Eva Perón y el viaje a Bariloche en 1950, la crónica real y un relato de ficción

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En cercanías del 70ª  aniversario de la muerte  de Eva Perón quiero volver sobre la recordación del único viaje que ella y el general Juan Domingo Perón, presidente de la República, realizaron por la región norte de la Patagonia, atravesando la provincia de Río Negro hasta San Carlos de Bariloche.

Voy a reiterar datos de una nota de mi autoría, aparecida en mayo de 2019 en este mismo portal de la Agencia Periodística Patagónica; pero en esta oportunidad voy a agregar algunos párrafos de un relato de ficción, tomados de mi cuento “Un mozo chileno hacía equilibrio con la bandeja”.

El viaje del jefe de Estado y su esposa se realizó, desde Buenos Aires, a bordo de un tren especial de la línea ferroviaria General Roca. Según varios testimonios recibidos por este cronista, de parte de memoriosos agentes ferroviarios que estaban en actividad en esa época, la base de la formación era un coche motor Ganz, de los denominado “Trenes blancos” que hasta casi fines de la década del ’40 cumplieron servicios entre Viedma y Bariloche.

La visita de Perón y Evita a la ciudad andina tenía un doble propósito: tomarse unos pocos días de descanso y visitar un supuesto emprendimiento de investigación atómica en la isla Huemul que estaba a cargo del enigmático científico alemán Ronald Richter.

Detrás de la motivación institucional del viaje quizás estuvo el comienzo de uno de los dramas  más intensos que se han vivido en el país: la cruel enfermedad  que finalmente llevaría a Evita a la tumba.

Las crónicas de la época recuerdan que en enero de 1950, mientras estaba visitando un  hogar para niños dependiente de la Fundación Eva Perón, Evita sufrió un desmayo y al  recibir atención médica se le descubrió un cuadro de fuerte anemia. Pocos días más tarde se le extraían tejidos del útero para una biopsia y surgía el  diagnóstico del cáncer, aunque la paciente sería engañada y sólo tomaría conocimiento de la importancia del mal hacia fines de 1951.

El viaje al sur, con una pausa de diez días en el habitual ritmo intenso de su vida, habría sido sugerencia de  los médicos para procurar estabilizar su cansado físico, antes de someterla a un tratamiento con rayos, que Evita finalmente nunca quiso aceptar.

La estación de Carmen de Patagones fue una de las paradas del itinerario. El recuerdo de varios vecinos es vívido e intenso. El  tren pasó a la medianoche, pero eran  los primeros días del otoño y el clima estaba cálido. Evita salió a saludar a la  puerta del coche donde viajaba, ataviada con un traje de color amarillo. No hubo discursos y tan sólo la entrega al presidente y a su esposa de algunos presentes por parte del  intendente de Patagones,  doctor Carlos Tessari.

Después, cuando el convoy arrancaba, se repartieron paquetes con ropa. Cada uno de los bultos estaba muy apretado y contenía varias prendas de vestir, perfectamente dobladas y atadas.

El Tren Blanco, en su viaje especial con Perón y Evita rumbo a Bariloche, siguió la recorrida por toda la línea sur,con diversas paradas. Pero no hay registro de las estaciones en donde se detuvo.

Don Leandro Inda, ex  ferroviario a quien siempre consultábamos cuando se trataba de temas vinculados al  tren, también recordó el paso de aquella formación con pasajeros tan importantes.

“Yo me acuerdo muy bien, en ese tiempo estaba de jefe de la estación Clemente Onelliy recibimos precisas instrucciones de que todo el personal debía estar sobre el andén, de punta en blanco, para saludar el paso del convoy” recordó Inda en diálogo con este cronista.

El veterano ferroviario agregó que “ese día el tren venía con un poco de atraso, justificado por supuesto, porque en cada pueblo el general y Evita salían a saludar por una de las puertas del coche motor y sus asistentes repartían paquetes con ropa”.

Uno de esos paquetes cayó justo en manos de don Leandro y el apreciado vecino viedmense aseguró que el pantalón y las tres camisas que contenían los estuvo usando durante unos cuántos años.

En Bariloche los ilustres visitantes fueron recibidos en el Palacio Municipal del Centro Cívico. En la foto que ilustra esta crónica, gentileza del Archivo Visual Patagónico, se pueden ver a Perón y Evita en el balcón de ese edificio, acompañados por el gobernador del Territorio de Río Negro, Emilio Belenguer; el intendente local, Giordano Andrigo, y el cura párroco de Bariloche, padre Enrique Monteverde, el mismo religioso que fue muy conocido en Carmen de Patagones.

Perón y Evita navegaron por el Nahuel Huapi, en la nave “Modesta Victoria” y arribaron a la isla Huemul, donde inspeccionaron unas gigantescas obras en plena construcción, que estaban realizando el Ejército con la mano de obra de conscriptos. En la memoria colectiva de los barilochenses quedó el recuerdo de la actitud de Evita, que puso su mirada en que los soldados estaban calzados con alpargatas y dio la orden de que se los equipara con botas especiales para nieve. Una nota del diario “El Cordillerano” señaló, tiempo atrás, que Eva también dispuso que los soldados conscriptos recibieran una paga salarial similar a los obreros del gremio de los albañiles.

La misma fuente periodística alude a la preocupación de Evita por los  alumnos de una escuela barilochense, que concurrían a clase casi descalzos, y ls disposición de que se les enviaran botas para nieve de la mejor calidad.

El regreso de la comitiva presidencial tuvo una alternativa imprevista, tal como lo narró el recordado maestro Juan Carlos Tassara, tanto en las páginas de su libro autobiográfico de memorias como en diálogo con este cronista. Tassara y su esposa Teresita Guidi eran maestros en la modesta escuela rural de la localidad de Ministro Ramos Mexía (Pichi Malal) en pena línea sur rionegrina.

 “Perón y Evita habían pasado en tren a  Bariloche en viaje de descanso, así que no habían  bajado en ninguna estación. A su regreso pensaban hacer lo mismo, así que se nos ocurrió escribirles y mandarles una carta por correo a Bariloche , expresándoles el deseo de alumnos y población de poder saludarlos a su paso por Ramos Mexía, para pedirle la construcción de un nuevo edificio para la escuela”, recordaba el maestro.

Seguía relatando el maestro Tassara que “pasaron los días y no sabíamos que la carta había llegado a manos del presidente y de Evita; pero unas horas antes de que pasara el tren de regreso vino una máquina exploradora y un coronel se llegó hasta la escuela para decirnos que a las 17 llegaba el tren presidencial y que Perón y Evita querían saludarnos”.

“Es de imaginarse el alborozo, alumnos y vecindario todo se volcaron a la estación y efectivamente ambos bajaron del tren y saludaron a gran parte de alumnos y pobladores. Además dejaron gran cantidad de equipos de ropa para mayores y niños”, añadía Tassara, destacando que Evita se comprometió a la realización de un edificio escolar adecuado, en reemplazo de la escuela rancho que tenían en ese momento.  Esa escuela se inauguró en 1954.

El viaje de Perón y Evita en la ficción

Todo lo que se ha contado hasta aquí ocurrió verdaderamente. Pero me he permitido jugar con algunos elementos verídicos para montar un relato de ficción, que se titula “Un mozo chileno hacía equilibrio con la bandeja”.

Ese trabajador gastronómico, al que le puse por apellidos los de Ramírez Patrón, cumplió servicios en aquel tren especial que llevó a Evita y Perón en viaje hasta Bariloche. Era muy joven en 1950 y varias décadas después seguía trabajando en el coche comedor, donde acierta a viajar un periodista porteño, llamado Bermúdez. En la medianoche, después que el último pasajero se retiró de la mesa, el periodista y el mozo de cruzan en una charla, que podría haber sido intrascendente, pero inesperadamente tomó mucho relieve para el hombre de prensa.

Voy a transcribir algunos tramos de mi cuento. Todo es ficción, quede claro.

“Casi no quedaba ningún comensal de sobremesa y el tren se sacudía nuevamente en el trayecto hacia Valcheta, así que Ramírez Patrón se acercó con su plato de ravioles y un vaso de vino tinto. “Si me permite me gustaría tener su compañía durante mi cena”, anunció.

-¿Trabajo difícil, no?-, lo interrogó el pasajero, como para dar pie a una charla que adivinaba interesante. El mal humor se le había disipado con la digestión y adivinaba que podría dormir plácidamente.

-Son más de treinta años con la bandeja. Menos en avión he trabajado en todas partes, hasta en un barco un par de temporadas, en los cruceros al Brasil para gente rica, sí señor.-

-¿Hace mucho que está en el tren?, parece muy familiar con el recorrido.-

-Empecé en este tren hace 33 años. La primera vez fue en 1950 en un viaje especial, con pasajeros muy importantes, fue inolvidable compartir con aquel matrimonio todo el trayecto desde Plaza Constitución hasta Bariloche.-, contó el chileno mientras pinchaba los ravioles.

-¿Eran pasajeros muy importantes?.- se interesó Bermúdez

-Sí, caballero, los más importantes en este país de ustedes, en un viaje que tenía algo de misterio, porque se ocultaban cosas y se decía que el lugar que visitarían allá en Bariloche era un sitio secreto.-

Bermúdez sintió una puntada en la nuca, porque la fecha aproximada y otro par de datos que Ramírez Patrón ponía en  su relato estaban abriendo una ventana en su memoria; en el archivo de los datos que un par de años antes, quizás un poco más, había estado recopilando para ese artículo que después los editores de aquella revista porteña habían rechazado con entusiasmo.

“¿Cómo sabe, este mozo chileno que vengo a encontrarme de casualidad en este recorrido impensado, como cuernos puede saber que el viaje de Perón y Evita a Bariloche en 1950 es una de mis mejores notas nunca publicadas?¿Está inventando o realmente estuvo allí?”

-Era un honor y una enorme responsabilidad atender en el tren especial  que corría hacia Bariloche con el presidente Juan Domingo Perón y su señora esposa, doña Eva. Los mucamos, el  cocinero, todo el personal,  éramos chilenos, uruguayos o paraguayos. Los encargados de seguridad  tenían miedo de algún atentado y decían que los extranjeros éramos más confiables-, arrancó Ramírez Patrón.

El mozo le contó que el viaje fue perfecto, las paradas en Bahía Blanca y Patagones se cumplieron ordenadamente, “porque fue mucha gente a las estaciones pero los argentinos pobres (así dijo) eran muy pacíficos y después de los saludos del general y doña Evita cuando les arrojaban los paquetes con ropa se iban alejando, tranquilos y contentos”.

-En la primera parte tuvimos poco trabajo, el general comió una tortilla de papas y la señora apenas picoteó una pechuga a la plancha con una ensalada de zanahoria y naranja, pero en el reservado especial, sin pasar al comedor.

-¿Sabe caballero qué pasó después a la  madrugada?-. No, Bermúdez tuvo que contestarle que no sabía, porque el chileno prolongaba la pausa a la espera de una respuesta.

Ramírez Patrón terminó el vino y tomó aire, como para largar un rollo de hilo muy apretado.

-Pocas veces lo conté en todos estos años, pero hoy a esta hora y en este punto del viaje el  recuerdo se me vuelve patente.

La oruga disminuía la marcha, posiblemente cerca de un pueblito apagado, y el mozo afirmó: —Aquel tren especial no paró hasta Jacobacci. Por eso en la mitad de la travesía el general Perón decidió estirar las piernas y se apareció en el salón restaurante.

-El presidente venía con uno de sus guardaespaldas, pero cuando vio que estaba yo solo, terminando de acomodar las mesas donde había cenado la comitiva, le dijo: váyase a dormir m’hijo, yo me tomo un café con el señor y vuelvo enseguida al camarote.

-Se imagina la situación? El mismísimo general Perón sentado allí, para que yo le sirviese un café, los dos solos en el comedor de un tren que atravesaba la Patagonia.

-Aquel hombre, tan grande y tan importante, a solas conmigo y conversando muy suavemente. Me contó que estaba preocupado, ‘el país está en marcha pero tengo muchos enemigos’, me dijo. ‘Estamos haciendo cosas muy importantes, hermano chileno, pero tengo una enorme pena, sabe. Por eso este viaje sirve para sacarme algunas telarañas de la cabeza, como dicen los gauchos en el campo. También para que mi negrita se distraiga un poco, pobre’, así me dijo el general.”

Punto, hasta aquí una parte del cuento. ¿Qué más le dijo el general Perón a aquel gastronómico chileno, en la charla a solas mientras el Tren Blanco atravesaba la meseta patagónica? ¿Qué le contó el mozo Ramírez Patrón al periodista Bermúdez?

El cuento “Un mozo chileno hacía equilibrio con la bandeja” ´forma parte del libro “La sequía y otros folletines al sur”, de Carlos Espinosa



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