
En el año 384, un iracundo erudito romano que respondía al nombre de Jerónimo llegó a Jerusalén acompañado de un séquito de ricas mujeres cristianas. Durante su viaje, no obstante, y pese a su piedad obsesiva, planeó sobre ellos la sospecha del escándalo sexual.
Jerónimo, que ya rondaba los cuarenta años, era un ilirio que había vivido como un ermitaño en el desierto sirio, siempre atormentado por deseos sexuales: “compañero sólo de escorpiones y fieras, me hallaba a menudo metido entre las danzas de las muchachas … ardía de deseo”. Jerónimo ocupaba entonces el cargo de secretario de Dámaso I, el obispo de Roma, ciudad en la que la nobleza había abrazado el cristianismo. Dámaso se sintió con la seguridad necesaria para declarar que los obispos de Roma, sucesores directos de san Pedro, realizaban su labor apostólica con la bendición divina, un gran paso en su evolución hacia los pontífices supremos e infalibles de épocas posteriores. La iglesia, en aquel momento, contaba con el deseado apoyo de los patricios, y Dámaso y Jerónimo se encontraron mezclados en algunos escándalos muy prosaicos: Dámaso fue acusado de adulterio y apodado el que hace cosquillas en las orejas a las damas de mediana edad, mientras que se dijo de Jerónimo que había tenido una aventura con la rica viuda Paula, una de las muchas damas de Roma que habían abrazado el cristianismo. Jerónimo y Paula fueron eximidos de culpa, pero se vieron obligados a abandonar Roma, y así emprendieron el camino de Jerusalén, acompañados por la hija de Paula, Eustoquiq.
La sola presencia de esta virgen adolescente parecía inflamar a Jerónimo, que olía sexo por todas partes y pasó la mayor parte del viaje escribiendo panfletos que advertían de sus peligros. <La lujuria>, escribió, <cosquillea los sentidos y el suave fuego del placer sensual derrama su placentero resplandor>. Una vez en Jerusalén, Jerónimo y su piadosa millonaria encontraron una nueva ciudad que era un almacén de santidad, comercio, redes sociales y sexo. La piedad era intensa, y la más rica de esas damas, Melania (que disfrutaba de una renta anual de 120.000 libras de oro) fundó su propio monasterio en el monte de los Olivos. Jerónimo, no obstante, quedó horrorizado por las oportunidades sexuales que ofrecía la mezcla de tantos hombres y mujeres extraños apiñados en ese parque temático de pasión religiosa y de excitación sensorial: “Todas las tentaciones están reunidas aquí”, escribió, mostrando su lado más humano, <prostitutas. actores y payasos>. En efecto, <no hay ningún tipo de práctica vergonzosa en la que no se complazcan>, observaría otro santo peregrino de aguda vista, Gregorio de Nisa. “Engaños, adulterio. robo. idolatría. envenenamientos, peleas y asesinatos” son cosas que ocurren a diario.
“Jerusalén, la biografía”, de Simón Segaf Montefiore
