sigo asombrándome.

El fútbol fabrica millones de dólares y multiplica sus mercados. Cada año parece preocuparse menos por quienes lo hicieron grande y más por quienes lo hacen rentable. Pero antes que dinero, el fútbol fabrica identidad. Esa gente que canta y baila no solo se siente más feliz, se siente más unida, más mexicana.

Las cámaras nos muestran al ubicuo Infantino con un exjugador famoso a su espalda. Es el nuevo fútbol buscando credibilidad por la fuerza de una imagen. Pero el verdadero protagonista sigue siendo otro. Es ese desconocido que canta bajo la lluvia después del triunfo de su selección. El fútbol podrá cambiar de dueños y de mercados. Lo que todavía no ha conseguido cambiar es el lugar donde nace su riqueza más valiosa: la emoción compartida. Esa que une a quien vio el partido desde un palco con quien lo celebra en la calle sin haber podido entrar al estadio.

 

 

Por Jorge Valdano para El País

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