domingo, 12 de julio de 2026

La suma de tierra fértil, apta para los cultivos, más el riego permanente era música para los oídos de los colonos. Era lo que los atraía, lo que ponía en marcha la esperanza que los acercaba a la posibilidad de tener una buena vida y coronarla con la propiedad de la tierra. Una vez más ese mandato ancestral romano: lograr la propiedad, construir una nueva patria con la tierra que se tiene bajo los pies.

Cuántas cosas pasan por la cabeza de quien toma la decisión de emigrar. Porque no se trataba de una temporada en otra región de Italia, ni de probar suerte en el norte o, a lo sumo, en Suiza. Era irse a la otra parte del globo, a lo desconocido, lo más parecido a volver a nacer. Un duelo que implicaba la pérdida de los lazos de identidad, alejarse de familiares, amigos, rutinas, cultura y reconocimiento social. Al final del camino estaba América: Estados Unidos, Brasil, Argentina; o Australia.

El primer desgarramiento fue dejar la comodidad del pago chico, pero quizás el paso más doloroso era desprenderse de los afectos familiares más cercanos. Es cierto que la esperanza de iniciar un camino que debía conducir a una mejor vida activaba la energía necesaria para dar el paso hacia adelante. Resulta impactante el relato de Rómula Rosetani, de apenas diez años: “Mi madre nos indicó a mí y a mis hermanos que ordenáramos la pieza, que hiciéramos las camas, porque en no más de seis meses estaríamos de regreso”. Es claro que aquella indicación encerraba el sentimiento de una madre que sabía que emprendían un viaje sin retorno, pero que procuraba no herir la sensibilidad de sus hijos.

El próximo cimbronazo estaba allí nomás: la ciudad de Génova. Su puerto era, junto con el de Marsella, el más importante del Mediterráneo. Por allí salieron más de dos tercios de los emigrantes italianos; el resto lo hizo por Nápoles, Palermo, Livorno y Trieste. Génova reunía una larga tradición marítima, excelentes conexiones ferroviarias, infraestructura portuaria, albergues temporarios, servicios de salud y embarque, adaptándose al movimiento constante de grandes grupos de emigrantes y trasatlánticos.

Los emigrantes seguramente se consolaban pensando que, mientras permanecían en Génova, todavía estaban en Italia. Hasta que los atrapaba la rutina del barco: más de un mes a bordo, en un mundo desconocido, compartiendo el viaje con unas dos mil personas de distintos orígenes. No sorprende que esa travesía quedara grabada para siempre en la memoria de adultos y niños, tanto de primera como de tercera clase. Todos compartían un mismo objetivo, una ilusión semejante y experiencias de vida parecidas.

La novedad de la navegación, las escalas en Canarias y Brasil y la cercanía de Buenos Aires ayudaban a neutralizar la angustia mientras el Faro de la Linterna de Génova se hacía cada vez más pequeño. Construido en 1128 y reconstruido en 1543, era la última imagen de Italia que muchos nunca volverían a contemplar.

Buenos Aires abría una luz para la esperanza. Llevaba más de cuatro décadas recibiendo inmigrantes italianos y estaba profundamente impregnada de su cultura. La mayoría de los recién llegados tenía familiares o conocidos que los habían precedido. Sin embargo, quienes tenían como destino Río Negro permanecieron poco tiempo en la ciudad.

Pronto estaban a bordo del tren rumbo al sur, atravesando toda la provincia de Buenos Aires hasta Bahía Blanca. La primera provincia que recorrían tenía una extensión equivalente a toda Italia, y todavía faltaba la otra mitad del viaje.

El Ferrocarril del Sud, construido y administrado por capitales ingleses, era el gran motor del progreso. Junto con el riego conformaba la combinación que impulsó la radicación de productores dispuestos a trabajar la tierra y, con el tiempo, convertirse en propietarios.

La adjudicación de 15.000 hectáreas a la familia Zorrilla, vinculada a Julio Argentino Roca, tenía como finalidad facilitar el paso del ferrocarril. De esas tierras, Felipe Bonoli adquirió 5.000 hectáreas el 13 de julio de 1923, siguiendo la recomendación de su suegro César Cipolletti. A partir de allí impulsó la creación de la Compañía Ítalo Argentina de Colonización, destinada a organizar, administrar y financiar la colonia. El 11 de julio de 1924 quedó formalmente constituida con inversores privados, el respaldo del gobierno italiano y el apoyo del gobierno argentino encabezado por Marcelo T. de Alvear.

Participaron los bancos De Italia y Río de la Plata, Francés e Italiano y Banco Italiano para América del Sur, además de cinco navieras y empresarios italianos de Buenos Aires encabezados por Héctor Valsechi, primer presidente del directorio. Hay un detalle que suele pasar inadvertido: Bonoli compró las cinco mil hectáreas en nombre del Consorcio Bancario —integrado entonces por el Banco Francés e Italiano de América del Sur— y un año después las transfirió a la Compañía Ítalo Argentina de Colonización sin obtener comisión ni diferencia económica. A la luz de los acontecimientos posteriores, ese gesto simboliza la integridad y el espíritu que animó a quienes protagonizaron esta empresa, especialmente al ingeniero romano, que entonces tenía cuarenta años.

Fragmento del libro “Río de los Sauces”, de Horacio Massaccesi

 

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