sábado, 20 de julio de 2024

Al no querer ver más allá de Joe Biden, los demócratas han demostrado cobardía y complacencia.

La política estadounidense está paralizada por una contradicción del tamaño del Gran Cañón del Colorado. Los demócratas braman contra la reelección de Donald Trump y dicen que supondrá la perdición de la democracia de su país. Y, sin embargo, a la hora de decidir a su rival en las elecciones de noviembre, da la impresión de que el partido aprobará dócilmente la candidatura de un anciano de 81 años con el peor índice de aprobación de todos los presidentes modernos a estas alturas de mandato. ¿Cómo se ha llegado a eso?

El nivel de aprobación de Joe Biden se sitúa 16 puntos por debajo de la tasa de desaprobación. Trump, por delante en las encuestas de los estados indecisos que decantarán las elecciones, está muy cerca de su segunda victoria presidencial. Por más que no se perciba a Trump como un dictador en potencia, se trata de una perspectiva alarmante. Una parte sustancial de los demócratas preferiría que Biden no se presentara; pero, en lugar de plantear una alternativa o apoyarlo sin fisuras en su campaña, se dedican a rezongar con mirada aturdida contra el lío en el que están metidos.

No hay secretos sobre los motivos de la impopularidad de Biden. En parte, se debe al sostenido estallido inflacionario sufrido. Y luego está la edad. La mayoría de los estadounidenses conoce a alguien que ya ha cumplido los ochenta y a quien se le empiezan a notar los años. También sabe que, por muy buena persona que sea, no se le debería conceder otro período de cuatro años en el trabajo más difícil del mundo.

En 2023, Biden podría -y debería- haber decidido ser un presidente de un único mandato. Habría sido venerado en tanto que ejemplo de servicio público y reproche al ego desmesurado de Trump. Los peces gordos demócratas lo saben. De hecho, antes de que su partido obtuviera unos resultados mejores de lo esperado en las elecciones legislativas de medio mandato, muchos miembros del partido pensaban que Biden se haría a un lado. The Economist sostuvo hace ya más de un año que el presidente no debía presentarse a la reelección.

Por desgracia, Biden y su partido tenían varias razones para que participara en otra campaña más, ninguna de ellas buena. Su sentido del deber se ha visto contaminado por la vanidad. Tras haberse presentado por primera vez a las elecciones presidenciales en 1987 y haberse esforzado durante tanto tiempo para conseguir sentarse tras el escritorio Resolute del Despacho Oval, se ha dejado seducir por la creencia de que su país lo necesita porque ha demostrado ser capaz de derrotar a Trump.

Cobardía y complacencia

Y seguramente también el deseo de servir de su personal se ha visto empañado por la ambición. Es algo natural en las administraciones que muchos de los asesores más cercanos de un presidente no vuelvan nunca a estar tan cerca del poder. Por supuesto, no quieren ver a su hombre abandonar la Casa Blanca para centrarse en la fundación de su biblioteca presidencial.

Los dirigentes demócratas han sido cobardes y complacientes. Como muchos republicanos pusilánimes del Congreso, a quienes no les gustaba Trump y lo consideraban peligroso (pero que no se atrevieron a destituirlo y ni siquiera a criticarlo), los fieles demócratas no han querido obrar en consonancia con sus inquietudes frente al desatino de Biden. Si ha sido por la amenaza a sus propias carreras, el comportamiento ha sido cobarde. Si ha sido por pensar que Trump es su propio peor enemigo, ha sido complaciente. Los índices de aprobación Biden no han dejado de caer, mientras que las 91 acusaciones penales a las que se enfrenta Trump no han hecho por ahora más que fortalecerlo.

Dadas las circunstancias, cabría pensar que lo mejor sería que Biden se mantuviera al margen. Al fin y al cabo, aún faltan diez meses para las elecciones y el Partido Demócrata tiene suficiente talento en sus filas. Por desgracia, no se trata sólo de una eventualidad muy poco probable, sino que, cuanto más se analiza lo que podría ocurrir, encontrar a estas alturas una alternativa a Biden sería una tirada de dados desesperada e imprudente.

Alternativas en el cargo
En caso de que se retirara hoy, el Partido Demócrata tendría que reconfigurar vertiginosamente sus primarias, porque los plazos de presentación de candidaturas ya han vencido en muchos estados y los únicos otros candidatos de la papeleta son un congresista poco conocido llamado Dean Phillips y una gurú de la autoayuda llamada Marianne Williamson. Suponiendo que esa reconfiguración fuera posible y que la previsible avalancha de juicios fuera manejable, las asambleas legislativas estatales tendrían que aprobar nuevas fechas para las primarias muy cerca de la convención de agosto. Habría que organizar una serie de debates para que los votantes de las primarias supieran qué estaban votando. El abanico de candidatos podría ser enorme y no habría forma evidente de reducirlo rápidamente: en las primarias demócratas de 2020 se presentaron 29 candidatos.

Semejante caos podría merecer la pena si el partido lograra la seguridad de llegar a las elecciones con un candidato joven y elegible. Sin embargo, parece igualmente posible que el ganador final acabara resultando inelegible: Bernie Sanders, por ejemplo, un autodeclarado socialista democrático que tiene un año más que Biden. De todos modos, lo más probable es que la candidatura recayera en Kamala Harris, la vicepresidenta. Harris tiene la ventaja de no ser mayor, aunque dice mucho de la gerontocracia del Partido Demócrata el hecho de que vaya a cumplir 60 años en noviembre y se la considere joven.

Por desgracia, ha demostrado ser una mala comunicadora, una desventaja tanto en el cargo como en campaña. Harris es un producto de maquinaria política de California y nunca ha conseguido atraer a los votantes de otros estados. Su campaña en 2020 fue espantosa. A veces da la impresión de que su teleprompter ha sido pirateado por un humorista. La inmigración y la frontera sur (asuntos de los que se ocupa para Biden) son la cuestión más importante para Trump y la más débil para los demócratas. Las posibilidades de Harris de vencer a Trump parecen incluso menores que las de su jefe.

Por lo tanto, es mejor que los demócratas se centren en elegir a Biden. La economía promete un aterrizaje suave; los trabajadores están viendo un crecimiento de los salarios reales y el pleno empleo. Si Trump fuera condenado, podría ocurrir entonces que los votantes lo castigaran. Lo más importante es vigorizar la campaña. Los demócratas necesitan desatar cierto entusiasmo y crear la sensación de que un segundo mandato es posible.

Cabalgando con Biden
El presidente no es bueno haciendo campaña y se enfrenta a un candidato cuyos mítines son una mezcla de reunión de secta y espectáculo de vodevil. Necesita a alguien que sepa hablar a las multitudes y salir en televisión por él. Esa persona no es Kamala Harris.

Una forma en que podría servir a su partido y a su país, y ayudar a mantener a Trump alejado de la Casa Blanca, sería que renunciara a otro mandato como vicepresidenta. Biden podría presentar así su segundo mandato como una presidencia diferente donde compartiría más responsabilidades con un vicepresidente que actuaría más como un director ejecutivo. En cualquier caso, Biden necesita la ayuda de un ejército de demócratas entusiastas dispuestos a hacer campaña a su lado. De momento, él y su partido caminan cual sonámbulos hacia el desastre,

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