
Los otros sectores económicos de Magallanes eran el carbón y la madera. La explotación de carbón, que había conocido un modesto auge unos años antes debido a los estudios llevados a cabo por el anterior gobernador, Oscar Viel, se hallaba ya en franco declive a causa de la caída del precio del mineral. La Sociedad Carbonífera de Magallanes se vio afectada por la baja calidad de los mantos, el aislamiento geográfico y el rigor del clima, cerrando definitivamente sus instalaciones en septiembre de 1874, de tal modo que la colonia tuvo que importar el carbón de Cardiff a través de los barcos británicos. Con la finalidad de aprovechar los recursos forestales de la zona, el inglés Henry Leonard Reynard instalará un aserradero a vapor en Río de los Ciervos, unos cinco kilómetros al sur de Punta Arenas. La mayor parte de la madera será transportada por medio de pequeñas y rápidas goletas a las Islas Malvinas, donde no existían bosques, y vendida a los colonos británicos residentes allí y cuya principal actividad era el pastoreo de ganado lanar. De hecho, la explotación de lana ovina se practicaba en las islas de manera continuada desde 1852, cuando se creó The Falkland Islands Company con la finalidad de abastecer a la industria textil británica. Buen observador, el gobernador Dublé no dudó en exportar el modelo a Magallanes, siendo el responsable de la exitosa introducción de la ganadería ovina en la región. En enero de 1877 viajó a las Islas Malvinas a bordo de la corbeta nacional Chacabuco para adquirir trescientas ovejas. Vendidas también a Reynard e instaladas en isla Isabel, en una concesión realizada para ese fin, se crea así el primer establecimiento ganadero del territorio, de unas 3.500 hectáreas (Calderón, 1936: 5).
Las majadas traídas de Malvinas no extrañaban el terreno y, aunque el primer año la oveja no producía ni en procreo ni en vellón debido a los avatares del viaje en barco, poco después comenzaban a dar sus frutos si se las atendía convenientemente. Este será el inicio de un modelo de explotación ganadera que, en los años siguientes, se expandirá por todo el territorio de Magallanes.
Centrándonos en las actividades comerciales de José Menéndez, este inició sus negocios explotando el almacén de mercaderías de Luis Piedra Buena. Cuando el asturiano desembarcó en Punta Arenas en octubre de 1874 lo hacía en calidad de empleado de la sociedad Etchart & Cía, para la que trabajaba como cobrador. Sus patronos le habían enviado a visitar a uno de sus clientes más difíciles, el argentino Luis Piedra Buena. Experimentado marino y hombre aventurero, Piedra Buena atravesaba en esos momentos grandes dificultades financieras que le habían ocasionado una importante deuda económica con sus proveedores de Buenos Aires.
La situación, por tanto, no era nada fácil para los negocios de Piedra Buena en Punta Arenas: por un lado era considerado persona non grata por las autoridades chilenas, por el otro, estaba endeudado con sus abastecedores. Es precisamente en ese momento cuando recibe la visita de José Menéndez, comisionado por su casa comercial de Buenos Aires para el cobro de los saldos adeudados por el comerciante argentino. Aunque desconocemos los detalles exactos de la conversación entre Menéndez y Piedra Buena, sí sabemos las consecuencias que tuvo ese encuentro. Dada su insostenible situación financiera, el argentino se verá obligado a vender su negocio al asturiano, que se ocupó de cancelar las deudas con sus proveedores. La estrategia de asumir la deuda a cambio de quedarse con los bienes del deudor a precio de saldo, en la que José Menéndez vio una oportunidad perfecta para radicarse en Punta Arenas, será empleada años después nuevamente por el asturiano, en esa ocasión para hacerse con la estancia San Gregorio.
La maniobra que, aunque legal, es muy discutible desde el punto de vista moral, no fue vista con buenos ojos por los escasos pobladores de la época. Nos consta que el armador José Nogueira, amigo personal de Piedra Buena, con el que compartía la dura profesión de marino, jamás perdonó a Menéndez su artera estratagema que significó, a la postre, la marcha del argentino de la región. El propio José Menéndez nunca aireará este asunto, narrando su llegada a Magallanes de otro modo completamente distinto: “En Punta Arenas me enfermé y tuve que quedarme en tierra y esperar hasta el otro vapor para continuar mi viaje. Tan pronto como me repuse hice algunas excursiones hacia el interior. Fui hasta cabo Negro, que se consideraba una temeridad, y vi inmediatamente que aquí había grandes oportunidades, que aquí estaba mi fortuna”. Sus biógrafos, en cambio, vieron el canje de la deuda por los bienes como una transacción natural entre los dos hombres puesto que “Piedra Buena, héroe y patriota, participa con Menéndez de la estirpe de los argonautas, siendo navegante, comerciante y colonizador a la vez”.
El flamante nuevo almacén de José Menéndez, que había sido propiedad de Piedra Buena, estaba situado en la esquina de las actuales calles Lautaro Navarro y Errázuriz, muy cerca de la plaza principal de la colonia, donde se ubicaban también la casa del gobernador, la pequeña iglesia y la oficina de correos. Al poco tiempo el gobernador Dublé le concedió al asturiano el título de propiedad de una manzana de 50 x 25 metros sobre la antigua calle Arauco, hoy calle Fagnano, por la cantidad simbólica de 5 centavos. En ese lugar, en 1879, Menéndez edificará un nuevo almacén de 18 metros de frente, encargándose de la construcción del mismo el suizo Antoine Dey y del diseño de los planos el francés Eduardo Petre. Se trataba de una casona de dos plantas, el piso bajo destinado al despacho de mercaderías y la primera planta a vivienda de la familia. Este almacén de ramos generales competía con otros tres instalados en la misma localidad y de similar categoría: el de su gran rival José Nogueira, el de la sociedad Wehrhahn y Cía, cuya sede principal estaba en Valparaíso y el de Francisco H. Meidell. En la colonia existían también una veintena de despachos de abarrotes de 2ª y 3a, una ría, dos carnicerías, cuatro casas con billar y una cancha de bolas. Los comerciantes de Punta Arenas, además de tener como clientes a los habitantes de la ciudad, abastecían a los barcos que fondeaban en el puerto y que, para el año 1874, ascendieron a 158 buques, la mayoría vapores de las líneas marítimas que conectaban los puertos de Europa con los del Pacífico. El resto de los establecimientos de la colonia eran, en su mayor parte, pulperías y ventorros destinados casi en exclusiva a la venta de licores. Las principales exportaciones de la colonia eran las pieles de guanaco y las plumas de avestruz, obtenidas en desigual intercambio comercial con los aónikenk, y los cueros de lobo marino, negocio en el que destacaba el portugués Nogueira.
Como hemos visto, recién desembarcado en Punta Arenas, Menéndez demostró su habilidad en los negocios y sus pocos escrúpulos mercantiles, aprovechándose de la crisis y la quiebra de otros comerciantes para comprar negocios y terrenos a precio de saldo, una estrategia que empleará en varias ocasiones más.
Fragmento del libro “Menéndez, rey de la Patagonia”, de José Luis Alonso Marchante
