sábado, 1 de agosto de 2026
El 1 de agosto de 1776 el rey Carlos III de España firmó la Real Cédula que dio origen al Virreinato del Río de la Plata.

Hasta 1810 el Virreinato del Río de la Plata tuvo su parte más rica y poblada en las provincias del Alto Perú. Mitre estima que todo el Virreinato, incluidos el Alto Perú, Paraguay y la Banda Oriental, contaba al comienzo de la revolución con 800.000 habitantes. Lo que hoy corresponde a la Argentina, en cálculos de Diego de la Fuente, eran 406.000 almas distribuidas de la siguiente manera: Buenos Aires (ciudad y campaña) 92.000 habitantes; Córdoba, 60.000; Santiago del Estero, 40.500; Tucumán, 35.900; Salta, 26.270; Catamarca, 24.300; San Juan, 22.220; Mendoza, 21.492; Entre Ríos, 16.500; San Luis, 16.242; Corrientes, 12.770; La Rioja, 12.619; Santa Fe, 12.520; Jujuy, 12.278.

Estos cálculos dejan de lado a la población indígena que ocupaba entonces el 60% del actual territorio argentino. Una parte ocupaba el Gran Chaco (en la actualidad, norte de Santa Fe, Chaco, Formosa y este de la provincia de Salta). Al sur de la entonces frontera de Buenos Aires, Córdoba, San Luis y Mendoza estaban los pampas, ranqueles, huilliches y pehuenches, y más allá de los ríos Colorado y Negro, en la Patagonia, tenían su morada los tehuelches y los araucanos (indios chilenos); los onas habitaban el norte de Tierra de Fuego y los yámanas y alakalufes los estrechos del sur.

¿Cuántos indios había? Los datos son por demás imprecisos. El sabio Alcides D’Orbigny, que vino al país en 1830, dice que hay 32.400 indígenas en estado salvaje y 40.000 civilizados en las Misiones. Pampas y araucanos estaban en condiciones de juntar cinco mil lanzas de guerra, como lo hicieron en algunos memorables malones de esa época.

Otros datos indican que la población de la campaña es más numerosa que la de las ciudades, que son pocos los españoles peninsulares y que la presencia de extranjeros sólo es digna de mención en Buenos Aires.

En 1819, la población de las Provincias Unidas se estimaba en 527.000 habitantes. Si se analizan estas cifras, admira el peso político y militar de las provincias de Entre Ríos y Santa Fe, comparativamente pequeñas, en la guerra contra Buenos Aires; que Mendoza a pesar de sus pocos habitantes hiciera posible la campaña de los Andes; que Buenos Aires después de las invasiones inglesas tuviera 8.000 hombres bajo las armas, casi uno de cada diez habitantes; y que jurisdicciones pequeñas, como La Rioja y Jujuy, tuvieran conciencia de su identidad y aspiraran a una vida independiente. Desde fines del siglo XVIII la población estaba aumentando en forma constante. El crecimiento beneficiaba al Litoral y especialmente a Buenos Aires. La guerra de la Independencia empobreció y despobló el Norte. Provincias relativamente bien pobladas, como Santiago del Estero y Córdoba, proporcionaban mano de obra a la campaña porteña en pleno proceso de expansión. Su gente se conchababa en las chacras para la cosecha o en las estancias como agregados.

Estas diferencias regionales se profundizan al considerarlas desde el punto de vista económico. Buenos Aires había perdido el control de la plata altoperuana, el tabaco y la yerba del Paraguay y los cueros del Uruguay, pero conservaba la formidable aduana. Por tal razón era imposible organizar el país sin su colaboración. Los intentos de otras provincias, como fue el caso de las cuyanas en el Tratado de Huanacache, para conformar una nueva organización local que suprimiera las aduanas internas, tuvieron un alcance limitado.

 

 

Texto de: “La Argentina – Historia del país y de su gente” María Sáenz Quesada

 

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